Viajar a Marte: el último desvarío de la ciencia sin conciencia

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Pedro_Costa_MorataLa última moda en disparates científico-tecnológicos, propalada por los medios a impulso de ciertos hallazgos de la exploración espacial y de declaraciones que, proviniendo de científicos prestigiosos, como Stephen Hawking, suscitan mucha más admiración que análisis crítico, es la del viaje a Marte, declarado objetivo de la creatividad y el arrojo humanos tras la inesperada desidia que sucedió a la llegada a la Luna, planteándose como continuación superadora de aquella espectacular conquista, estéril desde 1969.

El admirable Hawking pertenece a esa especie de sabio que, siendo especialista en alguna materia deslumbrante, como es la cosmología, sin embargo queda en evidencia como ignorante de realidades amplias cuyo alcance supera el de sus particulares y muy concentrados conocimientos, y no se recata de expresarse carente de sensibilidad o de conciencia ordinarias, es decir, de lo que se entiende por sentido común, al faltarle una cultura o conciencia globales. Sus opiniones sobre la fusión nuclear, por ejemplo, nos lo muestran como incapaz de entender el problema energético, que es más social y político que científico o económico. Y la que hemos conocido recientemente, en un momento de cierta exaltación por los viajes espaciales y concretamente a Marte, acerca de que “la supervivencia de la raza humana dependerá de su capacidad para encontrar nuevos hogares en otros lugares del universo, pues el riesgo de que un desastre destruya la Tierra es cada vez mayor” (El País, 25-09-2015), demuestra que la sabiduría con que nos deslumbra desde hace decenios es perfectamente compatible con propuestas alucinadas, soluciones infundadas y perspectivas acientíficas, en definitiva, de poseer una inteligencia sectorial o incluso alterada (autista, diría algún especialista crítico de la visión que muchos supercientíficos tienen de las cosas, la realidad y el mundo que envuelve su trabajo), llamativamente carente de visión global.

Otra celebridad, el también británico James Lovelock, célebre bioquímico creador de la interesante teoría de Gaia, viene insistiendo, hasta la provocación, en que la solución de la humanidad está en recurrir a la energía nuclear porque lo peor de todo es el efecto invernadero producido por los combustibles fósiles (y por evitarlo, añadimos nosotros, el problema de la radiactividad le resulta pecata minuta).

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Todo esto define y alimenta la ideología cientificista, es decir, la visión parcial de las cosas que, siendo habitualmente interesada y estando movida por impulsos y fuerzas de índole extracientífica e incluso anticientífica, se impone sin embargo y marca la pauta de la investigación, el desarrollo y el cariz de los proyectos científico-técnicos. Esto ilustra de manera especial lo que se relaciona con la exploración y, más todavía, la conquista espacial. Este proceso despegó como producto directo del desarrollo de ciertos proyectiles ensayados en la Segunda Guerra Mundial (las V-1 y V-2 alemanas de Von Braun, científico que fue aprovechado, y mimado por los norteamericanos para dinamizar la NASA y sus programas iniciales, incluido el Apollo, que perseguía situar al hombre en la Luna) y como elemento primerísimo de competición política y bélica internacional en la Guerra Fría. El biólogo ecologista Barry Commoner acusaba a los físicos, “ganadores de la guerra”, de determinar con su prestigio y poder el curso y los objetivos de lo más brillante de la investigación posbélica, haciéndose en gran medida responsables de los miedos y tensiones internacionales; y lamentaba que el equilibrio no se hubiera escorado a favor de los biólogos y su capacidad de entendimiento con la naturaleza…

La 'carrera hacia Marte', que el ambiente científico-mediático parece estimular, contiene esa ideología, intensamente falsificadora. Lo de menos es que Marte sea un objetivo escasamente realista debido a condiciones geofísicas que lo hacen inhabitable al componerse su atmósfera de dióxido de carbono, sin oxígeno y poco densa, y con temperaturas que oscilan brutalmente y bajan por la noche hasta los -100 ºC (la recientemente detectada presencia de agua salada dista mucho de constituir un elemento suficientemente estimulante en esta aventura en ciernes); o que su distancia media, de 225 millones de kilómetros, obligue a viajes de no menos de nueve meses (ida); lo más serio es la ideología que nos exhibe al convertirse en 'estrella' científico-mediática y en esperanza de salvación para la especie humana, con la ayuda de celebridades como Hawking.

Esta ideología comprende, al menos, tres trampas inocultables. En primer lugar, que la exploración espacial no refleja prioridad social alguna, ni a escala norteamericana o del mundo occidental ni, mucho menos, planetaria, sino un derroche de justificación discutible y, en muchos casos, inaceptable. En segundo lugar, y atendiendo a la consigna que Hawking, entre otros, proclama que buscar planetas de repuesto, como Marte, para lograr la supervivencia humana ya que nuestra Tierra ha de darse por perdida debido a su degradación o a riesgos serios de destrucción, constituye un gran fracaso humano, social y político, que no puede ignorarse ni 'compensarse' recurriendo a la fuga hacia otros mundos. Lo verdaderamente importante es y seguirá siendo la Tierra, que debiera ser el objetivo sobre el que concentrar los mayores y prioritarios esfuerzos –con la ciencia y los científicos en cabeza–  para cuidarla y mantenerla habitable. Y en tercer lugar, que la exploración espacial y la posible colonización de nuevos mundos no evitaría la reproducción del modelo de desarrollo y depredación realmente dominante, que obviamente llevaría al espacio exterior la misma tarea destructiva consustancial con nuestro estilo de 'civilización'. Demostrada la capacidad de los humanos para 'quemar' la Tierra, el reconducirlos hacia otros astros es tan inútil como perverso.

No podía faltar, en este despliegue de disparates y fabulaciones, una película, Marte, con el sello preciso de la ideología dominante en materia científico-tecnológica, que es la norteamericana. Su pretensión evidente es demostrar que la colonización del planeta rojo es viable e incluso apetecible, sin que importe mucho trivializar sobre los aspectos científicos y humanos. Toma, además, prestado el mito de Robinson y su lectura más perniciosa: el triunfo del individuo –ayer el británico, hoy el norteamericano– que es capaz de sobreponerse a las mayores dificultades para acabar venciéndolas y demostrando con ello la superioridad personal y la de su país, cultura y filosofía; incluso la ayuda recibida en los apuros de este héroe, china a la sazón, resulta amistosa, sí, pero secundaria.

Es verdad que la ciencia es una institución y un mundo nada fácil de manejar y, menos, dominar, debido sobre todo a la directa dependencia de valores e intereses que eluden generalmente el adecuado control social, y por eso sus objetivos en demasiadas ocasiones no tienen nada que ver con el bien común ni con resolver problemas existentes, acuciantes o, al menos, ampliamente sentidos. Y los científicos suelen ser incapaces de controlar su trabajo, contentándose como mucho con expresarse, individual o colectivamente, en un sentido u otro en relación  con algún problema en particular o de actualidad mediática, siendo habitualmente las posiciones críticas muy raras y, desde luego, escasamente eficaces.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.
3 Comments
  1. javier mateo says

    Sabia reflexión. Hay tanto dinero em juego con el «dichoso» Marte……..Y tanta vanidad cósmica…..

  2. yoprogramo says

    No se ha leído el libro en el que se basa la película, ¿no? léaselo y luego continúe con su sarta de diatribas gratuitas.

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