Terrorismo y hermanos

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El terrorista de ISIS se autoriza sin que prácticamente tenga que dar cuenta a nada ni a nadie. / Efe

Cuando fue el atentado sobre las Torres Gemelas en setiembre del 2001 escribí un breve texto sobre lo que entonces designaba como "La guerra que está viniendo”. Básicamente mis hipótesis eran las siguientes:

- Todas las acciones terroristas se volvían inteligibles si se las pensaba en el mundo del capital y la técnica y sus operaciones englobantes e ilimitadas, capaces de conectar incluso las acciones más extremas y heterogéneas como el acto de terror.

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- Ni la llamada 'lucha de clases', ni la 'lucha anticolonial' ni el retorno a un fanatismo premoderno y bárbaro permitían dar cuenta del fenómeno terrorista en su nueva expresión en tanto interpretación asesina del Islam.

- La globalización del mercado ha destruido la categoría moderna de universalidad y en su lugar ha generado un mundo acéfalo de operaciones algorítmicas-financieras que se expanden a gran velocidad por el mundo virtual y que sin embargo hace obstáculo a las clásicas posiciones 'internacionalistas' procedentes en sus distintas versiones por parte de las izquierdas históricas.

Cada cultura, por ahora, decía en aquel entonces, llora a sus muertos y no hay lugar ni para el dolor ni el duelo universal

Cada cultura, por ahora, decía en aquel entonces, llora a sus muertos y no hay lugar ni para el dolor ni el duelo universal. De hecho el surgimiento del terrorismo actual es entre otros, un índice claro del impasse en que se encuentra un proyecto de emancipación popular a escala internacional protagonizado por los distintos fragmentos sin articular que con los excluidos, desempleados, trabajadores precarios, refugiados, sin papeles, etc, en absoluto le dan, por ahora, forma a una nueva lucha de clases, al menos de un modo espontaneo, esto exigiría articular lo que se denomina una lógica hegemónica

Tanto Heidegger analizando la técnica como aquello que nos emplazaba a todos a habitar el mundo emplazados a transformar nuestro habitar la existencia sin hacer ya la experiencia existencial de la verdad y la relación de la misma con 'el olvido del ser' o, como Lacan describiendo al discurso capitalista como el discurso que borra de la faz del orden simbólico que nos constituye la metáfora que permitía insertar nuestro cuerpo vivo en el aparato de la lengua y disponer de una brújula para poder significar nuestra vida, nuestros vínculos con los otros y nuestra relación con los legados simbólicos y la interpretación de nuestras herencias simbólicas. En definitiva el capitalismo y la técnica nos entrega a códigos de evaluación, de medición, de diagnósticos funcionales del vivir, de espectacularización de las vidas, de practicas de 'goce' estandarizadas, indescifrables en su verdad y que suelen agruparse en distintas modalidades en grupos de whatsApp que reúnen a las mismas practicas, grupos de aprendizaje de las cosas de la vida que antes se transmitían desde la experiencia común de lo simbólico y que ahora demandan de un libro de autoayuda para cada caso.

La guerra que todavía era 'una continuación de la política por otros medios' ha terminado junto a los valores de la modernidad

En este contexto la guerra del terror se extiende sin centro, sin necesidad de un marco mínimo regulatorio siempre presente aún de un modo frágil en las guerras del siglo XX, incluso las civiles, insurreccionales o guerrilleras. La metáfora que enmarcaba y proponía sus convenciones, siempre a punto de ser transgredidas pero que mantenían el desarrollo de la guerra que todavía era 'una continuación de la política por otros medios' ha terminado junto a los valores de la modernidad.

La guerra actual no se declara formalmente por medio de instituciones, no tiene centro preciso de localización, ni comienzo ni duración ni final posible. La misma se enmarca en la circularidad del tecnocapital que construye el mundo y las subjetividades que lo soportan. La circularidad entre los países que le declaran la guerra al terror y que a la vez son cómplices económicamente de aquello que abastece al terror es elocuente al respecto, allí la circularidad ilimitada del mundo actual se confirma.

