El yihadismo como excusa

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Portada de la revista satírica Charlie Hedbo, atacada hace un año por el yihadismo. / Efe

Estoy terminando de leer Soy Pilgrim, la primera novela del periodista, guionista y escritor inglés Terry Hayes. Cuenta, con el ritmo frenético de las mejores novelas de espías, un choque de civilizaciones. El mundo occidental, que intenta levantar cabeza tras los atentados contra las Torres Gemelas, y el mundo islámico, cuya religión se radicaliza ante la gestión imperialista que Estados Unidos hace de los conflictos internacionales. Un thriller que desprecia ambiciones literarias y apuesta por la acción, la tensión narrativa y dos personajes principales que viven en paralelo. Por un lado está el protagonista y narrador, un cazador de los servicios secretos de la primera potencia mundial, el espía perfecto para intentar salvar el mundo. Por otro, nos encontramos con el Sarraceno, la presa, un terrorista que comenzó a radicalizarse cuando de niño contempla como su padre es ajusticiado en una plaza de Arabia Saudí.

No le desvelaré más secretos de esta ambiciosa novela negra sobre espionaje y bioterrorismo, de caudaloso suspense y enorme tensión narrativa. Léala, es ocio de calidad, adrenalina encuadernada. Yo solo quiero utilizarla como excusa para hablarle de yihadismo.

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Justo cuando leía que el padre del Sarraceno, un biólogo marino que cometió el pecado mortal de negar el régimen saudí, era decapitado en público, conocía la noticia de que Arabia Saudí había ejecutado al clérigo chií disidente Nimr Baqr al Nimr junto a otros 46 reos acusados de terrorismo. Ficción y realidad se cruzaban, como sucede en las páginas de Soy Pilgrim, como pasa en un conflicto enrevesado y complejo que está siendo utilizado por políticos, radicales religiosos, terroristas, vendedores de armas, especuladores, casas reales, traficantes de seres humanos…

El yihadismo se ha convertido en la excusa perfecta para limitar libertades, para cerrar el grifo de la solidaridad, para aumentar el control sobre los ciudadanos. Por un lado, la amenaza a los Derechos Humanos, la inviolabilidad de la correspondencia, la interceptación de comunicaciones, las manifestaciones y reuniones públicas, las detenciones administrativas preventivas, la inviolabilidad del domicilio… Todo está en entredicho. ¿Intimidad y seguridad son compatibles? ¿El derecho a la libertad individual es sagrado, incluso en estos tiempos? En Soy Pilgrim se pueden leer algunas reflexiones interesantes sobre centros de reclusión, sobre el empleo de violencia por parte del Estado, sobre la tortura como cimiento del marco de la lucha antiterrorista. Una situación profundamente inquietante que me recuerda una frase de Albert Camus: “Cada vez que un hombre es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie”.

Pero el problema va más allá de la prevención del terrorismo como gran reto del siglo XXI. La criminalidad terrorista sirve para endurecer las barreras migratorias y limitar los movimientos de seres humanos en apuros. Un problema, puesto que en 2014 hubo 59,5 millones de desplazados y refugiados en todo el mundo. Un millón de ellos, la mitad sirios que huían de la guerra en su país, entraron en Europa por el Mediterráneo. “¿Esta invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio? ¿Dónde quedará Europa dentro de unos años? Hoy puede ser algo que queda muy bien, pero realmente es el caballo de Troya dentro de las sociedades europeas y en concreto de la española”, llegó a decir Antonio Cañizares, cardenal y arzobispo de Valencia, en un desayuno informativo de Fórum Europa.

Es difícil saber hasta dónde puede llegar la utilización del terrorismo yihadista. Nadie es ajeno a un fenómeno que admite un sinfín de manipulaciones, de tergiversaciones, de adulteraciones. Arabia saudí, Sudán y Bahréin rompen relaciones con Irán. «La venganza divina caerá sobre los políticos saudíes», amenaza el ayatolá Ali Jamenei, líder supremo iraní. Las dos grandes comunidades islámicas, sufíes y chiíes, se enfrentan por el poder en Oriente Próximo. “Un año después, el asesino sigue suelto”, reza la portada del nuevo número de la revista Charlie Hebdo, en la que aparece dios a la fuga con un Kalashnikov y la túnica manchada de sangre. “Las convicciones de los ateos y de los laicos pueden desplazar muchas más montañas que la fe de los creyentes”, escribe en el especial, editado un año después del año del atentado que costó la vida a once personas, uno de lo supervivientes. En otra portada, de El País Semanal del pasado domingo, leo el titular un tanto alarmante pero francamente comercial: “Molenbeek. Un barrio de Bruselas esconde el yihadismo europeo”. Y pienso que la confusión interesada no tiene límites. Que el yihadismo es un excusa perfecta.