Eduard Fernández: “Ante el ‘pequeño Nicolás’, Paesa soltaría una carcajada”

El actor Eduard Fernández, tras recibir la Concha de Plata a "Mejor actor" por su trabajo en "El hombre de las mil caras", durante la jornada de clausura del 64 Festival de Cine de San Sebastián el pasado 24 de septiembre. / Juan Herrero (Efe)
El actor Eduard Fernández, tras recibir la Concha de Plata a "Mejor actor" por su trabajo en "El hombre de las mil caras", durante la jornada de clausura del 64 Festival de Cine de San Sebastián el pasado 24 de septiembre. / Juan Herrero (Efe)

Eduard Fernández acaba de ganar la Concha de Plata al Mejor actor en el Festival de San Sebastián, uno de los premios más importantes al que un actor puede aspirar. Fernández no da para galán ni para héroe de acción, pero ni falta que le hace. Una de sus marcas de la casa es su ira contenida. Eso lo ha bordado siempre. Es un hombre pequeño con una mala hostia dentro de dejarte helado. Por eso Francisco Paesa era perfecto para él. Pocos personajes hay tan contenidos como este espía que vivió aventuras entre John le Carré y Mortadelo y Filemón. Marca España.

Fernández, que tiene ya dos premios Goya (de nueve nominaciones), empezó en las calles como mimo y payaso y nunca lo tuvo fácil. Sufrió en castings madrileños en los que los trataban fatal y encima se tenía que pagar el bus de su propio bolsillo cuando no tenía un duro. La mujer que lo cambió todo fue Sara Bilbatua, directora de casting. Tras sorprender en Los lobos de Washington, Fernández ha trabajado, entre otros, con Pedro Almodóvar, Alejando González Iñárritu, Bigas Luna, Mariano Barroso y Cesc Gay, quizás el director que más le ha entendido y con el que mejores resultados ha logrado.

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Su vida personal no pasa por un gran momento. Tras un cuarto de siglo casado, su matrimonio se ha ido a pique y ha tenido que enfrentarse, en su madurez, a la soledad. Ha dicho que lo ha hecho todo con psiquiatras, amigos y lágrimas. Tiene una hija veinteañera, que se llama Greta. También es actriz y, cuando vio que volvía a ganar el PP en España, le preguntó qué coño había pasado. Él no supo qué contestar.

— Francisco Paesa, protagonista de El hombre de las mil caras, se metía donde no se quería meter nadie. ¿Es lo primero que te seduce del personaje? 

— Me proponen el personaje y hago un casting. Me pongo a investigar y veo que hay poca cosa de Paesa como persona. Es un tipo muy oculto. Paesa es una gran máscara, es un ilusionista. Alguien siempre oculto, detrás. El reto primero era hacerlo creíble o lograr cierta empatía con el espectador ante esta persona. Había que humanizar esa máscara, ese era el objetivo. Entonces cogí una frase suya. Él decía que sus padres no le habían enseñado a usar la pala de pescado. Esa frase, ese complejo de clase, es la clave. Paesa quería ocupar un lugar en el mundo. Me parece muy bonito, quiere que los demás le reconozcan ese lugar en el mundo y que le den uno importante, por eso se retaba con lo más grande. Si él jugaba al ajedrez, jugaba contra Kaspárov. Y a la vez había que humanizarlo. Alguien que tiene un don tan grande y esa creatividad... Paesa era realmente creativo. He leído en Vanity Fair una frase suya que dice, más o menos: “Para entender mi historia, hay que tener una gran vida interior y mucha imaginación”. Creo que está diciendo que él no vive el presente, es como si viviera en un mundo imaginario. Es un gran inventor, se inventó una vida y un mundo, una realidad. Y a base de inventarse, los otros se lo creen y por eso vende las magdalenas que a él le da la gana. Al gobierno español y a quien haga falta. Por eso me pareció un gran personaje y, como actor, un gran reto. Muy atractivo. Y a le vez pensé: para humanizarlo tiene que haber algún quiebro.

— En ese sentido, siempre te he visto como un actor que reprime muy bien la ira, aunque me encanta cuando la sueltas, me lo paso bomba. En este caso no hay manera de ver esa ira, la esperas y no la encuentras. Estás muy contenido...

— Eso es, aquí hay una bestia, pero el picotazo final lo hace muy sibilino, muy fino y todo es muy mental. Uno de los retos de este personaje es que es muy mental. Y la explosión la hace en sus actos, con los datos, la información...

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De derecha a izquierda: Eduard Fernández, Marta Etura, Alberto Rodríguez, director "El hombre de las mil caras", José Coronado, Alba Galocha y Carlos Santos, en San Sebastián. /Javier Etxezarreta (Efe)

— ¿Cómo definirías, a grandes rasgos, el personaje de Paesa? Cuando salí del cine me quedé con ese traje cruzado, esos movimientos, ese cuadro que descuelga de la pared de su gran casa... Y muestras muy bien su debilidad, se ve la pequeñez del personaje en ese gesto, en ese cuadro que no sabes si es falso o no... 

