AGUSTÍN GARCÍA SIMÓN | Publicado: - Actualizado: 21/6/2017 11:28

Agustín_García_SimónDice José Luis Villacañas en su excelente libro Populismo (Madrid, La Huerta Grande, 2015) que “el populismo es la teoría política que siempre ha sabido que la razón es un bien escaso e improbable”. Es decir, se trata de un movimiento político (el populismo no es un partido, es un movimiento) que debemos encuadrar por principio en la tradición romántica, antiilustrada; la que niega la estructura de las cosas, a las que se antepone la voluntad de transformarlas para, finalmente, como decía Isaiah Berlin, oponerse “a toda concepción que intente representar la realidad con alguna forma susceptible de ser analizada, registrada, comprendida, comunicada a otros, y tratada, en algún otro respecto, científicamente”. Esa poderosa corriente de la historia contemporánea occidental que, afianzándose en la contrarrevolución (francesa), llega con su marca a nutrir los totalitarismos de índole fascista en el siglo XX, de los que se derivan los movimientos populistas más importantes del pasado siglo, del peronismo al chavismo.

Lo que le atañe del comunismo, del que también se alimenta sustancialmente, es su superación: “Lo que de verdad decimos -escribe Villacañas- es que el populismo asume el final de la teoría marxista de la sociedad”. El populismo trabaja con las masas, pero su teoría más reciente reconoce que las masas actuales, a las que hay que embridar y pastorear persuasivamente, no son homogéneas, como no lo es la actual sociedad. ‘El proletariado’ ya no significa nada, pero, sobre todo, no conduce al poder absoluto y duradero, sin fecha de caducidad, que es el verdadero e inmediato objetivo del populismo. De ahí su disidencia de los partidos comunistas tradicionales. Los considera una rémora, un instrumento agotado en la toma del poder de las sociedades verdaderamente modernizadas y desarrolladas, sobre todo en su actual fase de asaltar el poder en los países del corazón de Occidente, aunque sean los del sur, los más débiles y con instituciones más vulnerables (Grecia, Italia, España…).

El populismo, entonces, ha transformado drásticamente el concepto fundamental de ‘pueblo’, con un significado que nada tiene que ver con el pasado. Lo ha convertido en una metáfora, con un poder de convocatoria que arrastra, tal como oportunamente apunta Villacañas, citando al gran teórico populista, Ernesto Laclau: “La construcción política del pueblo es esencialmente catacrética”, o sea, una metáfora para lo que no hay posible definición literal; algo así como el dinero para la sociedad liberal, cuya garantía del patrón oro se le supone. “Ser pueblo”, el motor de la acción política populista, agrupa a las masas amigas, afectas no por la razón, sino por la emoción y el entusiasmo, frente al enemigo, las instituciones democráticas caducas, corruptas; la casta que hay que derribar para establecer un orden nuevo, con un líder carismático, incuestionable, al frente.

En el lenguaje populista, de una sofisticación llamativa, asombrosa, pedante e intencionadamente críptica, el ‘pueblo’ ha sustituido a la nación ilustrada de ciudadanos libres e iguales. Se ha internado en el proceloso mundo del comunitarismo y la diversidad cultural como panacea excluyente de la concepción universal de los seres humanos. El individuo y sus libertades consustanciales no cuentan. Lo que importa verdaderamente al populismo es la comunidad (peronista, bolivariana, indigenista, padana, catalana…). Da igual que esas comunidades no existan, el populismo las pone en marcha con un objetivo fundamental: ofrecer a esa heterogeneidad la representación de una demanda conjunta que sólo el populismo puede sufragar, porque los poderes democráticos tradicionales ya no las representa: es el ‘pueblo’ el que ampara a todas en su unión, con una fuerza retórica extraordinaria, que mueve y agita. En realidad, el populismo podría resumirse con todos los riesgos de la simplificación (¿qué es el populismo más que una sinuosa simplificación?) en la agitación permanente en torno a la solución de los problemas generados por una crisis orgánica (económica, institucional, representativa y social), continuamente frustrados por la propia agitación populista, pues su concepción de ‘pueblo’ siempre necesitará reclamar algo para que el régimen populista pueda mantenerse sine die. Allá donde la crisis sea severa, el populismo tiene el terreno abonado. Donde el Estado y las instituciones funcionen y estén plenamente consolidados, nada tiene que hacer. Lo teoriza el propio Laclau: “Cuando tenemos una sociedad altamente institucionalizada, la lógica equivalencial (sic) tiene menos terreno para operar y, como resultado, la retórica populista se convierte en mercancía carente de toda profundidad hegemónica”.

Pero como analiza y disecciona lúcidamente Villacañas en este libro de referencia ya fundamental en la escasa bibliografía del fenómeno populista, “el populismo es ante todo una construcción lingüística, que dispone de una política comunicativa ultramoderna dirigida al afecto, al sentimiento, a la teatralidad y a la espectacularidad”. En la mejor tradición de la demagogia política, el populismo ha perfeccionado una nueva retórica (“secuencias discursivas” lo denomina el preboste Laclau) de una eficacia temible. Naturalmente, está basada en la simplificación y la imprecisión, condiciones que considera inherentes a la acción política. Su expresión es agresiva e impactante, pues sus objetivos van dirigidos a enardecer las emociones, las sensaciones que consigan el contagio de los afines hasta identificarse con entusiasmo con el nuevo ‘pueblo’ y la nueva forma de nombrar la realidad, subvirtiendo la lengua. Esta retórica descarta y abomina de la razón, del discurso racional, analítico, bien construido y riguroso. Lo considera una antigualla de la sociedad que debe desaparecer; pero, sobre todo, sabe que es ineficaz, porque no llega de ninguna forma a unas masas cuyo neoanalfabetismo conoce y maneja muy bien. Con su lenguaje camuflado y su demagogia afilada, el populismo no aspira a regenerar ni restaurar las instituciones o el sistema democrático dañado por la crisis y la corrupción, como en España, por ejemplo, sino, en palabras de Villacañas, “a construir un nuevo fundamento del orden”.

José Luis Villacañas hace al final del libro un elogio del republicanismo cívico y lo propone como antídoto de esta seria amenaza que constituye el populismo ahora mismo en España. Nada me gustaría más que esa posibilidad se abriera camino, pero no veo ciudadanos de espíritu cívico consciente, azañista, como el que representa la trayectoria del propio Villacañas, con un número suficiente para la acción política en un momento de tan encanallada situación. Y mira que me gustaría equivocarme.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.

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