La guerra civil española y los observadores norteamericanos

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Carlos García Valdés

Cubierta de la publicación de
Cubierta de la obra de James W. Cortada

El profesor de Historia Contemporánea Europea de la Universidad de Minnesota, James W. Cortada, acaba de publicar en nuestro país, como editor, un libro ciertamente interesante, conocido hace dos años en el suyo (Potomac Books, 2012): “La guerra moderna en España. Informes del ejército de Estados Unidos sobre la Guerra Civil, 1936-1939” (RBA, 2014). Es la primera vez, por lo que alcanzo a ver, que tal información se ofrece a los especialistas, al estudioso y al público en general de esta etapa convulsa y determinante para el que luego fue el inmediato futuro de España.

Basado en los comunicados reservados de los agregados militares en aquel momento en nuestro país, fundamentalmente norteamericanos -y, en especial, del coronel Stephen O. Fuqua (1874-1943), que alcanzó luego el grado de general de dos estrellas- despachados a su Departamento de Guerra, el libro recopila, en 527 páginas, unas observaciones que no tienen parangón acerca de cuanto atañe a los dos ejércitos en contienda o a los frentes bélicos, partiendo de la base de que las mismas siempre convinieron en lo presumiblemente largo de una contienda pese a que, en un principio, se presentó como todo lo contrario. Y además, viene a ratificar o complementar todo cuanto los grandes historiadores del periodo, es decir, los más imparciales, habían ya escrito al respecto, aunque intuyendo lo aquí puesto de manifiesto, pues este material, ahora ampliamente revelado, no se encontraba muy disponible.

En nueve extensos y cuidados capítulos el autor repasa la situación desde el inicio de la rebelión militar contra la II República hasta el fin de la guerra, pasando sucesivamente, del 36 al 39, por sucesos tales como la batalla de Madrid, la toma de Bilbao o Málaga y las campañas de Guadalajara, Brunete, Teruel o del Ebro, todas ellas con miles de muertos por ambas partes. Y todo ello con un rigor extremo, sin partidismos a la hora de recoger los informes evacuados por los enviados militares extranjeros al conflicto, como en la narración de la toma de Bilbao por los nacionales cuando se pone de manifiesto la tibieza y presteza en rendirse de los gudaris vascos a los requetés navarros o el despego y aún la hostilidad catalana por el gobierno central y, en consecuencia, por la guerra que se estaba librando. Unos anexos cronológicos y de mapas completan la meritoria obra que el propio autor inscribe en la permanente relevancia de estos estudios que, en número de más de 60.000 títulos, se siguen dedicando a esta conflagración nacional.

De cuanto puede leerse, y desde el primer momento, se detecta una doble consecuencia en cuanto a las dos formaciones contendientes: la constante desorganización de las milicias republicanas y su carencia de disciplina y mandos adecuados y, por contra, la profesionalidad de los militares a las órdenes de Francisco Franco y su mejor preparación para el combate. Y ello se traduce en todo. Así, en la defensa de Madrid, Cortada valora la entrega de los milicianos pero, en cuanto eficacia, les achaca su perniciosa supeditación, en un 50%, a los responsables políticos de los partidos de izquierda, lejos del oficio puramente castrense. Igual hará en las ofensivas gubernamentales, mejor estructuradas las correspondientes divisiones, pero no deja de significar que los éxitos no fueron seguidos de su correspondiente explotación. Cosa distinta sucedía con las fuerzas franquistas. Bien mandadas, a los primeros combatientes, tropas moras y legionarias, se suman después militares de la Península mejor instruidos que los del bando republicano. Ya en noviembre de 1937, cuando se estiman las fuerzas en combate, más o menos, en el medio millón de hombres por cada bando, los observadores alemanes señalan que el éxito final de Franco se puede dar por seguro, siendo más cautos los enviados estadounidenses que convienen en este resultado en la primavera del año siguiente. Cuando tal definitivamente se produzca, un año después (abril de 1939), la cifra total de un millón y medio de bajas y un millón de muertos se recoge sin vacilación.

En cuanto al armamento del que disponían los contendientes, entregados por las potencias que apoyaban a los respectivos beligerantes, no se detecta una diferencia sustancial en los informes que conforman el presente texto. El material es casi siempre inadecuado por dos motivos, bien por la falta de adaptación al terreno de los carros de combate o por la ausencia de pistas pertinentes para la aviación, no siempre correctamente utilizada; bien por las carencias detectadas en los pilotos o carristas (tanquistas) en el manejo de unos aparatos o vehículos pesados difíciles de utilizar con aprovechamiento. Del mismo modo, el análisis de las armas de fuego o cañones no ofrece diferencias sustanciales en los dos bandos en lucha, aunque se especifica que en piezas y empleo de la artillería la superioridad del ejército nacional era muy acentuada.

