Los pastores religiosos han sido sustituidos por los ganaderos políticos

puritanismo
Vivimos tiempos en los que los extremosos, aquellos que no tienen término medio ni en sus acciones o ni en sus sentimientos, están gobernando. / bruno aziz (Flickr)

Mi difunto padre, de cuyo fallecimiento ya van allá más de cincuenta años -lleven cuenta del vejestorio que esto escribe y sitúen la fecha en los llamados tiempos de la ignominia franquista- fue un represaliado político que las pasó, por decirlo de un suave modo que no pueda molestar a nadie, más bien muy putas; es decir, muy prostituidas todas y cada una de sus peripecias vitales. Desde sus relaciones sociales, pasando por la familiares, cómo no, y considerando las profesionales, sin dejar de incluir las religiosas.

Publicidad

Mi hermano o yo debíamos acudir todos los años al párroco en demanda del certificado de buena conducta que las autoridades políticas le exigían a mi padre

Publicidad

Por ponerles un ejemplo, desde que en Pontevedra fue creada otra parroquia distinta de aquella a la que pertenecía mi familia ésta pasó a formar parte de la nueva, de modo que mi hermano o yo, o mi hermano y yo, debíamos acudir todos los años al párroco, allá por la primavera, supongo que coincidiendo no sé si por capricho con la Pascua Florida, en demanda del preceptivo certificado de buena conducta que las autoridades  políticas le exigían a mi padre que les fuese presentado una vez firmado por la autoridad religiosa.

Don Raúl, que así se llamaba quien pastoreaba nuestras almas, era hombre entero, hecho de una sola pieza, cabal si lo prefieren, que acostumbraba a dárnoslo, sin cobrarnos nada, conste, al tiempo que nos rogaba que en su nombre le pidiésemos perdón a nuestro padre. Don Raúl era muy alto y tenía de coadjutor a Don Benito que era bajito, flaco y sonriente. Solían caminar juntos y mi padre, cuando se cruzaba con ellos, solía exclamar: ¡Coño, la una en punto! Después se paraba a charlar con ellos. Todas las situaciones son posibles, si las partes saben propiciarlas.

Antes, cuando pertenecíamos a la parroquia antigua, aquella en la que nuestro anterior párroco, Don Teodoro, obligó a mi madre a esperar en la puerta del templo hasta que él llegase y la bendijese, para ser preceptiva y debidamente purificada por la aspersión de agua bendita, en razón de que había dado a luz se cumplían de ello ya cuarenta días; antes, les decía, era mi padre quien afrontaba el trago de ir a solicitarle su necesario certificado de buena conducta a aquel energúmeno llamado don Teodoro que pidió ser enterrado con una casulla del siglo XV y lo consiguió llegado el día.

Nuestros padres nos dieron un billete de cien pesetas para que con él le pagásemos a don Teodoro la bula anual que nos permitiese comer carne todos los viernes

Nunca supe cómo se desarrollaban aquellas entrevistas, celebradas a puerta cerrada, entre el autor de mis días y aquel clérigo integrista que, lo reconozco, nunca fue persona de mi agrado desde una vez en la que, antes de los nacimientos de mis hermanas pequeñas, nuestros padres nos dieron, a mi hermano y a mí, un billete de cien pesetas para que con él le pagásemos a don Teodoro la bula anual que nos permitiese comer carne todos los viernes del año y don Teodoro se nos quedó con la vuelta creándonos el problema de que fuésemos creídos por nuestros padres al decirles de que había sido así y no que nos la hubiésemos gastado en tonterías. Recuerdo, eso sí y perfectamente, que durante los días previos e incluso en los posteriores a la humillante entrevista, mi padre que no era en absoluto hombre de iglesia, solía andar cariacontecido y malhumorado seguro que en razón de la proximidad de ella.

El cambio de parroquia supuso una liberación para mi padre. Don Raúl le había dicho la primera vez que habló con él: “Mándeme ós rapaces, a vostede xa lle vai chegando” es decir, “envíeme a los chiquillos que usted ya tuvo bastante” y desde entonces, no dejó de ironizar sobre su circunstancia vital afirmando que era un nazareno, pero cuando lo recuerdo quiero imaginar que ya lo decía con un talante distinto al anterior.

Estoy pasando un calvario, era lo que decía mi padre, al referirse a su condición de represaliado político que con todo, digámoslo claro, no fue de las peores. Ni se exilió, ni pagó pena de cárcel, fuera de la padecida en los primeros días del llamado Alzamiento Nacional, después de que mi abuelo, su padre, lo rescatase de ella para retenerlo en casa y a salvo de los rigores de la guerra pues ya era suficiente con que el resto de sus hermanos la viviesen reclutados en el ejército de Franco.

