Giner de los Ríos: un centenario poco transitado

Agustín_García_SimónCien años después de la muerte de Francisco Giner de los Ríos, acontecida el 18 de febrero de 1915, su efemérides en España muestra serias reticencias y, por supuesto, ningún calor oficial. En realidad a una gran mayoría de nuestros políticos, viejos, maduros y ávidos emergentes, ni le interesa ni conoce lo mejor de nuestra Historia. Esto del pasado les parece cosa sin importancia, inútil, algo démodé, pura antigualla; aunque gustan rebozarse en los tópicos de sus peores sombras, algunos como exaltación a machamartillo; por puro masoquismo odiante, los otros. Son, como escribió Izraíl Métter en su magnífica novela La quinta esquina, ese tipo de gente “que no comprende que un hombre sin pasado es como un insecto que vive un solo día”. Así que no es tan extraño este silencio en torno al fundador de la Institución Libre de Enseñanza (1876), en absoluto, sino más bien bastante lógico y comprensible en un país donde la intransigencia, la intolerancia, el sectarismo, la ignorancia y el odio a la inteligencia y la educación verdaderamente libres siguen gozando de tan buena salud en tan variados sectores, justamente la antítesis que representó con admirable excelencia Francisco Giner de los Ríos. Manuel Azaña, para variar, ya lo advirtió con su habitual clarividencia en sus Diarios al día siguiente de su muerte: “La obra de Giner es tan considerable que hoy, cuanto existe en España de pulcritud moral lo ha creado él. Por el contrario, no se concibe un espectáculo de barbarie mayor que el que ofrecen los de la otra banda cuando hablan de este hombre. En ningún país de Europa puede darse un caso de obtusidad semejante, no se tomará en boca el nombre de un grande hombre con tan grosera ligereza como estos lo hacen”.

La última “grosera ligereza” que perpetró la otra banda se la infirió el tal José María Marco con la biografía que dedicó a Giner en 2002. “El escribiente de Aznar”, como le llama Ernesto Escapa, volvía con aquel libro por los peores fueros de nuestra derecha eterna que, en el fondo y aun en nuestros días, sigue pensando, como los nacionalistas vascos, que el liberalismo es pecado. Porque no otra cosa que liberalismo fue la expresión política del krausismo decimonónico, introducido en España por Sanz del Río y seguido fervientemente por su alumno Giner; una adaptación de la filosofía de Krause que, más allá de sus principios, estos transformaron en una actitud, en una forma de vida basada en la confianza en la razón, en el convencimiento de la perfectibilidad del ser humano, que a través de la educación pudiera rescatar al individuo de su animalidad y su barbarie. Una forma de vida donde racionalismo, educación y ética conformaban la combinación necesaria para la regeneración individual y con ella la reforma social para un mundo más habitable, más justo. El resumen consecuente de aquella iniciativa admirable, que reunió en torno a sí a los mejores hombres de la época, antes y después de La Gloriosa (1868) y el sexenio revolucionario, lo resumió el propio Giner de los Ríos: “Un despertar de la vieja modorra al murmullo del moderno pensamiento europeo y a los problemas y nuevos postulados de su filosofía”.

Pero Giner de los Ríos y sus amigos de la Institución no sólo sacudieron, ¡y de qué forma!, la modorra de una España ruinosa, moralmente envilecida y subyugada por el integrismo católico y la carcunda política (bastaría recordar la figura ultramontana del tres veces ministro Orovio, firmante de la disposición legal que obligaba a los rectores universitarios a vigilar e impedir que se enseñasen en sus centros las doctrinas contrarias al dogma católico y las ideas dañosas o simplemente críticas con la monarquía y el régimen político incipiente de la Restauración), sino que echaron y cultivaron la semilla más fecunda que ha conocido la inteligencia, el laicismo, la moral y la educación en la España contemporánea. Dos veces separado de su cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional de la universidad de Madrid, hasta que fue repuesto en ella, finalmente, en 1881, desengañado de la experiencia del sexenio revolucionario, Giner comprendió por reflexión y experiencia propia que el Estado, la Iglesia o cualquier institución de poder no sólo podían atropellar la libertad de conciencia, de pensamiento, etc., sino también coartar determinantemente el instrumento más precioso para la regeneración del individuo y de la sociedad: la educación.

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De ahí que viera en el laicismo y la independencia los instrumentos fundamentales que debían preservar la libertad del proyecto y actividades educativas que, finalmente, constituirían la Institución Libre de Enseñanza como una empresa privada, ajena a intereses de Estado, de ideologías políticas, eclesiásticas, o influencias de cualquier otra índole. Y de ahí también que Giner y su Institución sean, con mucha diferencia sobre cualquier otro intento de parecido tenor y materia, lo mejor que nos ha pasado en nuestra historia, y se eleven como el símbolo del mejor y más deseable reformismo individual y social, y de la práctica imprescindible del laicismo, que en toda sociedad civilizada delimita como principio universal la libertad y autonomía de las actividades humanas en sus respectivos campos de actuación, sin imposiciones religiosas ni políticas, etc. Porque ese era el primer y más importante paso de estos hombres, sustraerse de cualquier dependencia del Estado, no digamos de la Iglesia, que arrumbara su proyecto y su libertad. En palabras de los fundadores: “Dar el primer paso en el camino de la independencia en este orden es el fin de la Institución que aspiramos a establecer en nuestra patria”.

Con su proyecto educativo, Giner quería hacer hombres (“había que formar hombres”, decía) a los que había que enseñar a pensar y a vivir, no con una formación intelectualista, sino con una educación integral, que atendiera con esmero a todas las facultades del individuo. Mediante el llamado “método intuitivo”, La Institución desterraba toda repetición mecánica de nociones y ponía al alumno en contacto directo con la realidad en todos los aspectos, sobre los que debía observar y preguntarse como principio de aprendizaje y conocimiento. En definitiva, un método socrático que perseguía, más que instruir, una educación total, un desarrollo de la personalidad individual, “nunca más necesario -escribió Giner- que cuando ha llegado a su apogeo la idolatría de la nivelación y de las grandes masas”. Porque para este santo laico había que “preparar suelo más firme para levantar la ciudad ideal del porvenir, sólo capaz de alzarse en tierra emancipada de la más brutal servidumbre, que es la del espíritu”.

Que cien años después de su muerte, la obra y la personalidad de este hombre verdaderamente grande, no sólo no sean celebradas con entusiasmo agradecido, sino más bien ninguneadas y hasta escarnecidas, es una muestra irrefutable de que la barbarie sigue habitando con peligrosa salud entre nosotros.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.