Agobio tecnológico y apuros ilustrados frente al criticismo ecológico

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Pedro Costa MorataEl reconocimiento de que la tecnología acelera su obsesión por sustituir el trabajo humano en los peores momentos de una crisis que aplica al trabajo una usura sin límites, no llega a generalizarse como debate, ya que habría que oponer una realidad opresiva a proclamas sin fundamento visible y a mentiras escandalosas, si bien sustentadas por un establishment tecno-económico-político montaraz.

Pero ahí están, por ejemplo, las inquietantes anotaciones sobre la marcha invasora de los robots, con iniciativas compensatorias tan chuscas como hacer pagar a estas criaturas, malvenidas con entusiasmo, un impuesto por el daño laboral que inducen; un impuesto que acabaría yendo a realimentar el ciclo de la sustitución del trabajo por el intermedio técnico, ya que toda la economía se expresa convencida de que esto, y sólo esto, es lo que hay que hacer. Enternece oír a los presidentes de los bancos españoles pedir nuevas reformas estructurales “para poder así crecer y generar empleo”, siendo el sector económico que destruye con más ansias sus empleos desde los años 1970. Lo grotesco, sin embargo, es que ciertos intelectuales sigan proponiendo –o creyendo en– una redirección de la tecnología que aumente nuestro tiempo de ocio y de creatividad ajena a la producción y el consumo: de nada les sirve el examen de la historia ni la larga aportación crítica del ecologismo sobre los ímpetus asociales de la institución científico-técnica que, en definitiva y por lo que al trabajo se refiere, no ha cesado de incrementar las jornadas y, peor todavía, el tiempo pseudo laboral no retribuido, que gracias a la tecnología abarca ya las 24 horas y el año completo. Todo ello, de forma simultánea con los avances tecnológicos y la automatización y digitalización de la sociedad: la promesa del ocio crea estragos.

Multitud de tecnólogos, economistas, políticos, periodistas y hasta filósofos se resisten a admitir el pernicioso impulso de la técnica como producto de un sistema económico que no busca servir a la sociedad, sino servirse de ella. Son llamativos los casos en que ciertos filósofos muestran una admiración cuasi religiosa por la ciencia y la tecnología, hasta el punto de renunciar al análisis sin prejuicios de este complejo y sus tendencias históricas.

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En la inagotable corriente de maravillas y promesas con que la sociedad de la información nos entretiene a diario, no basta ya con el abuso cansino de la “revolución” como término con que se pretende que la sociedad se adapte y someta, convencida de que se trata del mejor de los mundos posibles; ya se ha entrado en el terreno de lo maravilloso, como sucede con la inteligencia artificial, o de lo milagroso, como se nos describe la impresión 3D.

Sobrecoge escuchar, por ejemplo, en entrevistas de prensa o televisión, a esos jóvenes sabiondos, sesudos y convincentes, que anuncian una nueva civilización empezando, mira por dónde, por la solución del problema ecológico y por anunciar una sociedad mejor y en la vía de la perfección explicando lo de las impresoras 3D (o sea, la producción autónoma y casera de cualquier objeto capaz de subvenir a la mayor parte de las necesidades personales o sociales directa e inmediatamente, mediante la digitalización). Y dejan boquiabiertos a entrevistadores ignaros, incapaces de ordenar sus preguntas o su indagación, quedándose tan convencidos de que tenemos milagro tecnológico y hasta humanístico. Así acabo de ver a Iñaki Gabilondo ante un grupo de forofos del 3D, embobado como si de una sesión de magia se tratara.

Unos y otros se olvidan del análisis político, quizás porque pertenecen a una época –me refiero a los entrevistados, es decir, los nuevos héroes/profetas de la técnica– de profunda desideologización y por eso se expresan con frecuente menosprecio de lo político, con una fe indeclinable en todo tipo de logros científico-técnicos; pero, por supuesto, se muestran incapaces de profundizar en la dinámica de la creación tecnológica o en los aspectos ajenos a la tecnología que envuelven la creación de ese objeto prometedor.

