Una tacha, imborrable, del laureado Goytisolo

Pedro Costa Morata *

Pedro_Costa_MorataLo tuve tan fácil que el pudor me pudo y renuncié a poner en un aprieto al flamante, celebrado y mimado, aunque siempre distante y escasamente simpático Premio Cervantes de Literatura, Juan Goytisolo (JG). Además, visto el control que se impuso a las preguntas, dudo mucho que la mía hubiera sido expuesta al público: “¿Qué opina JG, notorio defensor de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental, de la acusación de genocidio contra la población saharaui enviada por el juez Ruz a once militares y funcionarios marroquíes hace unos días?”

No hubiera estado, por otra parte, fuera de lugar la interpelación, dado el antiguo, intenso y proclamado escoramiento de la literatura goytisoliana hacia lo árabe-musulmán en general, y sus raíces (junto con lo judío) en la literatura y la cultura hispánicas en particular; relación que ha alcanzado a estos días con las reiteradas alusiones del autor a sus vínculos con Marruecos (Marraquech es su domicilio más estable) y sus gentes, así como al “aire magrebí” con que le gusta rodearse, hasta anunciar que podría acudir con chilaba a recibir el premio (finalmente le faltó valor, y sólo concedió a la etiqueta la occidentalísima corbata). Pero creo que hice bien en controlarme y en asistir, igual de atento que la numerosa concurrencia, a su elegante conversación con dos rendidos contertulios.

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Días antes, y sin poderlo evitar, me molestó, por grotesca, la imagen que el escritor dio a la prensa posando con ropaje de indigente, quizás queriendo aparentarse –la intención pudo ir por ahí– al sufí pobre y desvalido, elevado sobre el mundo y su oropel; se arrimaba a una pared ruinosa y descascarillada, seguramente de la calle más triste de la medina de Marraquech, donde debe de situarse su refugio, y a sus pies completaba el cuadro un gato blanquinegro, se supone que cercano y familiar, que, indolente y abstraído, se lamía sus posaderas. Evoqué a Lawrence, el de Arabia, cuando tras las agitaciones de su breve vida de exaltado orientalista, pidió que el ejército para el que había trabajado como espía lo destinara a una oscura base del interior de Inglaterra, degradado e ilocalizable, para rumiar sus amarguras y rematar su obra literaria; lo pensé porque en su día me atreví a acusar a JG de querer imitar a ese famoso T. E. Lawrence, pese a que todavía no se había enfrascado en las numerosas causas pro musulmanas (excluyendo siempre a la saharaui, desde luego) con las que iría jalonando su vida de intelectual comprometido: palestinos, bosnios, chechenos… También lo acusé, documentación en mano, de no figurar en ninguno de los numerosos manifiestos y panfletos con que la intelectualidad francesa –entre la que nuestro hombre alimentaba su autoexilio–, acusaba al régimen de Hassan II de imponer una dictadura implacable y de no respetar los derechos humanos; también recuerdo haberme sentido, por eso mismo, ciertamente cruel ya que, siendo JG entonces un entregado admirador de Marruecos, de Marraquech y de Yemá el-Fna, y disfrutando del círculo de amistades que lo acogerían, más o menos alineadas con las posiciones oficiales, no iba a atreverse a desafiar a ese régimen, nada condescendiente con disidentes, sabiendo que sería expulsado del paraíso: ese paraíso mental y moral que ya se iba creando en tan sugerente riad del Magreb.

Efectivamente, había tenido yo con JG un muy crudo intercambio de opiniones en el diario El País en 1978 de resultas del lanzamiento que protagonizó, tomando como objetivo la “izquierda española”, de una completa batería de ataques para establecer su postura favorable a la integración del Sáhara Occidental en el Reino de Marruecos. Un territorio que, como se recuerda sobradamente, había pasado en noviembre de 1975 de ser colonia española a provincia marroquí sin el proceso de autodeterminación establecido y exigido por las Naciones Unidas y con un simple, y ominoso, acuerdo entre los ministros de Exteriores de España, Marruecos y Mauritania (país este que se adjudicó inicialmente la parte que consideró suya, aunque no tardaría en renunciar a ella y reconocer incluso a la República Saharaui, digamos, en el exilio). Los argumentos de JG al tomar abiertamente partido por la solución que favorecía a Marruecos y negaba los derechos universales e irrenunciables de las poblaciones autóctonas a decidir libremente su destino confrontaban no menos directamente con la opinión mayoritaria de la sociedad española y la mayor parte de sus fuerzas políticas, de modo especial las de izquierda; y se centraban en (1) los derechos históricos marroquíes, coincidiendo exactamente con la doctrina oficial, que barría para sí en contradicción con la historia étnico-política del territorio, (2) la visión miope y acientífica de la izquierda española, ampliada a la progresía en general, tradicionalmente, anti marroquí, y (3) el papel de Argelia, régimen dictatorial y mortal rival de Marruecos, que halagaba a esa izquierda y daba soporte al movimiento independista saharaui, el Frente Polisario. La polémica la jalonamos con dieciséis capítulos entre agosto y octubre de ese año 1978, y poco después apareció, en libro de Anagrama, el manojo de textos de Goytisolo, con sus ataques a mis ataques pero sin los artículos –los míos– que originaron la polémica: detalle desprovisto de elegancia que no fui el único en afearle.

En aquellos días tensos, y para mejor conocer al personaje, me leí su espléndida trilogía eminentemente autobiográfica –Señas de identidad, Reivindicación del conde don Julián y Juan sin Tierra–, que me mostró la grandísima capacidad del autor para la creación, la innovación y el reto en la escritura. Releídos esos libros en fechas recientes con el sincero deseo de homenajear al premiado JG, he ampliado mi percepción sobre sus rasgos de fondo y forma, considerándolos ejemplos –notables y, por qué no, sublimes– de la literatura del despecho; y reafirmándome –tampoco en esto estoy solo, ni mucho menos– en que JG es una personalidad rara, difícilmente clasificable, uno de cuyos rasgos más desconcertantes fue el haberse impuesto el autoexilio por su aborrecimiento de la dictadura franquista para acabar instalándose, feliz y creativo, en la no menos atroz dictadura alauita.

Aun así, mi admiración por autor tan destacado, por más que contradictorio, hosco y empecinado, hizo ya en aquellos años del encontronazo que buscara el conocerlo personalmente, descartando por supuesto la acritud; y para ello recurrí al almeriense José Guirao, amigo común, quien tras intentarlo hubo de reconocerme que JG no tenía interés alguno en contactarme. Esta semana, de agasajos y cumplidos, pasados 37 años de aquel altercado dialéctico, quise conocer, como digo, por fin al laureado, sin pretensiones y sin intermediarios, para felicitarlo en primer lugar y evocar aquello en la seguridad de que surgiría la sonrisa, la condescendencia y el buen rollo; muy afligido hube de sentirme, voto a tal, al encontrarme con unos ojillos verdes escrutadores que –así me lo transmitían– ni olvidaban ni (seguramente) perdonaban: y pude captar un resentimiento mal disimulado que me fulminaba, tras el balbuceo y la sorpresa, como si un dios, héroe o fauno coronado lanzara contra mí el anatema del tiempo y el atrevimiento. Repetí, frustrado, mi enhorabuena y huí sin otra, desolado y penitente, con mi bien merecido castigo.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.