La caza

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Mossos d’Esquadra y guardias civiles escoltan esposado hasta el lugar de los hechos, al cazador acusado de matar a tiros a dos agentes rurales, en Aspa (Lleida). / Adrià Ropero (Efe)

Quizá usted se haya soprendido con la noticia del asesinato a tiros de dos agentes rurales por un cazador durante un control rutinario en Aspa (Lleida). Es posible que no entienda semejante drama, que le cueste comprender tanta violencia, que alucine con una masacre tan estúpida y de tales dimensiones. Quizá sea porque no ha estado nunca en una montería.

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Una montería es una cacería de jabalís o de ciervos. Caza mayor. Comienza con el sorteo de los puestos desde los que los cazadores dispararán a los animales. Suele tener lugar en un bar, entre platos de migas y huevos fritos, cafés y copas. A primera hora de la mañana no pocos cazadores darían positivo en un control de alcoholemia, control que solicitan muchos de los responsables de la administración encargados de que las cacerías se desarrollen de acuerdo a la ley. Los agentes rurales (en Cataluña), en otros lugares agentes forestales, agentes de medio ambiente, agentes de naturaleza o incluso celadores mediambientales, llevan años sintiéndose desprotegidos: tienen que enfrentarse a hombres armados con las manos desnudas. “Algún día tendremos una desgracia”, me han comentado con diferentes palabras, en distintos lugares, varios profesionales de la defensa de la naturaleza.

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Ya la hemos tenido. ¿Tienen que llevar armas los agentes rurales? Es muy posible que Donald Trump no dudase ni un segundo la respuesta. Yo creo que hay demasiadas escopetas de caza, y que los controles psicotécnicos son una burla, y que muchos cazadores (evidentemente no todos) son profundamente irresponsables. Escopeteros. Cada año fallecen en España una media de entre 44 y 54 cazadores, más de la mitad de ellos por accidentes con armas de fuego, y entre 2.500 y 5.200 resultan heridos. Cifras importantes para el sector humano, pero insignificantes si las comparamos con las bajas que sufre el otro bando: alrededor de 30 millones de animales mueren cada año a manos de los cazadores en nuestro país.

“El cazador es quien más ama la naturaleza, el que dignifica al animal y que realiza una labor mucho más allá del simple ecologista”. ¿Del simple ecologista? Quien utiliza este tono es Juan Antonio Sarasketa Leguina, presidente de la Oficina Nacional de la Caza, la Conservación y el Desarrollo Rural, en una Tribuna Abierta de ABC. Afortunadamente este mantra, el cazador es quien más ama la naturaleza, se está desmontando poco a poco. Aumenta el número de naturalistas, de birdwatchers, de fotógrafos de naturaleza… Desciende la cifra de cazadores: la Federación de Caza es la que más licencias deportivas ha perdido en los últimos cinco años. Cuenta con 67.000 licencias menos que en 2010. Y otro dato importante: los jóvenes se alejan de los rifles, los cazadores cada vez son más viejos.

Cazar es salir al campo con una escopeta, unos perros y volver a casa, cinco horas después, con un par de perdices, que se comerán escabechadas unos días más tarde. Cazar es lo que hemos leído que hacía Miguel Delibes. Me temo que ahora se caza poco y se mata mucho. Dicen que hay poca caza salvaje, que hay mucha caza de granja, que hay mucho matarife y poco cazador, que ahora los cazadores no pueden volver a casa sin pegar algún tiro. Cazadores que ignoran que la caza solo es plenamente justificable, y realmente sostenible, si promueve la selección natural.

La caza es violencia, y los tiempos no están para tormentos innecesarios. Igual que nos preguntamos si el dolor de los toros en la plaza es ético, deberíamos cuestionarnos el sufrimiento del animal en unas cacerías descafeinadas. Sin olvidar, por supuesto, que los animales tienen derechos. En lugar de dispararles, busquemos en sus miradas “el punto de vista absoluto” del que hablaba el filósofo franco-argelino Jaques Derrida.