— Con Paesa pasa eso, que nunca sabes qué es verdad y qué es mentira. Él decía: “Todo lo que acabo de decir hasta hora es estrictamente real. O no”. Esto me recuerda mucho a un expresidente del Gobierno que igual lo vuelve a ser. Mariano Rajoy decía: “Todo lo que han dicho sobre el PP es falso, salvo algunas cosas”. Y ahí estamos...

— Paesa engaña, seduce, camela, roba, se relaciona con gobiernos, delincuentes, proscritos... Hace de todo, pero de forma impasible.

— Eso era muy difícil de interpretar.

— Supongo que es algo muy duro para un actor.

— Claro, es tan impasible... Y a la vez con el cerebro activo, no para... Cuando habla con Roldán y le dice una serie de cosas, no sabes si lo que dice es verdad, es mentira... No sabes si tiene cierta empatía, si le quiere o no, si sólo es puro interés... No sabes nunca nada. Pero el actor tiene que decidir. Cuando Paesa va a su casa y le dice a su esposa: “Ya está, se acabo, de verdad, te lo juro, me quedo aquí para siempre”... yo creo que dice la verdad. Pero a la media hora se va para siempre. Y no vuelve más y le manda unas flores para que piense que está muerto.

— Has dicho que un tipo como Paesa te parece un personaje “admirable”. Y algunos se han sorprendido al escucharlo.

"Paesa no tiene nada que ver
con mi ética ni
mi moral, pero
produce un magnetismo bestial"

— Es que en algunos sentidos es admirable. No tiene nada que ver con mi ética ni mi moral, pero en algún sentido tiene cierta grandeza, es admirable. Aunque quizás “admirable” no sea la palabra adecuada. Paesa lo que produce es un magnetismo bestial.

— Ahora que sabemos que sigue vivo y ha salido en Vanity Fair, ¿te hubiese gustado tomarte un copazo con él?

—Un cafetito, en una terraza, solos, en invierno, los dos con abrigo. Y hablaríamos de otras cosas, porque si le pregunto algo sé que no hay nada que hacer. La única pregunta que le haría es una pregunta sobre algo que conozco para saber si me miente o no. Y para ver cómo lo hace.

— Gran juego para un actor.

— Sí.

— ¿Cómo ves la relación entre Paesa y Camoes? Me parece muy curiosa. Y muy cinematográfica, como de cine clásico.

— Es evidente que la relación empieza por el interés de Paesa. Camoes es piloto, de buena familia, de alta alcurnia, tiene algún vicio, lo cual no está mal... Y a base del roce, del interés... Pero Camoes era también un jugador. Se produce cierta empatía de Camoes con Paesa, lo que pasa es que Paesa es un personaje dispuesto a desaparecer para siempre, a no volver a ver a su mujer, a borrar para siempre todos los paisajes de su memoria. Y eso es muy fuerte, es muy bestia. Por eso las relaciones con Paesa siempre son relativas o pueden tener fecha de caducidad.

— Me ha sorprendido mucho que alguien con tu trayectoria haya hecho una prueba para esta película.

— Sí, hice una prueba.

— ¿Todavía haces pruebas?

— No, alguna vez. Con Iñárritu hice una también. Hago pocas. Pero a veces el director tiene derecho a verte. Depende de la producción, del director y del volumen del personaje. Si el personaje es uno menor, no hago prueba.

— Alberto Rodríguez, director de El hombre de las mil caras, me comentó que le sedujo el proyecto porque al leer el libro en el que se basa la película se dio cuenta de que las golferías sobre las que estaba leyendo podían aparecer hoy mismo en un informativo.

— Los trajes cambian, la estética cambia...

— ¿Y la golfería?

— Mira el 'pequeño Nicolás', que pretendía ser un Paesa. Aunque ante el 'pequeño Nicolás', Paesa soltaría una carcajada. Y no sé si Paesa quisiera gastar tanta energía en ese señor, también te lo digo. Le pudo la vanidad a ese chaval. Cuando me dicen “habrá muchos Paesas ahora”, digo: "cuidado, que Paesa es brillante". En todo caso, sigue habiendo corrupción, lo sabemos. Lo que pasa es que la corrupción no se penaliza, incluso parece que puntúa. Esa es la noticia más grave. Lo grave es que la gente diga: “En el fondo, todos haríamos lo mismo”. Cuidado, que hay mucha gente honesta. Lo de “todos haríamos lo mismo” lo dice la gente en plan gracioso y eso no tiene ninguna gracia. Debería ser punible, deberían pagar con todas las consecuencias.