Las vidas del Dr. Bethune

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Román Álvarez *

Román ÁlvarezSe cumple por estas fechas el 75 aniversario del fin de la Guerra Civil. Mucho se ha escrito a lo largo de este tiempo acerca de uno de los acontecimientos históricos de mayor trascendencia en el siglo XX. Desde el punto de vista literario, la Guerra Civil se reveló como un conflicto de inusitado interés y experimentación para que los intelectuales de todo el mundo se implicaran en la “última gran causa”, en un compromiso político e ideológico que tenía a España como metáfora universal y referente de todos los desastres bélicos. La ingente cantidad de literatura que surgió al hilo de la contienda provocó un enorme impacto emocional a través de la ficción y la poesía, sin olvidar los escritos autobiográficos, ensayos, poemas, cartas, reportajes, crónicas y otros testimonios literarios. Si nos dejáramos llevar por el fácil argumento de la cantidad de literatura escrita en inglés, por ejemplo, se podría llegar a pensar que la guerra española fue una guerra de escritores. O una guerra de poetas. España, cuya heroica resistencia frente a Napoleón ya había sido cantada por los románticos Wordsworth y Byron, pasó de ser una mera referencia geográfica para convertirse en el símbolo de toda una causa. Los poetas de expresión inglesa, comprometidos en su inmensa mayoría con los republicanos, se sentían herederos del idealismo heroico de la generación que había combatido en la Gran Guerra: Wilfred Owen, Rupert Brooke, Siegfried Sassoon y otros muchos. “¿Dónde están los poetas de la guerra?”, se preguntaba Cecil Day Lewis: “Muertos en España”, sería la respuesta en no pocos casos.

Recientemente se han publicado en Salamanca dos libros relacionados entre sí, aunque aparentemente sean de distinta naturaleza: Las vidas del Dr. Bethune, de Roderick Stewart y Sharon Stewart, traducido por Daniel Linder (Ediciones Universidad de Salamanca) y Los ecos de la batalla, de T. C. Worsley, editado por Manuel González de la Aleja (Amarú Ediciones). En El mundo dentro de otro mundo, Stephen Spender cuenta cómo el periódico Daily Worker le pide que viaje a España para ver qué puede averiguar acerca de la misteriosa desaparición del carguero soviético Komsomol, hundido en extrañas circunstancias en algún lugar del Mediterráneo y del que no habían aparecido ni los restos ni la tripulación. Aquí engarza el texto autobiográfico de Spender con el inicio de la historia que cuenta Worsley en su libro. Ambas versiones coinciden en lo sustancial: la experiencia compartida del viaje a Casablanca, Tánger, Gibraltar, Fez y Orán entre el 4 y el 17 de enero, intentando, sin éxito, llegar a Cádiz. Por fin lograrán entrar en territorio español por Barcelona. Los ecos de la batalla no es una novela más sobre la guerra española. En el libro se mezcla el reportaje de un testigo de primera mano con fragmentos de autobiografía novelada y, en fin, en algunos fragmentos el texto nos recuerda a los libros de viajes por tierras de España escritos por tantos visitantes foráneos en siglos precedentes. El autor no se limita a describir paisajes, o incluso paisanajes y costumbres, sino que intenta comprender una historia y una cultura muy alejada de la suya, sin poder sacudirse del todo sus propios prejuicios a la hora de valorar algunas anécdotas personales. No obstante, su descripción de los tristes hechos que tienen lugar  tras la caída de Málaga, el 8 de febrero de 1937, cuando un enorme contingente de población civil huye camino de Almería, resulta estremecedora y coincide con lo que Bethune escribe en sus memorias. En la carretera que une ambas ciudades, así como en la propia Almería, tendrán lugar  bombardeos y ametrallamientos contra una población civil indefensa que huye de unos horrores para caer en otros.

