El 'minijob' de González y la democracia desmoralizada

Jesús Montero *

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Cabecera de la marcha contra el Plan de Empleo Juvenil, celebrada en Madrid el 1 de diciembre del 88. / Ana del Paso

Mañana, cadáveres, gozaréis”.
Jesús Ibáñez (1928-1992)

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Hace veinticinco años, “decenas de miles de jóvenes” se manifestaron contra el “contrato de inserción” del segundo Gobierno de Felipe González, convocados por la Plataforma Juvenil por el Empleo. El éxito de la movilización juvenil del día 1 anticipó el triunfo de la huelga general del 14 de diciembre de 1988 y culminó el primer ciclo de movilización de jóvenes ya en la democracia. Las raíces de la convocatoria juvenil eran sólidas. Había una acumulación de luchas, desde “la escuela de ciudadanía” forjada durante el movimiento por el Reférendum y la salida de la OTAN, Tras la derrota del No, el relevo lo representa la lucha estudiantil del curso 1986-87, una lucha ésta, también política: “¿qué futuro nos espera?, se discutía entonces, tanto en institutos como en universidades.

La agitación social generalizada con la reconversión industrial permanente desde finales de los años setenta, y su segunda versión tras la entrada de España en la CEE en 1986, es el caldo de cultivo. Con avisos serios como la huelga de junio de 1985 contra la primera reforma de las pensiones. El pico de confrontación se alcanza en 1987, con “la cólera del pueblo de Reinosa” en el imaginario colectivo y el recuerdo para el trabajador muerto, Gonzalo Ruiz. Los motores estaban en marcha y la propuesta de contrato de inserción activó la explosión, la rebelión, primero de los jóvenes el uno de diciembre, y luego de la sociedad española con los sindicatos de clase a la cabeza, en la huelga general del catorce de diciembre.

El 14 D fue el primer socioanálisis de nuestra democracia y el antecedente directo de la “gran conversación” del 15-M, una generación después. Tanto una fecha como la otra, persisten como iconos, simbolizan ese jetztzeit al que Walter Benjamin se refería, ese tiempo-ahora, cuando los poderes instituyentes son, y están, frente a los poderes constituidos, aunque no siempre se transforman en poderes constituyentes, en nuevo poder, en “poder participado”, más allá de los logros relativos de una y otra desobediencia general.

La Plataforma unía, reunía, desde las Juventudes del CDS a la JCE (m–l), pasando por entidades recreativas, de tiempo libre y del mundo asociativo de la Acción Católica. La estrategia unitaria, no sólo pero sí en buena medida, desplegada por las Juventudes Comunistas (UJCE) en los consejos y en los movimientos se transforma en cultura, en habitus compartido. Voz, eco y amplificador dieron como resultado un movimiento total que implicó a miles de jóvenes, y a muchos inició en la lucha por sus derechos. La alianza juventud–sindicatos fue posible sostenerla por el compromiso de las organizaciones juveniles frente a poderosas presiones –las retiradas de subvenciones, ¡sí!–. El Gobierno del PSOE llegó a forzar el aplazamiento de la Asamblea de Consejo de la Juventud de España –el cejotae–. Ese Consejo que el Gobierno de Mariano Rajoy, 30 años después de su creación por Ley, quiere eliminar para ser “transparente y eficiente”. El mal gobierno es aquel, “sin participación ni libertades”: sin CJE y otros consejos de participación, de mujeres, migrantes…, y sin libertad para protestar tras la aprobación por el consejo de ministros de la Ley Mordaza Fernández, y estando en capilla la Ley de huelga y servicios maximus, que cocinan en los sótanos de la Moncloa y de las FAES.

La movilización “de las Juventudes” –políticas, sociales, educativas, católicas…– y “entre los jóvenes” trabajadores y estudiantes de clases medias y familias obreras aceleró la cuestión juvenil en los sindicatos de clase. Las incipientes, y rápidamente desarrolladas, Secretarías y Departamentos de Juventud de CCOO y UGT, con el tiempo se han consolidado como espacios autónomos de participación juvenil en el movimiento sindical y han contribuido a la renovación generacional de los sindicatos. Las formas de “sindicato joven” en la actualidad es parecida pero no igual a la de 1988. No sólo por las magnitudes del paro juvenil y la intensidad del acoso al derecho del trabajo, sino también, y muy significativamente, por el “encuadre antisindical” actual e inexistente entonces. Nuestro framing era otro: fuimos la última generación joven del proletariado y el puente con la primera generación del precariado, esa “nueva clase subalterna” que entre otras realidades neoproletarias ha vuelto a emigrar en este “paraíso de cuchillas” para inmigrantes.

