Onetti sin espejos

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Imágenes de Juan Carlos Onetti en las cubiertas de tres de sus "libros perfectos", publicados por Galaxia Gutenberg.

Para Juan Antonio Sanz

El pasado 30 de mayo se cumplieron veinte años de la muerte del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Escribo este recuerdo con casi un mes de retraso, aunque a Onetti un mes quizá le hubiera parecido poco, quizá hubiera preferido que fuese nunca. No era hombre de premios ni de homenajes, sino de silencios y de escondrijos. La leyenda cuenta que se pasó los últimos años de vida atrincherado en una cama en su piso de Madrid. No porque estuviera enfermo ni impedido ni nada de eso, sino porque no le daba la gana de bajar de la cama. Lo había alcanzado al fin la abulia existencial, la ataraxia que carcomía a muchos de sus protagonistas, quienes simplemente se echaban sobre un colchón y empezaban a mirar al techo, a cartografiar las manchas y desconchones de la pintura, a trazar viajes imposibles hacia ninguna parte con los ojos abiertos.

A los quince, a los veinte años, cuando yo no sabía qué hacer con un personaje, lo tumbaba en una cama y lo dejaba mirando al techo, a ver si pasaba algo. Onetti era una especie de fiebre mala que nos había mordido a algunos escritores y para la que no había cura. Le imitábamos la prosa inimitable, esos largos meandros faulknerianos poblados de adversativas, de negaciones y de callejones sin salida, hasta que comprendíamos que por ahí no se iba a ningún sitio. Le copiábamos también el peregrinaje existencial, ese deambular sin hacer nada con las manos en los bolsillos hasta el punto de que la desgana desbordaba las páginas y nos sorprendía caminando por las calles de nuestro barrio, preñados de destierro. Onetti era una soledad entre rascacielos, una adolescencia avejentada, una interminable tarde de domingo.

Hay escritores que te hacen regresar a la niñez, otros te llevan a la Luna o a Alaska. Al leer a Onetti descubrías que la vejez empieza a los diecisiete, que la vida estaba perdida antes de empezar, que nunca hubo una sola oportunidad de ganar porque ya habían retirado las fichas y el tablero, ya se habían cobrado las apuestas y lo único que te esperaba al abrir la puerta era un cuartucho maloliente donde no había nadie, una mesa con unos vasos sucios, un mazo de cartas marcadas y en un rincón una fregona vieja. Bienvenido, Bob.

Onetti escribió su primera novela porque se quedó sin tabaco. La dictadura del general Uriburu había establecido un toque de queda en que los estancos tenían que permanecer cerrados los fines de semana. Onetti, que era un fumador compulsivo, se encontró aquel viernes por la noche sin provisión de cigarrillos y sin amigos a los que gorronear. Rabioso, enfurecido (dos adjetivos muy poco onettianos), se puso a garrapatear páginas como un loco y en los primeros párrafos ya había dibujado a esa ramera triste y resignada que lleva una mejilla ardiendo porque todos los clientes se le echan encima por el mismo lado, le raspan la cara con la barba reciente y ella no tiene valor para pedirles que se afeiten antes. Terminó el libro en dos días, una terapia de choque contra el mono de tabaco, culminando una de las novelas cortas más impresionantes de la literatura, El pozo. En ella hay pasajes que difícilmente sortearían a la policía del pensamiento que en nuestros días ha sustituido exitosamente a la censura. Tal vez éste sea el más famoso de todos:

"La inteligencia de las mujeres termina de crecer a los veinte o veinticinco años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres. Y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatinas en las esquinas de los liceos".

Basta este párrafo monstruoso, fechado en 1939, para comprender muchos de los sarpullidos ideológicos que iba levantando Onetti: entre sus colegas, entre los lectores, entre los editores, entre las feministas, entre los revolucionarios. Sólo unos pocos alcanzaron a vislumbrar el abismo entre la voz del narrador, Eladio Linacero, y la del escritor; la distancia que hace posible la novela como artefacto literario. Sin dar muchas pistas, Onetti fue excavando ese precipicio en una serie de libros perfectos, La vida breve, Juntacadáveres, El astillero. En el primero de ellos, Brausen, uno de sus héroes desencantados, se echa sobre una cama y se pone a soñar Santa María, una ciudad que es mitad Buenos Aires, mitad Montevideo, pero que no es exactamente ninguna de ellas, sino un avatar más del condado de Yoknapatawpha, de Faulkner, ese gran reino imaginario de la literatura que luego se prolongaría en la Región de Juan Benet y en el Macondo de García Márquez.

En Santa María, fundada en un sueño de Brausen, Onetti plasma la antimateria de los cuentos de hadas: una urbe decadente, llena de factorías abandonadas, de tiendas clausuradas, de avenidas polvorientas, de tugurios sórdidos; una extraña ciudad poblada por criaturas desvalidas, hombres acabados, mujeres secas, náufragos. En Santa María Larsen intentará levantar su propia quimera de regentar un burdel perfecto y de poner en marcha otra vez un astillero en ruinas. En el final de esa novela magistral, El astillero, Onetti alumbró su visión de la existencia como un suicidio en diferido, al anunciar que Larsen viviría el resto de su vida “hasta el día en que su muerte dejara de ser un asunto privado”.

Siempre he sido muy cauto o muy tímido a la hora de acercarme a los escritores a los que admiro. Nunca me atreví a visitar a Onetti, aunque sabía que vivía en un apartamento cercano a la Avenida de América, del mismo modo que tampoco reuní valor para ir a conocer a Donoso. Nunca me arrepentiré bastante. Sin embargo, no me resulta difícil aceptar como verdadera una anécdota que me contó un amigo, quien una noche estaba cenando con Onetti y con una mujer. Onetti no paraba de insistir en que fuese al baño a arreglarse el maquillaje (él, que había aprendido desde joven a afeitarse a tientas porque no soportaba mirarse en un espejo), hasta que ella se levantó, harta, arrojando la servilleta a un lado: “Ya voy, viejo de mierda. Ya me voy”. Mi amigo me contó que cuando ella desapareció en busca de los baños, el anciano escritor le agarró la mano, sonrió, abrió unos enormes ojos infantiles y le dijo: “Sabes, nunca he sido tan feliz”.

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