Me casé con un comunista

Jesús Cuadrado *

Jesús_CuadradoVuelven los “vetustos comunistas”. Así interpretó Antonio Hernando, portavoz del PSOE, el acuerdo electoral de Podemos e Izquierda Unida. Por el PP, Esperanza Aguirre fue un poco más lejos: “El comunismo es la ideología más criminal de la historia”, dijo, y no quería que la gente fijara su atención en Stalin, apuntaba directamente a los líderes de Podemos. Estos y otros despropósitos me hicieron recordar una genial novela de Philip Roth, Me casé con un comunista, situada en EEUU, en la época de la caza de brujas, el maccartismo. Entonces, las brujas eran también los comunistas.

Roth narra la historia de un comunista denunciado por su mujer, una actriz que necesitaba relanzar su carrera. El relato le sirve para describir de forma magistral el material con el que se construye el clima de paranoia colectiva que, como un gran montaje teatral, recrean Joe MacCarthy y sus secuaces patrioteros. La escena se llena de “agentes rusos, espías rusos, documentos rusos, cartas secretas, reuniones de la célula, refugios comunistas secretos”. En la acusación de la denunciante, escrita por una periodista patriota, se llega a niveles inigualables: “Mamá, mamá”, grita la hija, “esos hombres que están con papá en su estudio hablan en ruso”.

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¿Y por qué denuncia a su marido, Iron Ringold, “un norteamericano que recibe órdenes de Moscú”? Por esto: “Sé por qué me casé con este hombre: por amor. ¿Y por qué se casó él conmigo? ¡Porque se lo ordenó el Partido Comunista! Sí, me casé con un comunista maquiavélico”. Así se confiesa la esposa, la actriz Eve Frame, guiada por patriotas siempre dispuestos a salvar a América: periodistas del chismorreo al servicio del magnate Hearst, el Comité Doméstico de Actividades Antinorteamericanas, la Legión americana, las revistas católicas, y tantos a los que Roth retrata con corte de cirujano. ¿Qué pretendían con tanto esfuerzo? Philip Roth lo resume: “Todo aquel que se atreva a decir lo que a los fascistas no les gusta oír es comunista”. ¿Y qué es un comunista, o un bolivariano en la España de hoy? También Roth: “Nadie lo sabía, y por eso era tan fácil explotar la amenaza”.

Como ocurre hoy en España con esa tontería de “vuelven los comunistas”, en los Estados Unidos del maccartismo, hace más de sesenta años, se organiza un aquelarre, no para combatir a Stalin y la URRSS, sino para conseguir votos. Los de las listas negras en los medios de comunicación, los que montaron “la caza de brujas”, detestaban a Franklin Delano Roosvelt y lo que buscaban era derribar a los demócratas. En la novela de Roth, como en la última película sobre el tema, Trumbo, historia de los días del miedo, se desenmascara aquel aquelarre. No era una historia de la guerra fría, ni un asunto de espías soviéticos frente a patriotas norteamericanos. Solo era una estrategia de políticos extremistas republicanos  para conseguir votos. De paso, como describe Roth con precisión de forense, algunos peliculeros y periodistas mediocres le sacaron provecho a la historia. Pero, el agudo sentido del humor que inunda la novela no oculta lo que importa: aquello fue un ataque feroz a los derechos civiles para conseguir ventajas electorales. “El comunismo era lo que menos preocupaba a McCarthy; si nadie lo sabía, él sí”.

Hace unos días, en el programa 24 Horas de TVE, un periodista al que llaman Chani interrumpía con violencia a un líder de Podemos que empleó la expresión “en este país”. “Diga ¡España!, diga ¡España!”, repetía el periodista como un poseso. Recordé la factura improvisada por otro periodista al que llaman Inda, vía Yotube, para “demostrar” la financiación del partido de Iglesias, no recuerdo si por Venezuela o por Irán. En los mismos días se conocían unas grabaciones en las que un juez, Salvador Alba, “fabrica” con alguien una denuncia ante el Tribunal Supremo contra una líder de Podemos, Victoria Rosell, previamente denunciada por un ministro del gobierno de Rajoy, que ha tenido que dimitir por mentir sobre un asunto sucio de cuentas en paraísos fiscales. A su vez, en el diario El Mundo, que dice que lo que hace ese juez está mal, pero que algo habrá hecho la señora Rosell, un articulista, Santiago González, para descalificarla escribe que esta exjueza es “una más en el parvulario” y que “se hace llamar Vicky por los suyos”, para remachar con un “con eso se lo digo todo”. En los mismos días El País relacionaba el pacto Podemos-IU con el “asalto al palacio de Invierno”. Roth, que ha decidido no escribir más,  habría hecho milagros con este material.

Si escuchas el ruido mediático diario, podrás saber que el destino de España se juega en Venezuela, que los ayatolás de Irán quieren controlar la política española por medio de Errejón y sus camaradas, a los que financian, que durante años el Ejército ha estado dirigido por un falso militar español, el exjemad Julio Rodríguez, al servicio de potencias extranjeras, y lo peor, que, si gana la alianza bolivariana-comunista, España se convertirá en Grecia o, incluso, en Venezuela. Al menos, eso, y mucho más, es lo que se cuenta en los grandes medios de comunicación de “este país”. De paso, el ministro del Interior y su director de policía entretienen importantes recurso humanos y materiales del Estado para buscar algo, lo que sea, dentro o fuera de España, que pueda incriminar a Podemos. ¿Y la fabricación de esta paranoia colectiva, para qué? Para sacar votos, que el mercado se resiste.

La estrategia diseñada por los lumbreras demoscópicos de la derecha española es obvia: inutilizar, mandar al limbo, millones de votos de la izquierda. No es nuevo. El viejo sistema electoral diseñado en las Cortes franquistas y trasladado directamente a la Constitución con las maniobras de Martín Villa, como evidencia Javier Pérez Royo en La reforma constitucional inviable, estaba pensado para que la derecha consiguiera más escaños con menos votos, como ocurrió con las primeras citas electorales. La descomposición de la UCD rompió el juguete. Pero la doctrina pervive: divide a la izquierda, si quieres sacar más con menos. En eso están.

Y frente a esto, ¿qué hace el trío, Sánchez, Hernando y Oscar López, que dirige hoy el PSOE? O no entienden qué está pasando o su futuro depende de no entenderlo. En el Partido Socialista, por su propia supervivencia, deberían comprender que Venezuela y el comunismo es lo que menos preocupa a la derecha española, que “si otros no lo saben, ellos sí”. Reciclan narrativas anticomunistas de hace décadas para crear una situación psicológica pública que les proporcione una victoria electoral. Quieren mandar al cubo de la basura a, al menos, seis millones de votos de la izquierda. Si les dejan.

(*) Jesús Cuadrado es militante y exdiputado del PSOE.