Impedir el minijob del Gobierno de Felipe González fue el leitmotiv de la huelga general del catorce de diciembre. Una huelga que devino en “marca” de huelga general. Los mercados de poder y de riqueza se conforman ante cada nueva convocatoria con “el sermón” de que no ha alcanzado la “huelga récord”, el 14D. Aquella jornada de desobediencia y rechazo total, incluido el mundo del fútbol con su comité de huelga formado por Michel, Butragueño y Preciado, entre otros.

La huelga general del 14–D y el movimiento de jóvenes por un trabajo con derechos, “decente” se dice ahora, fue también un proceso de elaboración de alternativas al “minicontrato” y para la inserción de la juventud, de entonces, en la autonomía y la emancipación económica y social. El autoritarismo del Gobierno del PSOE, negándose incluso a discutirlas en el semestre previo a la huelga fue el pulso que perdió después, el día de la huelga y seis meses más tarde en la agenda de negociación. Las  pensiones, la función pública, la educación y la sanidad pudieron experimentar un crecimiento y desarrollo, que ahora quieren arruinar y empobrecer. Y, hasta hubiera abierto un ciclo político distinto en España, si el tribunal central electoral no hubiera dado por bueno “el robo” del escaño murciano de Izquierda Unida por el PSOE y con el cual Felipe González blindó su tercera, y última, mayoría absoluta. Pero esto es ciencia ficción pasada.

Los sindicatos, y de forma más difusa entre los jóvenes, tenían la conciencia clara y la segura determinación de parar “la mini inserción” propuesta, de cerrar el paso a “nuevas flexibilidades” de las formas de contratación, que primero se “presentan”, visten, empaquetan y muestran, como “de fomento del empleo juvenil”, y luego se generalizan para el conjunto de la clase obrera, del mercado de trabajo. La cosa venía de atrás. La producción legislativa fue creciendo en paralelo a la producción de tipos de contratación, a cual más temporal y más barato. El paquete legislativo fue vestido como “política innovadora” de nuevos tipos de contratos temporales y de normalización del trabajo a tiempo parcial. La tipología se completaba con los contratos, específicamente juveniles, de relevo, en prácticas y para la formación. Toda esta cartografía de la precariedad, iba unida a miles de millones de pesetas en bonificaciones y/o subvenciones, tanto en reducción de cotizaciones sociales como directamente en el salario. Ni con esas, el capitalismo español, tan financiero, tan estraperlista, “tan patriota”, estaba por la labor de contratar jóvenes. No cambian. La anunciada “segunda vuelta de tuerca” de la reforma laboral es para “flexibilizar la contratación a tiempo parcial”, que como su naturaleza indica, ya es flexible per se.

Hay otra mirada a lo que supuso el 14D. La mirada generacional de lo que pasó –y  fue–, lo que pasa ahora –y es–, y lo que nos espera pasar –las  pensiones por venir–. El “paro juvenil permanente” (PJP) es indicador de la moral española de la democracia. Haya crecimiento o recesión, con pleno empleo técnico (sic) o con ligeros repuntes coyunturales de desempleo, siempre es una derrota colectiva, el paro entre los jóvenes. Es el sacrificio del potencial, como sociedad, como comunidad política. La inserción de nuestro modelo productivo en la división europea del trabajo explica la persistencia de elevadas tasas de desempleo y temporalidad, pero sobre todo es el resultado de la financiarización de las finanzas, de las finanzas como escaparte, de la ética de la imagen, de la desmoralización, tras el desencanto y el consenso, en esta democracia otorgada. El profesor Aranguren en 1990 reflexionó sobre aquel entonces y anticipó la desmoralización actual y la esperanza en “una nueva remoralización” a partir de utopías negativas, del “diguem No” a la guerra, a  la destrucción planetaria y al machismo, y de la consecución de una “democracia veraderamente participativa”.