Las realidades de un mundo cada vez menos transitable no llegan a estimular a estos tecnólogos a ampliar sus análisis y perspectivas. Y subyace en esta actitud beatífica, aunque estos creadores llamativamente jóvenes no se enteren, la herencia ilustrada, es decir, la convicción de que las cosas van –o acabarán yendo– a mejor, siempre progresando.

Fernando Savater, sobre cuyos méritos filosóficos y otros no entro porque los doy por conocidos y merecidos, no acaba de entender el problema ecológico y esto le sucede porque se siente enraizado en la Ilustración y sus ideales, entre los que aguanta y persiste el del progreso. Con cierta frecuencia gusta de atacar a los debeladores de inventos o creaciones tecnológicas –a los que califica de “fastidiosos predicadores”–, anudándolos entre ellos en una cadena que viene desde… Platón.

En general, la herencia ilustrada mantiene, pese a la cruda realidad, su arrogancia racionalista y una inocultable convicción de que la naturaleza esta para ser dominada. La máquina de vapor, creación paradigmática del siglo XVIII (frente a la que, como Savater apunta, no dudo que surgieran críticos, aunque lo serían más hacia el tipo de sociedad que configuraba, que era atroz, que hacia la propia creación técnica, en cualquier caso sin vida propia) generalizó la quema de combustible fósil, lo que dos siglos y medio después, y con el progreso tecno-energético continuado, ha condenado el planeta a un cambio climático del que las sociedades humanas no saldrán con bien.

Y más notable todavía, esta tradición ilustrada ignora de hecho la historia subsiguiente a la exaltación de la Razón y el Progreso, y sigue encontrando motivos para el optimismo hacia el género humano, sus capacidades inagotables y su destino progresivo; lo que ni la historia ni la antropología respaldan, siendo un hecho que ambas perspectivas han acabado por hacerse presentes e insistentes en el debate ideológico y político tras el desarrollo de la conciencia ecológica. El raro optimismo voltairiano del Cándido, que más bien se lee como una estupidez, sigue rigiendo entre muchos, contra viento y marea. Hay que estar muy convencido de las ideas ilustradas para creer en la idea de progreso de cuño condorcetiano, y no dejo de sorprenderme de que Savater se vinculara a un partido, UPyD, que pretendía “el Progreso y la Democracia”, con un primer término que evocaba el siglo XIX y un segundo término que incurría en pleonasmo.

No veo prudente mantener la actitud, tradicionalmente sobrada e indulgente, ahora menos que imprudente, de ridiculizar a quienes incurren en el “miedo tecnológico” e insisten en la exaltación del progreso invisible (en realidad, un mito). Los ilustrados resistentes debieran reconocer que el ecologismo ha resultado ser una enmienda a la totalidad, o casi, declarando insostenible gran parte de la ideología de las Luces, así como algunas de sus creaciones más brillantes; en su tradición se prolonga la incapacidad para entender el problema ecológico, seguramente porque este cuestiona radicalmente la filosofía occidental al menos desde el racionalismo del siglo XVII. La Ilustración europea, además, no es de aplicación universal, como tampoco lo es el “ejemplo” de las potencias europeas iluminadas, por imperialistas, esclavistas y saqueadoras del planeta.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.
3 Comments
  1. andando says

    No tiene ningun sentido hoy hablar del progreso la razon o ideologia y menos de racionalismo o de progreso evolutivo, solo nos queda hablar del ser humano

  2. Olea says

    Y usted tacha de arrogantes a los ilustrados, en un discurso que derrocha más soberbia que Camilo José Cela encocado.

    Y la guinda del pastel es mezclar las churras con las merinas aprovechando que el Tordesillas pasa por donde a usted le convenga para tergiversar conceptos al querer pintar la suya como la única ideología salvadora.

    Estamos arreglados.

  3. matusalen says

    me parece exagerada la critica a la ilustracion para justificar el ecologismo, y peligrosas consecuencias, si se mezclan churras como es el caso, aun estando de acuerdo en lo de los tecnologos y su dictadura. solo hay una forma de actuar, el criterio propio, muy ilustrado, que es lo mismo que el mercado libre, que todo lo regula supuestamente, menos en madrid jeje. el ecologista no puede tener movil ni luz en casa, vieja tonteria que nadie cumple, aunque den doctrina a los demas.

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