Me pregunto qué le sucedería a ese muchacho de Jaén por manipular una imagen de Jesús de modo que su propio rostro sustituyó al imaginado por el escultor

Total y a lo que iba: mi padre solía adjudicarse la condición de Nazareno… en aquellos tiempos, sin que le pasase nada. Me pregunto qué le sucedería en los actuales visto lo visto y sucedido a ese muchacho de Jaén por andar manipulando una imagen de Jesús Nazareno de modo que su propio rostro sustituyó al imaginado por el escultor que había tallado el original.

La solicitud primera del fiscal, dos mil seiscientos euros de multa o prisión sustitutoria de ciento ochenta días, deja en enaguas -si debajo de la sotana las hubiera llevado- la siempre muy compuesta figura de aquel ministro de El Señor llamado Don Teodoro y a mí me deja muy seriamente preocupado ¿Qué es lo que va de aquellos tiempos a estos?

En la Pontevedra de después de 1959, quiere decirse una vez acontecida la triunfal entrada de Fidel Castro en La Habana, se sumó a la tertulia de ‘reticentes’ que allí solía reunirse un cubano exiliado al que Agustín Portela, ciudadano ilustre, le dijo que había salido de Guatemala para meterse en Guatapeor. El cubanito, alto, calvo y con bigote, tuvo a bien denunciarlo exponiéndolo a una pena de nueve años y un día de prisión. Celebrado el juicio, no hubo condena. La pregunta es la de que le pasaría hoy -cuando un chiste, un comentario privado, cualquier cortina de humo con la que se suele envolver la realidad ocultándola así a nuestra mirada colectiva es merecedora de condena- que le hubiera sucedido a personas que como Agustín Portela o como mi propio padre que nunca ocultó lo que pensaba y no solo no ocultaba la realidad sino que la exponía, fuesen denunciados como tantos otros lo están siendo por un quítame allá esta paja que tengo posada sobre el hombro.

No se están defendiendo aquellos tiempos, sólo faltaría que esa fuese la interpretación de algún gaznápiro -lo aclaro, de algún palurdo, simplón, torpe, que se queda embobado con cualquier cosa- sino señalando estos en los que, precisamente cualquier cosa, cualquier ocurrencia, sospecha, intuición o malestar causado por la inteligencia ajena, puede conducir a extremos como los que ya quedan señalados y aun a otros que no hará falta señalar.

Ningún partido político pelea por la ocupación del centro sino que lo hacen por alcanzar los extremos del espectro político mientras la realidad permanece velada

Vivimos tiempos en los que los extremosos, aquellos que no tienen término medio ni en sus acciones o ni en sus sentimientos, están gobernando con las suyas las voluntades colectivas en los más distintos órdenes de la realidad social. Y los extremosos generan extremismos. Ya nadie, es decir, ya ningún partido político pelea por la ocupación del centro sino que lo hacen por alcanzar los extremos del espectro político mientras la realidad permanece velada por acciones y omisiones, por humaredas y disquisiciones que entretienen al personal y lo despistan.

Mientras que hasta ahora quien portaba la voz en representación de alguien era llamado la portavoz, si era mujer, o el portavoz, si es que era hombre, a partir de hoy si es ella será la portavoza y es de suponer que, de ser él, será el portavozo …no vaya a ser que nos confundamos mientras, así y de tal modo, nos vamos divirtiendo, distrayendo de la realidad que con argucias tales está siendo velada.

¿No habrá cosas más serias que someter a cambio y revisión, temas que tratar, realidades que transformar? Es cierto que estamos hechos con palabras, que son ellas las que nos construyen y que lo hacen de tal forma que, si la realidad existe, es porque existimos nosotros, y, ella y nosotros, estamos construidos con palabras, claro que sí.

Mucho mejor que andar repitiendo la matraca de los ciudadanos y las ciudadanas, sería echar mano del diccionario y optar por referirse a la ciudadanía

Por eso por ejemplo y porque mucho mejor que andar repitiendo la matraca de los ciudadanos y las ciudadanas, sería echar mano del diccionario y optar por referirse a la ciudadanía antes de que a algún otro estólido se le ocurra decir el ciudadanío a fin de no dejar desprotegido a nadie del amistoso concurso de nuestros amados líderes políticos tan preocupados siempre de nuestro bienestar espiritual ya que no tanto del físico y así nos se nos vaya velando la realidad en la que vivimos.

Nuestra sociedad se está yendo por los cerros de Úbeda, la convivencia está siendo deteriorada día a día, llevada que está de la mano de un puritanismo, estúpido y pacato, propia del beaterio político de unas izquierdas y derechas extremosas y extremadas a las que ni nada ni nadie parece querer o poder ponerles freno.

Lo peor es que si es cierto que nosotros y la sociedad que formamos nos construimos con palabras no debe resultar falso que también con ellas podamos destruirnos. Habrá que esperar y ver, pero ese es el camino que hemos emprendido mientras los pastores religiosos han sido sustituidos por los ganaderos políticos singularmente secundados, en algunas más oportunidades de las esperables, por las autoridades jurídicas, ya saben que, en resumen, y por decirlo pronto somos ganado al fin y al cabo…