El paro no, siempre, se cura con la edad. Condenar por segunda vez, cuando ya no se es joven, es perpetuar el pánico social del paro, de perder el trabajo. Sin trabajo no hay democracia: ¿por qué la libertad para “decidir si trabaja uno o no” es absoluta y se impone a la libertad para trabajar?, ¿por qué todo puede moverse libremente entre fronteras menos las personas que buscan trabajo? ¿qué contrato social puede haber si no hay contrato ni de trabajo? Somos ciudadanos “sin papeles, con tarjeta de elector”. Veinticinco años después, Sin vivienda, sin trabajo, sin futuro, sin miedo no sólo es hoy el lema de una movimiento–campaña de resistencia de la actual generación joven, sino también, la amenaza real sobre la generación baby boom, cuya trayectoria laboral está salteada de paro, contratos temporales, precarios trabajos, mileuristas salarios, menores prestaciones de desempleo, y que en su juventud fue causa y motor de la huelga del 14 D. Ahora, esta generación adulta, sobradamente preparada, ellos y ellas, y con amplia experiencia en subempleo y temporalidad, nutre buena parte de la estadística de parados y desempleados, ha multiplicado por cuatro su presencia entre los parados de larga duración, ha consumido buena parte de la prestación por desempleo, ve recortados sus salarios, los que trabajan, bastantes buscan –y  liquidan– fórmulas de autoempleo y autoexplotación, muchos han formado familias, tienen responsabilidades y pueden estar en situación de separación o divorcio, y todos ven reducidos, externalizados y privatizados los servicios públicos de educación y universidad, sanidad y servicios sociales, justicia y seguridad, levantados en treinta y cinco años de democracia establecida.

La “pertinaz tasa” de paro juvenil se justificaba porque éramos muchos para ocultar el interés de clase por anticipar el nuevo modelo de relaciones laborales –sustituir  una clase trabajadora con derechos y antigüedad, por una nueva, más cualificada y sin derechos, hasta generalizar para todos la precariedad de trabajo y salario–. Así, la demografía servía, y sirve de escaparate para justificar la inevitabilidad económica de un mercado de trabajo “a la baja”, a la baja en derechos, frontera del trabajo  indecente, la forma moderna de esclavitud. No hay dos sin tres. Vuelve la demografía con el asunto de las pensiones: “sois muchos, no habrá para todos, serán menores”, es el mantrá del círculo de los merodeadores de las pensiones públicas. Buena parte de las cohortes de la generación baby boom,  ni piensan en un futuro con pensión digna –tras años de precariedad laboral–, y desde luego la siguiente generación, esta sí “no baby boom” está siendo “disciplinada” en esos valores por la estafa, llamada crisis. Me asalta la sospecha, o sostengo la hipótesis, de que así como la llamada “crisis del petróleo” fue una excusa en los setenta para el objetivo estratégico de recuperar la tasa de ganancia del capital, en el caso de la llamada “crisis subprime”, iniciada el verano del 2007 y finalmente desatada en el verano de 2008, tampoco es la causa de la catástrofe social desde entonces, sino que bien podría ser en realidad la causa, la retirada de capital por parte de los fondos de inversión, y otros fondos buitres, que acumulan el capital de los fondos aseguradores de las pensiones de la generación del baby boom norteamericano, veinte años antes que España, porque son los nacidos entre 1946 y 1964, y cuya primera cohorte se jubilaba con 62 años a partir del 1 de enero de 2008.

Resulta que hace 25 años, “cuando éramos jóvenes”, éramos muchos para tener trabajo. Hoy el paro nos cerca, directamente o a través de familia y amigos. Y, según todos los tambores de guerra, parece que mañana, “cuando seamos viejos y viejas”, seremos muchas pensiones para que podamos vivir con dignidad. Este tren no nos lleva a ninguna parte. Hay que cambiar. “No es demografía, estúpido, es democracia”... Real, no monárquica. Es poder hacer real lo necesario. Es la hora de la política, es el tiempo del común, de la “elevada moral” para hacer realidad nuestros sueños de otra vida, una mejor, una con techo, estudios, sanidad, trabajo, autonomía y pensión. Para hacer cumplir la Constitución de 1978, esa que no llegué a tiempo de votar, o “constituirnos, de nuevo y por lo de siempre”. Si fuimos los jóvenes de la Transición, ¿por qué no ser también los adultos de la revolución democrática-popular?… En estos tiempos de lucha de clases, secuestro de la democracia, saqueo del Estado y baja moral de todas las instituciones políticas, desde el Rey hasta la última alfombra roja, todo es posible. Es cuestión de empezar, 35 años después. Es asunto de remoralizar la democracia, de una ética pública democrática–radical, real y por tanto con menos capitalismo “realmente existente”, porque “el 99% pone en su sitio al 1%”, en esta lucha de clases, política, histórica, concreta, práctica, de ahora, de nuestro tiempo,... Como ayer, como hace 25 años, “¡sí, se puede!” parar los golpes, democratizar el poder y socializar la riqueza.

(*) Jesús Montero (Cantabria, 1963). Fue secretario general de la Unión de Juventudes Comunistas de España (UJCE) de 1984 a 1989, y es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (UCM).