Castellet y los compañeros de aventura

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Antonio García Santesmases *

Antonio_García_SantesmasesCon motivo de la muerte de Josep María Catellet se ha insistido en su gran aportación como editor y como crítico literario; se ha recordado igualmente su papel como puente entre la cultura catalana y la cultura castellana y se ha subrayado su función como memorialista de un tiempo adverso que amenaza con caer en el olvido.

Castellet no escribió unas memorias pero a través de sus libros Los escenarios de la memoria (Anagrama, 1988) y Seductores, ilustrados y visionarios (Anagrama, 2010) podemos reconstruir momentos esenciales de su biografía que nos ayudan a profundizar en las raíces culturales, morales y estéticas de la oposición al franquismo. Oposición que en su caso, como en el de muchos otros, comienza por romper con un mundo familiar que le hace pertenecer a los hijos de los vencedores en la guerra civil, a ese mundo que Esther Tusquets describió al hablar de los que habían ganado la guerra.

En Seductores, ilustrados y visionarios aparece, en primer lugar, como compañero de generación, de estudios y  de aventura, Manuel Sacristán. Pocos intelectuales han influido tanto en el marxismo español como Sacristán. Lo que muestra  con claridad Castellet es hasta que punto la cultura republicana había sido barrida del escenario. El recuerdo del Sacristán falangista que entona el Cara al sol, que preside el inicio de las actividades escolares en el instituto Balmes , y que vive el final de la Segunda Guerra Mundial y la derrota de Hitler con absoluto dramatismo, refugiándose en Wagner, parece impensable en alguien que jugó posteriormente  un papel tan decisivo en la cultura comunista en los años sesenta.

Hasta el punto de que cuando  Castellet se encuentra por aquellos años a un compañero de estudios éste le interroga sobre la evolución de  Sacristán y le dice que no puede olvidar que mientras el joven falangista entonaba el Cara al Sol su padre permanecía en prisión por sus ideas republicanas y catalanistas. Y le añade: tengo que decir que no le podía ver; tampoco tú  me eras simpático al ser amigo suyo.

La imagen refleja mejor que mil palabras la complejidad del antifranquismo.  Sacristán y  Castellet, al igual que  Gustavo Bueno o Carlos París forman parte de los hijos de los vencedores en la guerra civil y son educados en los valores del franquismo; unos cantan el falangista Cara al sol y otros el himno carlista. Y, sin embargo, todos ellos fueron decisivos en la lucha cultural contra el franquismo. Cuando nos planteamos las raíces morales y culturales de la oposición al franquismo hay que partir de este hecho. La cultura republicana había sido barrida. Por ello es tan interesante leer los artículos de Vicenç Navarro porque continuamente reivindica una cultura republicana que había sido abandonada durante la transición política española.

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Cubierta de la obra autobiográfica de Castellet.

Castellet muestra muy bien la “conversión” de Sacristán al comunismo que se produce tras su estancia en Alemania. Cuando Sacristán vuelve a Barcelona ya ha tomado la decisión: hay que dirigir a la izquierda cultural catalana, hay que crear los primeros núcleos de estudiantes comunistas. Es igualmente interesante  el análisis de  la distancia de Sacristán con la cultura vinculada al nacionalismo catalán y su  reticencia a lo que después se denominaría gauche divine.

Es aquí donde van a surgir las diferencias de los jóvenes comunistas  con Castellet acusado de excesivamente individualista, esteticista y  elitista. Castellet comprensiblemente se rebela ante estas críticas haciendo ver su compromiso con el PSUC, como compañero de viaje, aunque no esté dispuesto a asumir los condicionamientos de una militancia política comunista.

Estamos ante una época en la que Sacristán aparece como el ilustrado, el pensador, el profesor que logra “seducir” a una parte importante de la juventud estudiantil más comprometida. Testimonios de aquella seducción y aquellas discrepancias  se pueden ver  en los recuerdos de Goytisolo, de Gil de Biedma, de Barral y de otros muchos.