Al que se le financia innecesariamente en su goce se queda con el esfuerzo de los otros, subvencionado en su pereza ancestral

En su excelente ensayo filosófico 'Terrorismo. Una guerra civil global', Donatella Di Cesare, entre sus muchas observaciones sobre este fenómeno contemporáneo, señala la reiterada presencia de los 'hermanos de sangre' en las distintas células, que dicho sea de paso, se extienden como franquicias. Sobre esta notable observación de la autora, me gustaría detenerme. Mientras en Freud, los hermanos mataban a un padre mítico que gozaba sin límites de todo y acaparaba sin medida el goce de las mujeres, una ensoñación espectral muy eficaz según Freud, confirmaba que el malestar de la cultura esta atravesado por un fantasma de apropiación indebida que se desplaza según los puntos cruciales de cada coyuntura. Siempre hay alguien que se roba todo, aquel al que se le financia innecesariamente en su goce, que se queda con el esfuerzo de los otros, que es subvencionado en su pereza ancestral. Todos argumentos de los actuales mecanismos de segregación contemporáneos.

La orden 'superyoica' del capitalismo no sólo no es 'prohibido gozar' sino 'hazlo y goza cada día más y mejor'. Esto, tal como lo explicaba Freud en su tesis sobre 'Totem y Tabú' conlleva un gran incremento de la culpabilidad. Nadie da la talla con respecto al goce, siempre la experiencia es fallida y la experiencia del consumidor-consumido propuesta por el capital está nimbada por la culpa y la deuda que los diversos coachs y sus dispositivos intentan atemperar con sus distintos relatos de realización personal.

El terrorista islámico dando muerte y matándose realiza la expiación en su ofrenda a un Dios oscuro de un modo absolutamente puro

Tal como señala Donatella Di Cesare en el libro citado, el terrorista de ISIS, esto lo agregamos nosotros, se autoriza como una mónada que prácticamente no tiene que dar cuenta a nada ni a nadie. No siente culpa, su trabajo es con la expiación. A diferencia del mito de Freud donde la culpa se repartía entre los hermanos, son los propios padres los supuestos culpables que han desertado de la guerra total del 'califato global'. En su guerra cualquiera que pertenezca a la multitud desarticulada que circula en el mundo, es susceptible de ser matado porque se  trata de generar un comienzo absoluto a partir de un acontecimiento imprevisible de 'dar la muerte matándose'. Este dar la muerte matándose es un equivalente absoluto del trayecto de la 'pulsión de muerte'. Mientras en el habitante convencional del capital, la pulsión de muerte trabaja alrededor de objetos que se ofrecen a un goce siempre insatisfecho por definición y que por tanto debe continuar su búsqueda indefinida, el terrorista dando muerte y matándose la realiza en su ofrenda a un Dios oscuro de un modo absolutamente puro. En la expiación, el final del trayecto de la pulsión de muerte, no dispone de ningún recurso de sublimación simbólica más que su propia ofrenda mortal. Y este es el arma que lo sitúa como el amo de la situación. El acto nunca es fallido porque está dispuesto a morir. No se trata de fanatismo premoderno ni de atraso bárbaro, es un modo totalmente contemporáneo de encarnar de un modo singular la dimensión mas pura de la pulsión de muerte. De hecho, esta lógica esta presente en el movimiento ilimitado del capital donde también se da la muerte matándose, pero esto se hace de un modo acéfalo, sin singularidades nombrables y en la esfera de las operaciones que capturan mundo, vida, medio ambiente, subjetividades, biopolítica de los cuerpos, etc.

El terrorista también formado en la Playstation criminal singulariza su acto dándose un nombre y una identidad que rompe con su linaje anterior. Su acto testimonia que la internacionalidad de la emancipación no tiene aún lugar y que de tenerlo, es bastante problemático su desarrollo y la construcción del sujeto que lo sostenga. Por supuesto, lo que hemos tratado hasta aquí, como lo recordaba Derrida, es comprender algo y no justificar nada.