Un ‘brexit’ positivo y premonitorio

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Pedro_Costa_MorataLa decisión por referéndum de una mayoría (casi un 52%) de ciudadanos británicos de salirse del marco de la Unión Europea invita a numerosas reflexiones distintas a la jeremíada que viene teniendo lugar, y que deben considerarse positivas o, al menos, coherentes con el Reino Unido y con su significación y trayectoria como país y como potencia. Por supuesto que lo primero que hay que reconocer es que es muy buena cosa que se desenganchen quienes no han mostrado un interés histórico por integrarse en la UE, comportándose siempre como una rémora y planteando una “causa anti” desde antes de su vínculo y especialmente a partir del mismo: mejor para los que se van, que siempre renqueaban, y mejor para los que se quedan, que tendrían que hacer concesiones fuera de lugar por retenerlos.

Si en su día (1973) los británicos dijeron que sí a la Comunidad fue tras una negociación que se alargó hasta que las ventajas que recibirían quedaran claras, con lo que pudieron vencerse las reticencias políticas y sociales existentes; pero los años 80 y 90 asistieron a una institucionalización comunitaria cada vez más inquietante, una realidad altamente compleja e incierta tras la creación de la moneda única. Desde luego, el Reino Unido rechazó esa moneda y el sistema de cepos y corsés que implicaba (también lo harían Dinamarca y Suecia), siendo como era una gran potencia financiera, pero esa exclusión ya estableció la imposibilidad de una unión plena. En realidad el Reino Unido nunca ha necesitado a la UE y su burocracia comercial-expansionista, sino que más bien la ha considerado una rival con la que, antes o después, la integración alcanzaría límites infranqueables.

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La potencia británica ha sabido conservar lo esencial de su imperio, que no es solamente comercial ya que, connotado de piel blanca, es político y estratégico, y atribuye al Reino Unido una autonomía y un poder globales que otros imperios no han sabido garantizarse. Esa Commonwealth anglosajona, que cuenta con los Estados Unidos en una articulación global, resulta indisoluble porque en ella lo económico resulta consustancial con lo político. Es ese “club a cinco” que, contando con Canadá, Australia y Nueva Zelanda, vigila y espía al mundo entero, aliados incluidos, con esa red electrónica llamada Echelon, reconocida y plenamente funcional, una actividad que tiene mucho de un “Gobierno en la sombra” infame y amenazador.

Podría añadirse que un pensador tan fino como el novelista Orwell, buen conocedor del Imperio británico, ya alineó en su célebre distopía 1984 a las Islas Británicas con Norteamérica en aquella entidad llamada Oceanía, opuesta, alternativamente, al imperio continental de Eurasia (en el que se incluía la Europa no insular) y a las potencias marginales de Asia Oriental.

Y tampoco olvidemos que el general De Gaulle, que conocía bien a los ingleses por haber combatido junto con ellos en las dos guerras mundiales (y por haber sufrido, durante la segunda, el desdén y la humillación cuando encabezaba el Gobierno francés libre, instalado en Londres), no permitió que se planteara la entrada del Reino Unido en el Mercado Común mientras fue presidente de la República francesa (1958-70); tenía muy claro que el europeísmo británico, si tal, estaba hecho de unos mimbres muy singulares.

Quizás lo más interesante de esta experiencia del brexit haya sido el rechazo obtenido por mayoría contra todo el establishment británico, muy especialmente el económico-financiero. Que un pueblo de rancia raigambre comercial y ultramarina rechace una construcción eminentemente comercial y librecambista, en abierto desafío a los poderes económicos constituidos y a las indicaciones de la mayoría de las fuerzas políticas, obliga a reconocer que en esa sacudida, con mucho de iracunda, laten respetables motivaciones y puede que –por qué no– valores estimables y probablemente dignos de imitación. En esta tesitura lo de menos es identificar los motivos del rechazo con lo que la gran prensa internacional viene denunciando –que si la insolidaridad británica en general, que si el egoísmo frente a la oleada de refugiados–, que serán parte de ese malestar, desde luego, pero que no deben impedirnos reflexionar sobre el fracaso de la UE, que en general debe relacionarse con los excesos del liberalismo, el nulo interés por el bienestar social de los europeos, el expansionismo alemán hacia el Este o las pretensiones unificadoras sobre lo que ni es ni debe ser unificado. De forma destacada hay que valorar el rechazo a la homogeneización que impone el proceso unitario europeo, que a través de inclementes “medidas”, “pasos” y “fases” de aproximación económica con el fin exclusivo de fomentar los negocios comerciales y financieros, se lleva por delante cuanto de no económico-comercial existe, singularmente el amplio espacio de lo cultural… Que los británicos son “muy suyos”, como nos gusta decir a los continentales (como si pudiéramos ignorar que también los otros lo somos, pueblo a pueblo, país a país) justifica en parte este episodio, como también contribuye a explicarlo el que no se sientan nada felices con una Alemania hegemónica que dicta su ley en una Europa cada vez más amedrentada y cautiva, y esto es una línea roja que la historia marca en sangre.

De la campaña internacional de prensa desatada contra el brexit (en la que la gran prensa española se ha implicado con singularísimo denuedo), se debieran destacar varios titulares y eslóganes más cercanos al ridículo que a la realidad y los datos en presencia, no tan catastróficos. Merece destacarse el alarmante “El proyecto europeo en peligro”, que cuando menos debiera haber obligado a aclarar de qué proyecto se trata, en qué situación se encuentra, si es que existe en realidad y cómo va la aceptación popular hacia la evolución del proceso de integración. Hay que ser muy necio para ignorar que ese proyecto hace agua porque, principalmente, carece de credibilidad, habiendo fracasado estruendosamente al afrontar la actual crisis de forma contraria a la debida, lo que ha hundido a millones de europeos que, cada vez menos, prestarán su placet al proceso comunitario. Siempre es bueno recordar que Dinamarca, contra el Tratado de Maastricht (1992), y Francia y Dinamarca, contra el proyecto de Constitución Europea (2005), expresaron claramente su negativa a esos avances generados por la burocracia bruselense; no habrá que extrañarse si alguno de estos países, y otros diferentes, se plantean ahora realizar un referéndum como el británico.

El momento de las rebajas parece llegado inevitablemente, y contra esa tontería, con maldad inocultable, de que “la solución es más Europa”, se impone la deconstrucción y la marcha atrás. Parece evidente que el europeísmo inobjetable debiera reconstruirse sobre la extensión y defensa de derechos, no de negocios, y es el momento de tener en cuenta que ese era el objetivo de la primera iniciativa leal y acertada, el Consejo de Europa, anterior y bien distinto a las Comunidades Europeas, todas ellas económico-comerciales, consagradas en el Tratado de Roma (1957). Y se recuerda la participación, entusiasta, de Winston Churchill en la creación de este Consejo (Londres, 1949), aunque nada más aprobar esta institución el Convenio Europeo sobre Derechos Humanos y Libertades Fundamentales (1950) el Gobierno británico expresó su deseo de no contribuir a dar ningún paso adicional más.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.