Ese mundo de jóvenes de origen falangista y/o carlista tenía  antes o después que contactar con los seniors de la generación anterior, muchos de los cuales están en Madrid. En las memorias de Castellet aparece el encuentro con José Luis Aranguren. También Diosinio Ridruejo y Pedro Laín evolucionarían del falangismo al liberalismo y serían decisivos en la lucha antifranquista.

Castellet rememora  las conversaciones católicas de Gredos. Como sabemos, en Gredos se reunían periódicamente los católicos españoles más preclaros intelectualmente en una suerte de retiro intelectual, en el incomparable escenario del Parador. Castellet es convocado como representante del pensamiento agnóstico, se le pide que intervenga con la mayor claridad y contundencia para defender su posición. Se encuentra en una situación peculiar ya que esta posición agnóstica iba a ser representada igualmente por Antonio Buero Vallejo (que falla a la reunión) y por Dámaso Alonso que se cambia de bando y acaba defendiendo ardorosamente la fe religiosa. Castellet, por el contrario, muestra claramente los motivos de su increencia con una imagen plástica; una de las tardes había  salido a pasear por los alrededores del Parador y había  observado la tremenda agresividad de unos perros mastines con unos vagabundos que se acercaban al recinto; los perros se lanzaban sobre ellos sin llegar a agredirlos por estar atados, pero lo hacían con suficiente contundencia como para impedir la entrada en el recinto de los indeseables.

Sorprendido Castellet por esta violencia es advertido por uno de los guardias del Parador que no debe tener cuidado; los mastines distinguen perfectamente a los vagabundos de los señores y están adiestrados para no mostrar ninguna violencia contra los segundos. La anécdota le sirve  para poder visualizar su rechazo a la Iglesia. La Iglesia católica  ha establecido una alianza con el poder franquista de tal intensidad que sabe rechazar a cualquiera que ponga en cuestión su autoridad o sus privilegios.

De alguna manera, la anécdota sirve para percibir el papel de Castellet y de muchos compañeros de sus compañeros de generación. Rota la cultura de la España republicana, abandonados los sueños falangistas de la juventud, no sintiéndose vinculados a la cultura de los católicos de Gredos, cómo ir construyendo una alternativa propia. Se ha dicho que Castellet ha sido una figura decisiva en el mundo de la edición en catalán y en castellano.  De alguna manera sus preferencias están en las obras publicadas, en las colecciones literarias diseñadas, en los concursos literarios. Pero hay algo más que sus  memorias reflejan admirablemente; a través de ellas  podemos conocer muchas de las aventuras de la oposición al franquismo.

En este sentido tiene especial interés la semblanza de tres figuras de la generación anterior que  habían vivido los avatares de la guerra civil. Nos referimos a Rafael Alberti, a Octavio Paz y a Josep Pla. Las tres figuras aparecen en contextos muy precisos, en escenarios que permiten recrear toda una época y mostrar la complejidad del mundo de los años treinta. Tenemos al Alberti que Castellet visita en Roma y con el que comparte un viaje a la Unión Soviética y una reunión del Consejo por la paz en Budapest. En todos estos encuentros se traduce la tensión interior entre el compromiso de Alberti con el comunismo y su distancia cada vez mayor con muchas de las cosas que observa en la Unión Soviética. Una mezcla entre la fidelidad y la distancia, sometida a pruebas como la que se produce cuando los soviéticos apoyan a los disidentes dentro del PCE y auspician las posiciones de Enrique Líster tras la invasión de los tanques soviéticos en Praga en 1968.

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Portada de 'Seductores, ilustrados y visionarios'-

1968 es igualmente la fecha en que se produce uno de los encuentros con Octavio Paz. Un encuentro que sirve para reflexionar sobre  lo ocurrido en Praga y en París pero también en México en el 68 mexicano; un 68 que acaba en una violencia terrible contra los estudiantes donde se confirman las tesis del escritor mexicano sobre el Ogro filántropico  y acerca del carácter caudillista de la sociedad mexicana. Una tradición que viene de atrás: de una tradición hispánica que remite a la España de la contrarreforma, a una España incapaz de hacerse cargo de la pluralidad, que aborrece la herejía.