Al tratarse más de una historia militar, la represión en las respectivas retaguardias no es motivo de expresa atención en el libro de Cortada. Se mencionan, eso sí, datos tremendos cuales los referidos a que las bajas directas de la guerra se distribuyen un el 70% en las ejecuciones y un 30% en combate, manifestación palpable de que fue un enfrentamiento donde el odio y la eliminación del contrario prevaleció; que el número de muertos después de la toma de Málaga por los nacionales ascendió a unos 4.000, o que los milicianos fusilaron a 225 prisioneros del gobierno, haciéndoles bajar de un tren en Vallecas; pero no se mencionan las “sacas” de la cárcel Modelo y los asesinatos de Paracuellos del Jarama ni la brutal represalia de las tropas de Yagüe en Badajoz. Y todo ello era también guerra civil.

Cuando se abordan las grandes ofensivas y subsiguientes batallas, el libro siempre incide en los argumentos ya sabidos: la indisciplina y el deficiente mando de los republicanos y la más correcta organización militar de las tropas de Franco. Tampoco se mencionan aquí muchas diferencias entre las tropas de los rebeldes y las leales a la República. Si los rusos apoyaron a los gubernamentales y las brigadas internacionales conforman parte de las milicias republicanas, los aviadores alemanes y los voluntarios italianos, que nunca fueron ejército regular, lo efectuaron con los los nacionales. Pero todo equilibrado y sin especial inclinación de la balanza a un lado por tales contingentes. Cuando se habla de lo que luego serán crímenes de guerra, como disparar sobre los aviadores en paracaídas o sobre estas mismas fuerzas, se concluye en que ambos bandos lo hicieron con naturalidad para no permitir que este soldado enemigo se incorporara, en su caso, de nuevo a sus filas, incluyéndose en la terminología guerrera el dicho de tirar al maniquí, especialmente por los rusos.

En ocasiones, no deja de escaparse al autor que nuestra contienda civil fue una teatro de operaciones experimental, un banco de pruebas, después de la Primera Guerra y cara a futuros conflictos que, indudablemente, se avecinaban. De ahí, que hable de guerra moderna en el título de su libro. Los bombardeos de ciudades, la mala experiencia de los ataques de los carros sin ser seguidos de la infantería o el atrincheramiento defensivo, son buenas muestras de lo que va a acontecer en cuanto finalice la contienda española, al iniciarse la Segunda Guerra mundial, precisamente en ese mismo año de 1939 y hasta 1945. La enseñanza de nuestros campos de batalla y nuestros viejos aeródromos fue muy valiosa para los altos mandos de las potencias bélicas, los del eje o los aliados.

La precisión generalizada de datos suministrados por los agregados militares, difíciles al tratarse de una nación extraña, no exime al autor de no haber corregido algún error en la localización de lugares que, aunque de bulto, no resultan especialmente significativos, así, entre otros, no especificar que fue el cuartel de la Montaña donde se hizo fuerte el general Fanjul, que Guadalajara no es ningún puerto de montaña, que Brihuega no se encuentra a 3.000 metros sobre el nivel del mar, que Queipo de Llano no era teniente general cuando la sublevación en Sevilla o, en fin, que La Laguna no se encuentra el Marruecos español. Ello no empece la seriedad de las informaciones puramente castrenses.

Tampoco dedica Cortada muchos renglones a los protagonistas políticos y militares de la guerra. Apenas alguna cita dispersa, por mencionar las que se repiten, aunque poco, a Indalecio Prieto, Largo Caballero o Álvarez del Vayo, que no permite situar a los mismos en su contexto y en relación a la concreta competencia desarrollada. El más mencionado, y no mucho, es el general Franco, a quien se respeta como estratega, si bien se añade que sus triunfos no serían los mismos en una confrontación europea. También se citan con respeto a los generales republicanos Miaja y Rojo, considerados como los más competentes, y a Modesto en la ofensiva y posterior retirada del Ebro, salvando al resto de sus tropas, así como a los mandos militares franquistas, especialmente en la batalla del Ebro.

Unas breves notas a pié de página, situadas al término de la obra, la culminan, las cuales son la referencia precisa de los informes utilizados en el texto. Que nos encontramos en presencia de un libro único y revelador no ofrece duda, que se sitúa entre los imprescindibles para añadir conocimientos de primera mano la fratricida contienda española en el setenta y ocho aniversario de su indicio.

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