¿Qué podemos aprender de OT?

Operación Triunfo
El concurso de televisión ‘Operación Triunfo’ celebrado este año. / Efe

El fenómeno Operación Triunfo ha puesto de relieve el problema existente a la hora de pensar la cultura, los hechos y la verdad en política. Personalmente no me gusta OT, bueno, en realidad casi ni lo he visto pero no me interesa, ahora bien, no pretendo con esto elevar mis preferencias personales a una categoría política, porque entonces entraríamos en el juego inacabable de la ‘coherencia’ extrema que acaba convirtiendo todo cambio social en una competición por el cambio en ‘uno mismo’. Lo que realmente me interesa de OT es entender por qué le interesa a tanta gente y comprender los elementos y las teclas que hacen posible tal adhesión, tal encuentro.

Creo, al igual que sucede con GH, que la clave no es lo que cantan sino lo que cuentan, la clave es la trama y la historia que se convierte en una experiencia social. Encuentro que se traduce y aumenta en una red de relaciones; en el café de la mañana en el trabajo, en los mensajes cruzados de whatssap, en la participación a tiempo real en twitter, en los artículos de periódicos, en la toma de posiciones al interior de su historia, es decir, todo lo que acaba generando un vínculo. Ese ‘sentirse incluido’ en una historia que se cuenta, que otro cuenta, opera igual que el héroe griego, aquel que es capaz de contar su propia historia, y a fin de cuentas, no sería algo muy diferente a El Show de Truman, en donde la vida de uno se convierte en la vida de todos: le vieron nacer, crecer, enamorarse, fallar, ganar… le ‘conozco’.

Algunos advierten que programas como OT son la expresión de la evaluación neoliberal que camina al capítulo de ‘Black Mirror’, donde uno es en tanto y cuanto el resto le puntúa

Alguien puede argumentar que todo eso ocurre porque la gente está ‘alienada’ y por lo tanto ‘manipulada’ con programas banales que no aportan nada. Programas como ‘Operación Triunfo’ serían la expresión de la evaluación neoliberal que camina hacia el capítulo de ‘Black Mirror’, donde uno es en tanto y cuanto el resto lo valora y le puntúa. El problema de este punto de vista no está en que sea más o menos cierto el análisis, la principal objeción que le encuentro a ese discurso es que se limita a advertir, quizás dando a entender que ya existe otra realidad donde la cultura popular vendría a ser verdaderamente popular, no alienada. Si desarrollamos esta idea encontramos que esa verdad sería cierta porque así lo afirma el emisor y se verifica si el sujeto responde a su llamada, de no hacerlo, estaría alienado y dejaría de estarlo cuando responda afirmativamente. Así, el mundo queda a la espera de que alguien le salve de la ignorancia, ese alguien coincide curiosamente en que soy ‘yo’, ergo, la historia gira a mi alrededor. Este modo de enfocar la cuestión me recuerda a un cartel político de 2010, en donde aparecía un avestruz escondiendo la cabeza y arriba rezaba el eslogan, “¿todavía crees que no existe lucha de clases?” que perfectamente podría sustituirse por un ¿todavía no has visto la luz? Visto así, para qué necesitamos a la política si todo viene ya dado; es como si a un piloto le bastase con ser consciente de que existe la ley de la gravedad para saber volar un avión.

Pero, ¿existe un terreno ‘limpio’ desde donde pueda anunciarse la verdadera cultura popular? El sociólogo jamaicano Stuart Hall, ha tratado bastante esta temática concluyendo que nunca ha existido tal cosa como una cultura popular disociada de las relaciones de poder dominantes, como tampoco la industria cultural es un simple invento de laboratorio que se permite desprenderse de todo componente popular. El problema de este discurso reside en que no busca tanto intervenir en la lucha cultural (y por ende material) como dejar bien claro ‘lo que pasa realmente y lo que significa Operación Triunfo’. La existencia de una verdad pre-política que debe aplicarse al sujeto para vacunarlo contra las injerencias del imperialismo cultural. Esta pretensión idealista cree en la existencia de una fuente de conocimiento que levita por encima de las correlaciones de fuerza, de las relaciones de dominio y de las relaciones sociales, evitando preguntarse el porqué de algo cuando está convencida de que existe una verdadera cultura. La pregunta entonces sería, ¿cuál es esa experiencia no alienada? ¿la que se deriva de la existencia del proletariado? ¿pero no es su existencia la condición necesaria para exista el capital? ¿el proletariado se define por un origen, una estética, una rama productiva o unas costumbres? Cuando tomamos como propias y emancipadoras las categorías inmanentes al capital, podemos acabar haciendo un elogio de la economía política. Lo material se puede confundir con lo tangible, obviando que la ley social del valor, fundamento de la riqueza moderna, se basa en una ‘sustancia’ imaginada, es decir, en un fetiche, el de la mercancía. Se nos aparece como lo que es.

Ni existe una cultura popular limpia de influencia capitalista ni existe una cultura capitalista que pueda prescindir de los elementos populares

Así pues, lo que me resulta interesante es huir de las lecturas estancas, donde o bien se idolatra cualquier cosa si viene de un origen popular, o la otra cara de la misma moneda que achaca a la ignorancia y la manipulación cualquier expresión cultural del mismo. Ambas lecturas entienden la cultura y el poder como una cosa atomizada y no como una relación compleja en conflicto. Ni existe una cultura popular limpia de influencia capitalista – incluso en las okupas se montan fiestas con la misma música bajo el nombre de ‘fiesta hortera’-, ni existe una cultura capitalista que pueda prescindir de los elementos populares: mismas condiciones de partida pueden dar lugar a expresiones diferentes, pues no es lo mismo el rap de Public Enemy o Dead Prez que el de 50 cent.

‘Operación Triunfo’ produce una relación cultural, lo que también nos indica que podría producirse otra distinta, aunque ésta no existe escondida en ningún baúl sin abrir. Ahora bien, por la misma razón que debemos escapar de cualquier lectura esencialista, no debemos celebrar la forma existente solo porque es ‘popular’. La relación mestiza de la cultura nos recuerda la aclaración que hace el filósofo Slavoj Zizek, cuando explica que las ideas dominantes nunca son del todo las ideas de quienes dominan, porque siempre, para poder dominar y construir la hegemonía ideológica, necesitan incorporar valores y anhelos de los dominados. Ese incorporar aspiraciones para luego ‘desplazarlas’ con arreglo a un fin, es el objeto del conflicto político: ese ‘incluirse en una historia’ en la que participar y formar parte. Esa es la principal lección a extraer de ‘Operación Triunfo’, la ausencia de una historia que contar y contarnos, junto con la necesidad de construirla.

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