Populismo, educación posmoderna e integración social

Wolgang Streeck en un momento de la conferencia que ofreció en el Centro de Estudios de Europa
Wolgang Streeck en un momento de la conferencia que ofreció en la Universidad de Boston, el 4 de abril de 2017. / Centro de Estudios para Europa (Flickr)

Pocos textos permiten hacerse una composición de lugar tan ajustada sobre nuestra situación actual como la intervención de Wolfgang Streeck titulada El capitalismo: su muerte y vida de ultratumba. En ella aventura un marco conceptual con el que interpretar el ‘interregno’ presente: a su juicio, estaríamos asistiendo a una «descomposición a escala macro, que privaría a los individuos a escala micro de estructuración institucional y de apoyo colectivo, desplazando la carga de ordenar la vida social, de dotarla de un mínimo de seguridad y estabilidad, a los propios individuos y a los dispositivos sociales que puedan crear por sí mismos».

«La arquitectura de las democracias constitucionales postdictatoriales ha sido vencida por el empuje de la globalización económica»

Abundan los indicios de la desintegración institucional que padecemos. La arquitectura de las democracias constitucionales postdictatoriales ha sido vencida por el empuje de la globalización económica. Los mercados, de estar inscritos en una trama regulativa de ámbito estatal, han pasado a colocar a los mismos Estados en su interior, imponiéndoles sus reglas. El marco jurídico e institucional que disciplinaba las relaciones de trabajo ha sido demolido y remplazado por el imperio creciente del poder privado empresarial. La propia base social que sustentaba la institucionalidad democrática ha decrecido exponencialmente, pero de forma ‘asimétrica’: una aplastante mayoría de los que han dejado de participar en procesos electorales procede de los sectores económicamente más vulnerables, justo aquellos más necesitados de una ‘democracia igualitaria’.

Ante este panorama, «la integración social en la resignación colectiva» se alzaría «como último pilar en pie del orden capitalista». Desprovistos de instituciones redistributivas y garantistas sólidas, sustituida la organización partidaria y sindical por exabruptos multitudinarios intermitentes, a los individuos solo les cabe salvarse a sí mismos con sus solas fuerzas. Colocado en este escenario, y con todo el acierto, pone Streeck el foco sobre nuevos dispositivos de disciplina psicosocial encaminados a «proporcionar una apariencia de integración social y legitimidad».

«Cuanta más resiliencia logran desarrollar los individuos en el ámbito micro de su vida cotidiana, menor es la demanda de acciones colectivas a escala macro»

Uno de ellos, cada vez más extendido, es el cultivo de la ‘resiliencia’, alternativa narcótica a la resistencia consistente en adaptaciones progresivas a entornos hostiles. «Cuanta más resiliencia logran desarrollar los individuos en el ámbito micro de su vida cotidiana, menor es la demanda de acciones colectivas a escala macro». A estas vías de adecuación de la subjetividad a un contexto deshumanizador acompañarían además otras formas de encarar la precariedad y la incertidumbre, reveladoras esta vez de una huida por dificultad de adaptación, como ocurre con el presente rebrote de la adicción a la heroína con su trágico reguero de víctimas.

Combinar estas dos tendencias, la ‘desinstitucionalización’ de las sociedades con la promoción de mecanismos individualistas de integración, alumbra no solo los análisis sobre la dinámica social global. También permite esclarecer el último desarrollo de algunos de sus campos principales. En el de la política, por ejemplo, permite explicar con claridad el incontestable ‘momento populista’ que atraviesa el mundo occidental, como Italia se ha encargado de volver a recordar.

«Si la necesidad de que el pueblo intervenga a través de instituciones no se acompaña de una intensa impugnación de las existentes solo alimentaría los actuales derroteros de redistribución oligárquica»

Debilitadas, pervertidas o privatizadas las instituciones representativas e igualadoras, se torna comprensible el intento de organizar la política más allá de ellas, en un entorno simbólicamente protector sea por la reaparición de la masa, por el uso de retóricas nacionalistas o por la denodada entrega del líder. Tratar de compensar esta deriva de impredecibles consecuencias apelando al republicanismo, esto es, a la necesidad de que el pueblo intervenga a través de instituciones cualificadas, encierra un gesto honroso, pero quizá ingenuo. Si no se acompaña de un exigente y meditado programa de reformas de las propias instituciones, es decir, de una intensa impugnación de las existentes con la consiguiente reivindicación de su cambio sustancial, solo se alimentarían los actuales derroteros de redistribución oligárquica, corrupción endémica y privatización de los poderes públicos.

Otro de los campos en los que el marco interpretativo de Streeck rinde provecho heurístico es el educativo. El abrazo entusiasta con que han acogido los círculos izquierdistas el experimentalismo pedagógico promovido por grandes fundaciones, corporaciones mediáticas y demás órganos del capital pasará a los anales de las grandes estafas debidas a la ingenuidad acrítica de los estafados.

«Las nuevas propuestas educativas coinciden en la devaluación de la exigencia en los capítulos centrales de lectura comprensiva, ortografía, sintaxis o cálculo»

He de confesar que si la procedencia de la propaganda en favor de las nuevas propuestas educativas despertaba en mí una profunda sospecha, no alcanzaba sin embargo a detectar el mal que anida en ellas más allá de lo evidente: que todas coinciden en la devaluación de la exigencia en los capítulos centrales de lectura comprensiva, ortografía, sintaxis o cálculo y en un cultivo compensatorio de virtudes hasta ahora laterales en el ámbito escolar como la creatividad, la invención, la innovación o el entusiasmo.

El ángulo de visión sugerido por Streeck da una respuesta plausible a tal perplejidad. El fondo de estas proposiciones, que, postergando instrumentos como el de la memoria, ponen el acento en la capacidad de adaptación del niño y en su facultad de resolución de problemas prácticos, no solo resulta ‘contra-cultural’ por inhabilitar para la comprensión teórica de la complejidad circundante. Esa sería solo su dimensión negativa, la más obvia de todas.

Su flanco positivo reside en promover las aptitudes necesarias para acomodarse y sobrevivir individualmente en un entorno infrainstitucionalizado, hipercompetitivo y hostil. De constituir un recurso emancipatorio, capaz de revelar al hombre que el mundo sociopolítico y cultural que lo rodea es obra de la acción consorciada de los individuos, y por eso esencialmente histórico, contingente y mudable, la educación pasa a erigirse con estas nuevas finalidades en un instrumento ratificador de lo existente, que ha de aparecer ante los sujetos como una objetividad inmodificable a la que deben amoldarse con alegría si quieren prosperar.

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