Queridos colegas del PSOE

  • El autor analiza las políticas del gobierno del PSOE diseñadas por Iván Redondo

Estimados militantes socialistas: ya no os convocan. Desde que Iván Redondo, el gurú de la Moncloa, orienta al partido, nadie os pide opinión, no os llaman a primarias, ni cerradas ni abiertas. Ya ni se reúne el Comité Federal, “máximo órgano entre congresos”, salvo para hacer bulto y aplaudir a Pedro Sánchez en un acto-mitin. Para qué os van a consultar cuando el partido ya cuenta con un “Gabinete Caligari” acampado en Moncloa para cocinar en cada ocasión vuestra línea política. Estos meses me reafirman en lo que escribí en Cuartopoder.es hace tiempo: “Un gurú guía al PSOE”.

Impresiona constatar que no os incomode que este grupo de traders, vendedores de no importa qué, conviertan cada día a un presidente de gobierno socialista en alguien capaz de decir una cosa y su contraria en “horas veinticuatro”. No hay propuesta solemne de Sánchez que no tenga su contraste con declaraciones anteriores contradictorias. Sea sobre rebelión, sí o no, o sobre el reparto del poder judicial. Son tantas que la defensa de la palabra del presidente ya no merece esfuerzos ni para la vicepresidenta Carmen Calvo, que también aporta lo suyo.

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No hay fervor de tribu que supere tal falta de credibilidad en un líder. El problema es que ante tanto zigzagueo la gente se pregunta si Sánchez sabe lo que quiere. Y negar la evidencia, siguiendo las orientaciones del gurú, aún empeoran el crédito del partido. Como denunciaba el Nobel Robert Shiller en La Economía de la manipulación, estas cosas pasan si los partidos dependen de quienes confunden publicidad comercial y acción política, de los que lo mismo hacen un trabajo publicitario para vender “posiblemente, la mejor cerveza del mundo”, una campaña municipal racista en Badalona o un paquete de argumentarios para convertir el agua en vino cada día. Y la izquierda necesaria no se sostiene con ideas que se cambian en minutos, y menos si se disponen a aguantar dos años “pelando la pava”.

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Recuerdo cómo, siendo candidato en las elecciones municipales de Benavente, un joven camarero del barrio de San Isidro me espetó: “¿Usted cree que con el PSOE mis hijos tendrán las mismas oportunidades que los hijos de los ricos?”. En la respuesta a esa cuestión está el ser o no ser de la izquierda. Y ahí no valen salidas de retóricos de ocasión, de charlatanes de mercados publicitarios, ni de soldados de fortuna que tanto abundan en la política española. En los tiempos de confusión que hoy vive la izquierda, no conozco a nadie que haya definido mejor sus valores que Michael Sandel (Lo que el dinero no puede comprar, 2013), premio Princesa de Asturias de este año. Para él, una política de izquierda útil debe ser capaz de establecer una separación radical entre bienes que proporciona el mercado y bienes públicos que debe garantizar el Estado, y de hacer sostenible ese modelo de sociedad inclusiva. Sandel exige a las izquierdas la inteligencia necesaria para evitar lo que una globalización mal gestionada está provocando, que la economía de mercado se transforme en una sociedad de mercado, que todo, todo, dependa de tu capacidad de compra. Eso es lo que temía el camarero de Benavente, que todo siguiera igual, que siempre perdieran los mismos.

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La buena izquierda no comercia con la ideología. Lo que le toca, siguiendo a Sandel, es construir unos buenos muros que separen mercado y sociedad, en lo que se esfuerza es en poner al mercado en su sitio y al Estado en disposición de garantizar lo que no puede depender del patrimonio familiar, desde la atención sanitaria a la igualdad de oportunidades en la enseñanza universitaria, incluidos los encarecidos másteres. Crecimiento sí, pero inclusivo. Y no es fácil la respuesta, ni se resuelve por decreto. Aún hay sociedades que mantienen en píe esa aspiración, de Canadá a los países escandinavos y, con dificultades, es ahí donde resisten los partidos socialdemócratas.

Si me pregunto, queridos colegas socialistas, qué fuerzas políticas en España serían hoy capaces de construir esos muros, cuáles lo intentan, honradamente debo responder que no lo sé, que no veo que quienes dirigen hoy el Partido Socialista estén en esa labor. He oído con frecuencia decir que el modelo es Portugal, pero me pregunto en qué se parece la política económica muy seria que pilota el excelente ministro Mario Centeno y las idas y venidas del “bloque de la moción de censura”. El ministro portugués, para poder implementar políticas de cohesión social, paso a paso, ha presentado unas cuentas con un déficit para 2019 del 0,2% y una reducción de la deuda de diez puntos de PIB. Ese es su Decreto Dignidad, el buen trabajo para avanzar en políticas de cohesión social sostenibles, con excelentes datos en creación de empleo indefinido. Como en Dinamarca, donde un envidiable sistema educativo y unas sólidas políticas activas de empleo, más una economía saneada, permiten que los parados se recoloquen en tiempo récord y no pierdan poder adquisitivo en los nuevos empleos. Qué lejos de las ocurrencias diarias que salen de la cocina del Gabinete Caligari de Moncloa.

Y parece que así estaremos dos años, con un plan electoral que consiste en transmitir esta idea: el PSOE gobernará si suma mayoría con UnidosPodemos y los partidos soberanistas. ¿Es buena idea? Me temo que el procés puede noquear a la izquierda española para una larga temporada, y, si es así, habrá que ver qué hacen millones de electores en busca de autor. ¿Creéis que un partido como el vuestro puede ir a unas elecciones sin una idea clara de España? ¿Podría Susana Díaz ganar las elecciones en Andalucía si se mostrara dialogante con Torra? ¿De qué España habla Sánchez, cuando dice España?

No sé en vuestro caso, pero yo no puedo estar más lejos de lo que dicen y hacen los socialistas de Baleares, Navarra, Cataluña, y todos los que han llegado a la conclusión de que para gobernar tienen que hacerlo aliados con soberanistas, y terminan identificándose con ellos. Cómo no alejarse de un partido que en el País Vasco se alía con un PNV a cambio de Direcciones Generales, mientras Urkullu negocia un agresivo Estatuto soberanista con Bildu. Todos estos “compañeros socialistas” se identifican con el concepto de una España plurinacional que si tiene algún significado supone fraccionar la soberanía que reside indivisiblemente en el pueblo español. Ante esto no hay medias tintas, y como en el verso de Gabriel Celaya: “!Basta de Historia y de cuentos!”.

En vuestro lugar, yo no me fiaría de los resultados de dos años de conferencias del presidente cocinadas por el gurú de la Moncloa, sean sobre la educación o sobre el cambio climático. Y mucho menos de los espejismos del CIS de Tezanos, que ya os confundió en 2015. En fin, se verá, colegas.