Octavio Paz tiene muy viva una experiencia de la Guerra Civil española y de lo ocurrido en el Congreso de intelectuales en Valencia en 1937. Todo aquel recuerdo del estalinismo, de los desaparecidos, del conflicto entre comunistas y anarquistas se rememora  en un contexto donde el franquismo aparece como un anacronismo y se plantea la interrogante acerca de cómo será la transición política en España. Es de gran interés el recuerdo de la figura de Indalecio Prieto y la previsión al final de la Segunda Guerra Mundial de una compatibilidad futura entre la monarquía parlamentaria y el Partido Socialista.

Si en Alberti tenemos el deseo de mantenerse fiel a las estructuras, a la práctica y a la militancia comunista, en Pla aparece un escepticismo profundo que va a interesar enormemente a Castellet. Un escepticismo acerca de la naturaleza humana, de la impronta inexorable de la violencia, de la realidad imposible de erradicar, de la desigualdad y de la codicia; del apego a la tierra, a lo inmediato, y la desconfianza ante los grandes ideales y los proyectos de salvación. Castellet trata de mostrar a Pla que coincide en su escepticismo profundo, en su agnosticismo, en su materialismo, en su convicción de que todo acaba con la muerte y nada hay que esperar y por ello  trata de superar  los prejuicios de Pla que le ve como intelectual marxista o, lo que es aún peor, como un nihilista sin convicciones. Pla será inexorable: “no se confunda, Castellet, siempre es preferible la injusticia al desorden; las utopías no pueden ni deben aplicarse; es preferible evitar intervenciones decisivas en el orden de las cosas”.

Sacristán ha quedado atrás; sus vidas han transcurrido por caminos diferentes. Castellet mantiene la relación con Aranguren curiosamente desde una “ética de la infidelidad” dada la fidelidad arangureniana al tiempo, a la coyuntura, a la circunstancia, más que a las antiguas amistades, que pretenden fijar el tiempo, ser fiel a lo que fueron en su juventud e  intentar argumentar  la existencia de una coherencia última en sus vidas.

No fue el caso de Aranguren, tampoco el de Castellet. De ahí el enorme interés del último personaje que hemos elegido entre las figuras que reconstruye Castellet. Me refiero a Alfonso Carlos Comín. Nada más alejado aparentemente de Castellet. El autor de la celebre tesis la necesidad  de ser “cristianos en el partido y comunistas en la Iglesia” aparece en las antípodas del agnóstico materialista no creyente y del escéptico profundo convertido en un solidario pero distante compañero  de viaje.

Y, sin embargo, curiosamente Castellet descubre en Comín no la certidumbre de la Fe y la intensidad del compromiso sino una duda mucho mayor de la que aparece en sus escritos, una inconstancia, una infidelidad, una quiebra que parece imposible de imaginar a primera vista. Es en esos resquicios, entre la impuntualidad y la solidaridad con los disidentes del Este, entre los compromisos editoriales y la enfermedad prematura donde se fragua una amistad que le hace a Castellet preguntarse cuál hubiera sido el destino de Comín en el caso de haber permanecido en la política activa. Comín muere en 1980 antes de que se produzca la gran crisis del PSUC de 1981, antes de que grandes amigos suyos como Jordi Solé Tura o Jordi Borja abandonen el Partido Comunista. ¿Cuál hubiera sido su destino?

Y esta es la gran pregunta de las dos obras donde Castellet da cuenta de una vida, de unas peripecias, de una forma de vivir y participar en hechos que constituyen momentos esenciales de la resistencia cultural al franquismo. ¿Fueron sus compañeros de aventura unos visionarios?; ¿Fracasó su proyecto?; ¿Qué queda de aquel proyecto de ilustración?

(*) Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la UNED.

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