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Norman Bethune, junto a una enfermera y su unidad de transfusiones de sangre con el lema 'Unidad Canadiense de Transfusiones', durante la Guerra Civil, en un punto indeterminado de España, hacia 1937. / Library and Archives Canada (Wikipedia)

Norman Bethune no es de los nombres más conocidos entre el gran público. En parte, acaso por el ostracismo a que se vio sometido durante la época franquista. Sin embargo, este doctor fue objeto de biografías, documentales, series televisivas y, sobre todo, ha pasado a la categoría de héroe nacional en la China de Mao. Su participación en la guerra española lo convierte en una figura casi legendaria, por haber sido el promotor del “Servicio Canadiense de Transfusión de Sangre”.  Sus logros resultaron muy valiosos en los diversos frentes próximos a Madrid, al igual que los del doctor catalán Duran i Jordá en el frente de Aragón.  Ambos contribuyeron en gran medida al desarrollo de la sanidad militar, y durante un tiempo existió la pugna de quién había sido el primero en diseñar un servicio de vehículos refrigerados para acercar la sangre a los heridos en los campos de batalla. Bethune consiguió financiación de distintas organizaciones a partir de un folleto de gran impacto en el que, además de un texto explicativo, incluía fotos de cadáveres de niños y el lema “¡Asesinato! ¿Por qué?”. En la descripción de su proyecto decía literalmente: “Usaré los más recientes métodos ruso-americanos para recoger sangre, almacenarla a la temperatura adecuada… y transportarla a cualquier hospital que la necesite en un radio de 40 kilómetros”.

Entre el 8 y el 10 de febrero de 1937 Bethune, junto con Worsley y el arquitecto canadiense Hazen Sise, fue testigo del éxodo de miles de  hombres, mujeres y niños al límite de sus fuerzas que escapaban de la recién “liberada” Málaga camino de Almería. En uno de sus escritos denuncia los horrores y la crueldad con que los vencedores tiroteaban a unas gentes que “caminaban tambaleándose, tropezando, abriéndose los pies en los pedernales del camino polvoriento…” El vehículo de Bethune ayudó a trasladar a muchos fugitivos, familias con niños y niños que se habían quedado sin padres. No había más alimento que naranjas y pan.

Finalmente, la propuesta de crear un Servicio Unificado  de Transfusión de Sangre en Madrid, bajo su dirección, fue rechazada y Bethune optó por abandonar España. La etapa final de su vida la cerrará en China, sirviendo como médico en las filas del ejército maoísta. Allí, en noviembre de 1939, murió a consecuencia de una septicemia provocada por una pequeña herida que se hizo con el bisturí en el transcurso de una operación de campaña. En China se convertiría en un héroe nacional, en el ídolo al que se le tributaron incontables homenajes; allí se erigió un monumento funerario en su honor, se construyeron hospitales con su nombre, se editaron sellos con su figura, y aún puede verse su estatua en la ciudad de Shijiazhuang.

Las vidas del Dr. Bethune complementa otras muchas investigaciones previas llevadas a cabo tanto  por los Stewart como, en el caso español, por Jesús Majada, comisario de la exposición La carretera Málaga-Almería, visitada por casi cinco mil personas en la Universidad de Salamanca en octubre de 2006. En palabras del profesor Rodríguez Celada, director de la colección editorial “Armas y Letras” y autor del prólogo, nadie podía permanecer indiferente ante “el genio extemporáneo, el líder indiscutible, el adalid temerario, el jefe autoritario, el paladín romántico, un ser humano completo, con sus virtudes y defectos repartidos de forma desigual”.

(*) Román Álvarez es catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Salamanca.
2 Comments
  1. Piedra says

    Muchas gracias por la información sobre estos libros que me dispongo a solicitar a mi librero ahora mismo por teléfono. ¡Salud, profesor!

  2. Roderick Stewart says

    Estimado Sr. Alvarez:

    Acabo de leer con mucho gusto su critica. Le agradezco por indicar el papel de mi buen amigo Jesus Majada de hacer mas bien conocido en Espana el nombre de Bethune.

    A proposito, sabe que yo y Majada escribio el libro «Bethune en Espana»? Fue publicado en Madrid en 2009.

    atentamente,

    Roderick Stewart

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