Crecimiento, empleo y tecnología: mito y fátum

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Pedro Costa Morata *

Pedro-Costa-MorataPoco a poco, la promesa oficial y oficiosa que nos ofrecía la solución al desempleo en el momento en que el crecimiento se hiciera positivo se desvela como falsa, y muestra la cruel realidad sobre la que se alineará la España inmediata: un inicio del crecimiento –por más que lento y penoso– que no implicará empleo sensible. Este chasco tiene más, mucho más, de coherente que la relación, pretendidamente directa, entre crecimiento y empleo, aunque haya conseguido el estatus universal de indiscutible “principio” socioeconómico.

Ni éste ni otros eslóganes y desiderata demuestran pertenecer a la categoría de ley o relación funcional, aunque se plantean, exhiben y “venden” como dogmas de obligado cumplimiento. Hasta que la tozudez de los hechos y la endeblez de la propaganda muestran el rostro verdadero de esos economicismos de bolsillo y oportunidad, mostrando su rostro falsario y desagradable. Y es entonces cuando no tenemos más remedio que distinguir entre conocimiento económico estándar, manipulaciones efectistas y, sobre todo, ciencia de la economía.

No, no; el crecimiento no produce empleo siempre o necesariamente. Esta pretendida relación carece de lógica, siquiera estadística. Y lo mismo sucede con eso de que un bajo déficit público favorece el crecimiento, el empleo y la deflación: no. Ni el alto déficit (nivel siempre convencional, por cierto) ni la excesiva deuda (que incluye la ilegítima y la desvergonzada) tienen nada de matemático o formal que los vincule con el alto desempleo. Bueno: unas veces sí y otras  veces no, es decir, según (o sea: sin relación científica ni ligazón forzosa). Y por supuesto que puede generarse empleo sin crecimiento, o con tasas negativas: todo depende de cómo evolucione la economía general y qué sea lo que se prime, estimule o proteja.

El crecimiento no genera siempre empleo, desde luego, pero mucho menos si ese crecimiento (medido como PIB: la acumulación, contabilizada a precios de mercado, de los bienes y servicios en un año) tiene lugar en base al uso generalizado de la tecnología, tanto en inversión como en aplicación. Cuando esto es así –y la economía internacional se viene aplicando a ello desde hace décadas, pero sobre todo desde que en los años de 1970 la informática mostrara su capacidad de invadirlo todo– las tasas del crecimiento del PIB y del empleo son divergentes. Desde entonces la automatización masiva de la banca y los servicios no ha cedido en intensidad, aumentando la productividad y también el PIB de los sectores afectados; pero el empleo, evidentemente, no ha seguido la misma evolución. O, en  todo caso, ambos procesos –PIB y productividad versus tasas de empleo– no han seguido caminos paralelos ni de relación directa sino, más bien, inversa: a más tecnología casi siempre corresponde menos empleo.

No debiera impresionar a nadie la insistencia –en realidad, el machaqueo– de empresarios, banqueros, economistas y políticos con la matraca de que para conseguir empleo hay que crecer. Muchos se lo creerán, sí, pero se están refiriendo a una relación nada directa ni firme, a una probabilidad de expresión variable e incierta, a una prédica, vaya, de las que caracterizan a la economía moderna y real  –más allá de los contenidos de los manuales de Economía clásica–, cada vez más reacia a ceñirse a ley o regla alguna y entregada además a la propagación de mitos interesados de vigencia tan clamorosa y extensiva como ilusa. Antes de la crisis, en el dinámico periodo 2000-2007 el PIB creció un 23,3 por ciento pero el empleo sólo lo hizo en un  5,6 por 100.

Por supuesto que la tecnología genera empleo propio, característico, y su implantación es objeto de empresas innúmeras que ofrecen una cierta intensidad de empleo, pero también están sometidas a la fatalidad de la propia automatización y, desde luego, el balance final y global de este proceso secular no puede estar a favor del empleo, sino del desempleo. El proceso de introducción de la tecnología en todas las ramas de la actividad es invasivo y vertiginoso, yendo mucho más allá de aquel objetivo secular y atávico de “aliviar al hombre de las tareas penosas” para instalarse en la mera “destrucción de tareas” (así como de oficios, artes y habilidades). La destrucción de empleo por la tecnología no puede, de ninguna manera, verse compensada por la creación de empleo vinculado con esa tecnología: el balance global ha de ser negativo, forzosa y lógicamente.

Por otra parte, una mayoría creciente de ciudadanos venimos contribuyendo a eliminar empleo con la ayuda y la presión de la “informática popular”, y nos entregamos, felices y satisfechos, a “hacer las cosas por nosotros mismos”, bien sea al preparar un viaje, al reclamar a las empresas de servicios públicos o privados, al relacionarnos con las administraciones, al limitar nuestros contactos personales y sustituirlos por la comunicación electrónica y, por supuesto, al hacer uso masivo y permanente de las fuentes informativas y documentales de la red. Todo eso va contra el empleo porque contribuye a incrementar la productividad de las empresas con la aportación, en tantos casos entusiasta, de nuestro trabajo personal, que a más de concederlo gratis nos llena de satisfacción por la autonomía que nos aporta y las ventajas económicas con que nos seduce.

Esta realidad tan obvia –que a más automatización de la actividad económica no puede corresponder más empleo, sino al revés– debe ponerse en relación con otra realidad, más profunda y científica que, sin embargo, se oculta habitualmente bajo esa aureola poco menos que heroica con que las empresas quieren adornarse al asegurar que les preocupa el paro, y es que las empresas no crean el empleo. En términos científicos se debe asumir que el empleo no es generado por las empresas sino por la demanda y esto es un asunto complejo, dependiendo de la situación económica general, mucho más relacionada con las políticas económicas. Y en términos éticos no cabe partir de que las empresas tengan como objeto el empleo sino los beneficios, a partir de una actividad o negocio concretos, siendo el empleo, a la hora de la verdad, un “mal menor” que hay que reducir a mínimos. El “mandato” de la productividad es esencial en las empresas mercantiles y por eso el empleo declinante, vinculado muy directamente con la inversión en tecnología, pertenece a la fatalidad (o la lógica) del sistema. El que en tiempo de crisis las empresas consigan facilidades y beneficios por parte de los gobiernos y las sucesivas reformas laborales con la justificación expresa de facilitar la contratación fomenta de hecho el desempleo (y el saneamiento de las cuentas empresariales).

Sólo las políticas públicas son capaces de crear empleo, y carece de sentido que se fíe en las empresas privadas la solución a este problema, por más que el Estado y el sistema (sindicatos y partidos de la leal oposición incluidos) se muestren dispuestos a contentarlas y a allanarse a su avaricia y presión insistentes, que como todo el mundo sabe están llevando al trabajo escaso, miserable, envilecido y para-esclavista. De una crisis como ésta, profunda y sistémica, sólo se sale con una vigorosa acción estatal, mejor cuanto más directa sea, es decir, ensanchando el sector público en general (que es lo contrario de lo que se está haciendo).

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.

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2 Comments
  1. celine says

    Un cambio de mentalidad en las empresas privadas es impensable, sería tanto como salvar el mundo del derrotero que lleva. Lo preocupante es que la cosa pública está adoptando maneras privadas. A Alemania le sale un superávit por los minijobs creados por su jefe de Gobierno. Y la UE le afea la indecencia. Aún había esperanza cuando lo pequeño era hermoso y se elogiaba la lentitud, pero la inercia de lo que pasa ahora no augura nada bonito.

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