Teresa Sánchez de Cepeda, tanto tiempo después

Agustín_García_SimónEl quinto centenario del nacimiento de Teresa Sánchez de Cepeda, más conocida por Teresa de Jesús, Teresa de Ávila o, simplemente, y por antonomasia, Santa Teresa de Jesús, una de las más grandes santas de la catolicidad, está dando un quehacer enorme a toda clase de exégetas, tanto da que sean creyentes, agnósticos o ateos; casi todos atraídos como moscas por los aspectos más morbosos de su personalidad, sus visiones y éxtasis, su aspecto místico, esotérico…; hasta de los asuntos menos imaginables y más anecdóticos, pero, evidentemente, más de consumo para un público ávido de escándalo, de carnaza; como la enemiga que ella misma insinúa en sus Fundaciones con la Éboli en Pastrana. Toda una esterilizada literatura y espectáculo de urgencia, de precipitado acarreo, de abrevadero improvisado para la tropa cultural de nuestro tiempo ahistórico, para nuestro presente continuo al que le da una higa que fuera Julio César o Julio Cerezas. Eso por no entrar en el dispendio y desparrame de las Autonomías, la gran aberración política nacida de la Transición que, en materia de historia y de cultura, están consiguiendo la cuadratura del círculo, convirtiendo a sus paisanos ilustres del pasado en heraldos entusiastas de las políticas autonómicas trazadas por necios más o menos bien trajeados; de modo que, en el caso que nos ocupa, hemos llegado a leer en un periódico de tirada nacional, en declaraciones de un alto preboste carmelita, que Santa Teresa, desde el cielo, está encantada y amparando el éxito del turismo rural en Castilla y León. ¡Qué país!

Lo que debemos preguntarnos una vez más ante este tipo de conmemoraciones es qué queda después del despliegue de su panoplia de medios, derroche de dineros, onerosas y fútiles puestas en escena, vanos, costosísimos vaivenes de ignaros personajes y personajillos autonómicos, rodeados de acólitos zalameros, vates y consagrados logreros culturetas que pontifican, organizan, escriben, y en toda su parcela “gobiernan como gerifaltes”, que decía don Quijote. Es preciso que nos lo preguntemos de nuevo por higiene mental, por decencia, aunque sepamos de antemano la respuesta: con alguna rara, maravillosa excepción, no quedará nada. Y es una lástima, una grave irresponsabilidad, otra oportunidad perdida, porque las ocasiones y los personajes son de fuste, fundamentales para nuestra memoria, nuestra lengua y nuestra cultura que, con sus efemérides respectivas, pueden, deben ser acercadas con rigor, con estudio, con gusto actualizado, a la sociedad desmemoriada y neoanalfabeta de nuestros días.

En el caso de Teresa de Jesús el reto no es fácil, pero no es menos necesario. Su personalidad se nos escapa, o corremos el riesgo de estereotiparla, si no hacemos un esfuerzo considerable para comprender un tiempo y una sociedad ajenos, lejanísimos de nuestra percepción personal e inquietudes sociales en este ya bien entrado siglo xxi. Un tiempo que prefiguró y asentó la sociedad tridentina, contrarreformista, sacralizada, que alumbraría finalmente las formas de un mundo barroco. Es decir, un tiempo que arrasaría la Ilustración y la Revolución, configurando en los siguientes doscientos años la contemporaneidad, de la que la incipiente era digital, a su vez, nos va alejando ahora mismo a velocidad de vértigo. Una sociedad aquella donde la santidad se construía mediante la hagiografía, junto a las novelas de caballería, el género literario en boga a la sazón, más parecido a nuestras novelas actuales; especie de leyendas áureas o simples ficciones que nada tenían que ver con la realidad contrastada. Teresa de Jesús fue un paradigma de la santidad de su siglo: una mujer de limpísima alcurnia, de familia noble, exenta de la sombra nefanda del linaje de moros y judíos; de vida impecable, de virtudes maravillosas, con un remate apoteósico: una muerte con verdadero, físico, olor a santidad de un cuerpo que había que trocear para reliquias terapéuticas, vivificantes, salvadoras. Y así fue hasta que el mismo Franco se apropió en la Guerra Civil de la mano izquierda de la Santa y la metió en su dormitorio, como talismán, en un armario de palo santo durante casi cuarenta años… Una leyenda apropiada, de estandarte para un catolicismo pugnaz, fervientemente mantenida y exaltada a lo largo del tiempo, hasta que la historia, ya en el siglo xx, fue devolviéndonos a la más que posible realidad histórica de una mujer apegada a su tiempo y de una calidad excepcional.

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Gracias a la evolución de la mejor historiografía, empezamos a comprender que el impulso de esta mujer era el mismo que el de toda la cristiandad de la época: de Erasmo a Lutero, de Ignacio de Loyola a Trento, el Zeitgeist o espíritu de la época, “un intenso ambiente de reforma, un inmenso apetito de lo divino, en palabras ya viejas de Lucien Fevbre”, nos recuerda con su habitual magisterio Teófanes Egido. La liebre que había levantado don Narciso Alonso Cortés en 1946, al tropezar en el Archivo de Chancillería de Valladolid con la ejecutoria de hidalguía del padre, tíos y abuelo paternos de Teresa de Jesús (los Sánchez de Cepeda), o sea, la prueba irrefutable del origen judeoconverso de la Santa, produjo una convulsión inenarrable en el mundo teresiano, teresianista y de la propia historia. Hasta el punto rocambolesco de que el legajo desapareció misteriosamente, al menos desde los primeros años sesenta, para reaparecer, también por ensalmo, en 1986, año en que sin perder un solo segundo, don Teófanes Egido, que había montado guardia desde los primeros años sesenta, lo publicó entero: El linaje judeoconverso de Santa Teresa (Madrid, Editorial de Espiritualidad, 1986). Uno se pregunta si no se salvaría por los pelos, pero el caso es que la historia de Teresa de Jesús sufrió un giro copernicano.

Para bien, sin duda. Ayudó mucho a aquilatar las cosas, a comprender algunos puntos fundamentales de la vida y obra de esta gran mujer y resaltó aspectos que siguen siendo capitales para su entendimiento y estudio. Sabemos al fin, que fue una mujer físicamente hermosa, dotada de una inteligencia poco común. Tenía un sentido profundo de la amistad, una capacidad de ternura emocionante. Amiga de los libros, lectora empedernida, sentía una debilidad manifiesta por la gente de talento, por el sentido común aplicado con exigencia y un humor sobrio, como toda su persona, muy castellana; como su escritura, concisa, ajustada, sustanciosa. No tenía menos encanto su conversación. Una fuente nada sospechosa, más bien segura, fray Luis de León, que no la conoció personalmente, escribe en su De la vida, muerte, virtudes y milagros de la Santa Madre Teresa de Jesús. “Me afirma quien la conoció muchos días, que nadie la conversó que no se perdiese por ella”. Teresa sintió muy pronto su dignidad de mujer marginada y preterida. No perdió ocasión de vindicar su condición como protesta en una sociedad profunda de machos. Una pionera. Sólo su gran talento y una voluntad de hierro le permitieron transitar entre ellos a lo largo de su vida sin que llegaran a rozarla.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.