Cuestión de credibilidad

Miguel_Sánchez_OstizEl de Todos los Muertos no es buen día para reflexionar sobre el día de Todos los Cucos. Todo el año es Carnaval, decía Larra. Parafraseándolo se puede decir que aquí todos los días del año son el de los Muertos y el de los Cucos; los segundos, sin los primeros, no pueden vivir, en la medida en que lo hacen a su costa, por mucho que los muertos se reclamen vivientes, gracias a la tetrodotoxina (polvo de zombis), la droga de los peces globo, la del vudú, que al parecer, junto con la cainina nacional y endémica, es de libre circulación en este país y barata, mucho, porque a quienes la ponen en circulación les salen realmente gratis sus fechorías. A la vista está: Rajoy presidente de Gobierno.

Y por seguir con pintorescas leyendas urbanas, tampoco descarto que utilicen los aviones de las estelas famosas para administrarnos burundanga, la droga que arrebata la voluntad y la memoria, porque de otra manera se entiende mal lo que está pasando. Bien está que se diga que es preciso recuperar la calle y que las recientes movilizaciones de Rodea del Congreso hayan estado muy concurridas, pero para mí no es menos cierto que ahora mismo el ejercicio de una serie de derechos relacionados con la libertad de expresión más parecen concesiones graciosas de la autoridad competente, que en esas estamos, en las libertades y los derechos sociales convertidos en favores graciosos, en dádivas caritativas, en el pre de los negocios, es decir, en el reparto de las sobras del negocio de los cucos... pero no hay que inquietarse, todo va sobre ruedas, con un tiro de burundanga se arregla.

Chanzas a un lado, lo cierto es que, si nada lo remedia, nos esperan cuatro años de cuquería institucionalizada, gracias a que el PSOE le ha entregado el poder al partido más corrupto y reaccionario de la Unión Europea, no sabemos si para salvarse de la debacle electoral o a cambio de alguna dádiva también ellos.

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Después de lo sucedido dicen que hay poca confianza en las instituciones, que hay que recuperar esa confianza. Lo dicen quienes no quieren oír ni hablar del recuperar la calle, es decir, los que quieren obligarte con multas y leyes ad hoc a que confíes en esas instituciones del Estado por ellos y sólo por ellos manejadas.

Pedro Sánchez revela ahora las trastiendas cochambrosas de lo sucedido, que en buena parte eran más un clamor que del dominio público y hay rasgado general de vestiduras por parte de los cívicos golpistas por haber tocado a los intocables de la sombra y del sol y sombra: el IBEX, Felipe González, El País y sus cuadrillas (a la vieja agravante 13ª del artículo 10 Código Penal me refiero ahora). Está claro que la Presidencia del Gobierno se ha urdido desde fuera del Congreso de los Diputados, que éste no es sino la cobertura de otra forma de ejercer de manera más efectiva el poder y llamarlo encima juego democrático genuino, legitimando de ese modo «la manipulación, desinformación, mentira y represión intelectual» (Vicenç Navarro). Como en las películas del Oeste de hace mucho: «¿Pero aquí, quién es el bueno?». No se sabe. Resulta difícil creerse algo y expresar no una esperanza académica y sesuda, bien argumentada que le dicen, sino una viva, alegre y callejera.

Es hora de preguntarse si el PSOE es necesario para un cambio social y político o si por el contrario se puede prescindir de sus votos para conseguir un gobierno progresista. Si es necesario habrá que preguntarse entonces en qué medida se puede confiar en alguien que ha traicionado su palabra y ya poco vale ésta y se ve experto en dar gato por liebre. Lo dice hasta Owen Jones y desde ese lejos que es cerca. A las hemerotecas me remito, ¿o también era mentira que afirmaron lo que afirmaron, sus noes y sus síes? ¿También ellos están contagiados de ese no asumir compromiso alguno y de mentir por deporte, por cultura, como si el gobierno de la Nación fuera la tauromaquia? Si no se puede confiar en ellos y si es necesario su concurso para el cambio quiere decir que o bien estamos en sus manos ya muy sucias o éste va a ser el asco de nunca acabar.

Depositamos nuestros votos y es un poco como si nos entregáramos atados de pies y manos a unos profesionales que se cuelgan la medalla de ser nada menos que Hombres de Estado y que se ocupan de nuestros asuntos «a otro nivel», ¿no?. Es decir, tan otro que nada tiene que ver el motivo por el que se les vota con los resultados.

(*) Miguel Sánchez-Ostiz es escritor y autor del blog Vivir de buena gana.