Cataluña desde España: hacia 1898 o hacia 1931

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Hugo Martínez Abarca *

Hugo-Martínez-AbarcaEscribía hace unos días que la situación abierta en Cataluña tiene potencial transformador que intentarán neutralizar las fuerzas conservadoras. Pretendía transmitir en ese artículo que cabe extender ese potencial transformador más allá de Cataluña y que todos los pueblos españoles aprovechen la enorme grieta institucional para un cambio político radical necesario para el cambio económico. Potencial transformador, decía y lo mantengo con una aclaración que entonces pensé innecesaria: sólo los obispos cuando hablan del aborto siguen confundiendo lo potencial con lo actual, el bebé en potencia con el gameto actual, que un proceso tenga potencial transformador no quiere decir que no tenga otros muchos potenciales, incluidos el reaccionario.

Un huevo actual es tanto un pollo potencial como un huevo frito potencial y dependerá de lo que (no) hagamos con él. Resulta muy difícil negar que la situación catalana es una expresión de la crisis estructural del régimen político español de 1978. Y como toda crisis estructural tiene un potencial transformador. Desde que descubrimos que la Historia no avanza inexorablemente hacia la emancipación sino que la hacen los pueblos, sabemos que ese potencial transformador puede acabar en la nada: si en vez de cascar el huevo y freírlo nos quedamos mirando cómo lo empolla una gallina tendremos un pollo. Las crisis estructurales encierran semillas revolucionarias pero también incubaron entre otras respuestas los fascismos, cómo no recordarlo, cómo no entenderlo.

Se ha instalado en la izquierda española un cierto dontancredismo como respuesta hacia la situación catalana: en el mejor de los casos se mira con respeto lo que sucede en Cataluña y se defiende el derecho de los catalanes a decidir democrática y pacíficamente su futuro pero sin asumir que la crisis catalana es también una crisis española y que se podría aprovechar la vía catalana para una vía republicana en el conjunto del Estado. En los casos más conservadores se pasa de Don Tancredo al perro del hortelano y no sólo se decide que la situación catalana es exclusivamente catalana sino que se increpa a la izquierda catalana por decidir no quedarse mirando, por escuchar la amplísima respuesta popular catalana a la crisis de régimen e intentar que las oligarquías catalanas no usen la crisis para un cambio lampedusiano.

Volvamos a ese huevo que encerraba un potencial animal y un potencial gastronómico. Puede que la consulta catalana abra un potencial transformador en Cataluña y en el conjunto del Estado. Si me equivoco y no lo abre, es obligación de quienes rechazamos el statu quo abrirlo, cascar el huevo y ver qué pasa si lo freímos, dado que no nos gusta la sucesión de un pollo por otro pollo distinto pero pollo al fin y al cabo.

Si nos entregamos a ese dontancredismo militante que renuncia a usar la grieta para cambiar todo el país, el horizonte es suicida. Lo menos que puede pasar en Cataluña es una gran frustración de la mayoría popular catalana y una agudización del resentimiento identitario entre el pueblo catalán y el español, un resentimiento de brocha gorda del que siempre se han aprovechado las respectivas élites económicas y políticas para el saqueo y los recortes democráticos y sociales. En el otro extremo (que el proceso abierto en Cataluña llevara a alguna forma de independencia), y siguiendo con la hipótesis dontancredista, el horizonte es peor aún: una vuelta a 1898 con un país que recuperara como señas identitarias la melancolía, el fatalismo y la decadencia, unas señas que siempre favorecieron a la reacción, que anclaron a nuestros país desde el barroco en un resentimiento que se enrocaba en el inmovilismo frente a los avances de Europa o los que en estos años podemos ver en algunos pueblos hermanos del sur. Esa es la identidad de lo español que siempre ha convenido a ese nacionalismo de Isabel La Católica y el “vivan las caenas” cuya identificación con lo español aún es hegemónica y que debería tener una propuesta alternativa urgente que nos muestre que también tenemos raíces luminosas, emancipadoras, democráticas y populares. Sea cual sea el final del proceso catalán, si en el resto de España nos quedamos pasmados pensando que sólo es una crisis catalana el resultado serán décadas de hegemonía identitaria conservadora: una catástrofe imperdonable que nos devolvería a lo más oscuro de nuestra Historia, quizás esta vez como farsa.

Decía un viejo revolucionario francés (en una frase que parecería escrita hoy mismo en España) que las naciones sólo tienen un momento para volverse libres; es aquel en que todos los poderes antiguos están suspendidos: pasado ese momento, si se da al despotismo el tiempo para recobrarse, los gritos de los buenos ciudadanos son denunciados como actos de sedición, la libertad desaparece y la servidumbre permanece. Se quiere que perdamos este momento precioso, se quiere abatir la energía del pueblo”. El pueblo español, los pueblos españoles, los buenos ciudadanos, estamos en ese momento en que los poderes antiguos (el régimen institucional de 1978) están suspendidos: es una evidencia cualquiera que sea nuestro juicio sobre los mismos. O damos pasos para liberar esa energía del pueblo en todo el país o perdemos “este momento precioso” y dejamos que el despotismo se recupere y llame sedición a los gritos de los buenos ciudadanos. El poder está en ello todos los días: sólo hay que tomar nota de cada medida que se aprueba en cada Consejo de Ministros. Sería imperdonable que asumamos ese papel de derrotados indignados pero entusiastas de la quietud que ni está ni puede estar en nuestro ADN por mucho que insistan.

 (*) Hugo Martínez Abarca es miembro del Consejo Político Federal de IU y autor del blog Quien mucho abarca.

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