País de pícaros

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Luis Gallego, presidente de Iberia. / Efe

Regresa uno a España, a esta España podrida de arriba a abajo, y lo hace por la puerta grande: en Iberia. La sobredimensionada empresa busca alternativas de negocio, dice su presidente, entre otras cosas porque el famoso puente aéreo es "muy deficitario". Leo la noticia en un vuelo transoceánico de esa compañía, sentado en un asiento diminuto, royendo una comida infecta, con la pantalla de televisión rota, tras haber sufrido un intento de estafa. Le cuento...

Viajamos tres personas, que compramos juntos los billetes. Con mi tarjeta de crédito. A la hora de facturar, con antelación, nos asignan asientos separados. ¿El vuelo ya esta lleno? No, pero el robot asignador es así de cruel: capaz de separar a una niña de sus padres. Señorita operadora, ¿no hay solución? Por supuesto que sí, caballero: pagando 35 euros por cabeza puede cambiar sus plazas y sentarse junto a sus seres queridos. Se lo recomiendo, puesto que como usted seguro que ya sabe, la familia que vuela unida permanece unida.

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Problemas bananeros requieren soluciones bananeras: alguna palabra más alta que otra, el libro de reclamaciones, pues tendrá usted que darme su nombre... Y ya tenemos los asientos juntos. Y los 105 euros siguen en el bolsillo, para desgracia de Luis Gallego, presidente de Iberia, la compañía que pretende que el deficitario puente aéreo de su sobredimensionada compañía sea financiado por el resto de viajeros. No es de extrañar que el pasado año la compañía perdiese un 16,5% del tráfico de pasajeros.
El avión aterriza y uno se siente como en casa. Con todos los sentidos alerta, la mano aferrada a la cartera. Dispuesto a defenderse con uñas y dientes de pícaros y chorizos, de corruptos y estafadores, de granujas y charlatanes.

– Perdone señor taxista, es que he estado fuera unos días y... ¿Pujol está ya en la cárcel?

– ¿Pero de qué galaxia lejana viene usted, alma de cántaro?