IVÁN REGUERA | Publicado: - Actualizado: 9/1/2017 11:24

Cartel_Macbeth
Detalle del cartel de la película dirigida por Justin Kurzel.

Macbeth, una interesante reflexión sobre la degradación del hombre al acceder al poder, no ha tenido demasiada suerte en el cine. La primera adaptación a la gran pantalla fue aquel disparate aburridísimo filmado por Orson Welles, el director más sobrevalorado de la historia del cine. Su Macbeth es teatral y verbal y en cuanto a cine poquito. Ya defenestrado por Hollywood, tuvo que rodarla en solo 23 días y con un paupérrimo presupuesto de 75.000 dólares y bajo el auspicio de la productora Republic, especializada en películas de muy bajo presupuesto.   

El Macbeth de Welles, donde él interpreta al rey pirado, canta a decorados que te mueres (se rodó en decorados preexistentes). Además está plagado de efectos especiales de una artesanía sonrojante, saturado de barrocas angulaciones de cámara, un uso expresionista y exhibicionista de la luz y un abuso de primerísimos planos que acaba agotando al igual que su guión, demasiado fiel al texto. Soberanamente aburrida.    

La más decente adaptación de Macbeth hasta la fecha es Trono de sangre, de Kurosawa, talentosísimo director que tuvo la estupenda ocurrencia de trasladar la obra al Japón feudal del siglo XVI con un rey llamado Washizu y que fue interpretado por Toshiro Mifune, actor fetiche del director.

A diferencia de la fallida adaptación de Welles, en Trono de sangre Kurosawa abre más el plano y basa su fabulosa puesta en escena en planos generales en los que la cámara se mueve poco. Tiene escenas deslumbrantes, pero es un film que también me acaba aburriendo. No se si la culpa será de la planificación de Kurosawa, de los exagerados actores japoneses, de Shakespeare o únicamente mía. Lo siento.

A principios de los setenta, Roman Polanski, que todavía se recuperaba de la tragedia del bestial asesinato de su esposa a manos de los sicarios de Charles Manson, consiguió que el imperio Playboy le financiara la adaptación de la obra.

El rodaje, que tuvo que ser alargado con el consiguiente desfase en su presupuesto, fue un infierno y su recibimiento en taquilla y en las páginas de la prensa especializada muy frío, algo que cabreó mucho al pequeño Polanski, que años más tarde reconoció su cúmulo de malas decisiones.

El Macbeth del director de Chinatown es más sangriento que sus antecesores. Donde Kurosawa sugería, él mostró sin pudor. Y como todo film del gran director polaco, el final es amargo y su conclusión oscura: la violencia salvaje en pos del poder es parte consustancial del ser humano.

Ya en los ochenta, ese plasta húngaro llamado Béla Tarr adaptó Macbeth para televisión. Su bodrio está rodado solo con dos planos: uno de 5 minutos y otro de ¡67! Para colmo, toda la obra se desarrolla en un único escenario: las ruinas de un gran castillo. Bodrio inconmensurable.   

Y ahora nos llega, con el apadrinamiento de los poderosos hermanitos Weinstein, que más que apostar por un cine diferente lo que les pone cachondos es coleccionar premios, la versión del australiano Justin Kurzel, una adaptación que apuesta, como la de Polanki, por grandes y espectaculares exteriores en tierras escocesas.  

El film arranca con una batalla muy bien rodada y en la que destaca una estupenda planificación y el uso de las cámaras lentas. Michael Fassbender está fantástico como Macbeth, al igual que la Cotillard como Lady Macbeth, pero el film se acaba desdibujando y termina siendo tedioso.

El film busca ser siempre impactante visualmente, pero se pasa de frenada. Es todo forma y poco fondo. El tramo final, con el gran duelo, está rodado entre el fuego de un bosque en llamas y con un exagerado filtro anaranjado más cercano al mundo publicitario que al cinematográfico. Y todo ello aderezado con un montaje demasiado ordinario y una banda sonora machacante y muy poco lograda.         

En fin: otro Macbeth fallido. Y van…

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