La Expo de Shanghai es un cuento chino

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Acabo de regresar de China. Para ser exacta, volví el lunes pasado. Quería escribir una miniserie de posts sobre mi experiencia allí, porque va a ser el próximo imperio y no viene mal conocerlo y darlo a conocer, pero todos estos días no sabía por dónde empezar. China es inabarcable y, para mí, inabarcada: he estado en Beijing, Xian y Shanghai, o sea, he visto cómo viven sesenta de los 1.400 millones de chinos. Las cifras son aproximadas, porque ni los propios chinos saben exactamente cuántos son. De hecho, en estos momentos están elaborando un censo y se pueden leer carteles por las calles animando a la gente a colaborar. El argumento oficial para persuadir a la población incide en la necesidad de construir ciudades más “armoniosas”, un adjetivo muy oriental.

La sensación de que debía suplir mi ignorancia sobre los 1.340 millones de chinos restantes con algunas lecturas, además de un jet-lag que me ha tenido tres madrugadas despertándome a las cuatro y media, hacían que no terminara de sentarme a escribir. Ayer, al fin, oí en las noticias que el presidente del Gobierno español visitaba hoy la Exposición Universal de Shanghai, y encontré el cabo por el que comenzar a desenredar aquella madeja.

El pabellón de España en la Expo de Shanghai. (Javier Vaquero)

La Expo es una engañifa. Pero en eso no difiere mucho de otras. Yo sólo he visto dos: la de Sevilla y ésta. Y concluyo que todas son iguales: haces una cola de tres horas bajo un calor asfixiante para ver un vídeo promocional del país correspondiente. Eso es todo. Cuando algún mandatario visita la Expo va al pabellón de su país, como hice yo, más que nada porque los españoles podíamos eludir la cola. Y todos salen siempre pronunciando grandes elogios, lo cual sólo se explica por una razón: aspiran a que su país organice una expo algún día y no quieren revelar la verdad.

La verdad es que las exposiciones universales son una estafa. Cuando empezaron a organizarse, a mediados del siglo XIX, tenían sentido porque la gente no viajaba. Ir a la de 1889 en París, para ver la Torre Eifel y admirar curiosidades etnográficas fruto del expolio colonial, podía suscitar cierto interés. Resultaba una forma fácil de contemplar objetos de países a los que uno nunca viajaría, de conocer sus costumbres y degustar su gastronomía. Pero hoy en día, cuando uno tiene en su barrio vuelos low cost así como restaurantes de todo el mundo, y El Corte Inglés organiza la semana India para que compremos saris, ¿por qué tomarse la molestia de ir tan lejos? Respuesta: para sufrir calor, empujones y lipotimias. Si en cualquier calle de una ciudad China se puede ver a una multitud braceando para abrirse paso, las avenidas de la Expo son una muchedumbre rodeada de una masa, flanqueada por hordas y envuelta en multitudes. En mi caso, una planicie de sombrillas como la que se ve en la foto es justo el tipo de paisaje que me incita a salir corriendo. Pero ahí estoy, abajo a la izquierda, totalmente integrada.

Una de las avenidas de la Expo, repleta de visitantes. (J. V.)

Las esperas ante el pabellón de España eran muy largas, de eso doy fe. Los pobres chinos, haciendo una de esas colas de ida y vuelta como las de los aeropuertos, se aglomeraban bien abigarrados bajo una techumbre que de vez en cuando irrigaba vapor de agua para refrescarlos. Cada vez que se encendía el sistema, se oía su ruido siseante y se veían las gotitas de agua caer sobre sus cabezas, en ese preciso instante, parecía que alguien había decidido por fin empezar a fumigar a tanto chino.

Pues bien, después de aguardar varias horas de sol, calor y fumigación, ¿qué encuentran de España? Lo mismo que va a encontrar hoy Zapatero: un vídeo muy bonito, bien hecho, que canta las excelencias patrias, a saber: el flamenco, los toros, los caballos, los Sanfermines y poco más. Menos mal que hay una alusión a Picasso y el Guernica. España se ha esforzado para representar en la Expo todos los tópicos sobre España, lo cual resulta irritante para quienes estamos hartos de ser tomados por bailaoras cada vez que salimos al extranjero. Supongo que compensar el exceso de lugarcomunismo fue la idea de Isabel Coixet cuando armó ese bebé robotizado gigante que pasa por ser el principal atractivo del pabellón español. Por eso lo hizo rubio, lechoso y de ojos azules. ¿Que qué representa? Ni idea. No se entiende ni te lo explican.

Bebé robotizado, obra de Isabel Coixet. (J. V.)

Lo más original del pabellón español es su diseño arquitectónico, conformado por olas de mimbre que le dan un carácter orgánico. Al menos rompe con la monótona apariencia geométrica de casi todos los pabellones. En todo caso, la Expo es lo peor de Shanghai. Mañana os contaré por qué es una ciudad fascinante.

7 Comments
  1. Mik says

    He mirado hoy 30 de agosto por curiosidad la entrada en la Wikipedia de Irene Lozano, y dice que:

    «Ha colaborado en obras colectivas como el Diccionario biográfico español, de la Academia de la Historia, y el Diccionario biobibliográfico de bob esponja de 1939, de la Universidad Autónoma de fondo de bikini.»

    Me imagino que habrá sido algún «gracioso» de esos que suele hacer este tipo de «asaltos» a la Wikipedia y supongo que los responsables de esa página lo cambiarán pronto, pero bueno, entiendo que debía informar de esto a la Sra. Lozano.

    Saludos

  2. Irene Lozano says

    Muchas gracias por el aviso, Mik.

  3. IGNACIO says

    Efectivamente, las exposiciones unviersales se han convertido en una forma de promoción muy artificial. La última EXPO española, la de Zaragoza de 2010, ha tenido algunos efectos positivos en las infraestructuras de la ciudad, pero ha sido un desastre desde el punto de vista de la promoción exterior, los costes se han disparado, se han promocionado proyectos disparatados y fracasados, como el de la navegación turística por el Ebro, y ahora se dispone de una parque empresarial vacío, al que nadie quiere ir, y que va a tener que ocupar la administración.
    Un dato curioso es que se dijo que se habían alcanzado 5.5 millones de visitas. El obetivo era de 6 millones. Sin embargo, la auditoría del Tribunal de Cuentas a la sociedad EXPOAGUA reduce el número de visitantes a 4,5 millones. Y como siempre, nadie dimite.

  4. RAP says

    ¿Qué mezcolanza verdad Irene? Qué aterradora mezcolanza para un país que yo pensaba que estaba ya decidido a huir de los tópicos folclóricos-taurinos. Claro que hace tres años me encontré en un escaparate de una agencia de viajes en Suiza un hermoso cartel promocional de Turespaña que decía: «España: siesta y fiesta», y unas bonitas fotos de playas y discotecas.

    Este año parece que el logo de Turespaña dice: «Yo necesito España»; en un muy correcto inglés. Muy en la sintonía del bebé de Sanghai y los toros y las sevillanas.

    Qué país éste.

  5. Cris says

    Después de asistir y participar en la Expo de Sevilla, estoy de acuerdo contigo. Y añadiría que las exposiciones universales se han convertido en parques temáticos, llenos de tópicos aunque también, en algunos casos, de buena arquitectura. En Sevilla tuvimos la suerte de contar con el pabellón de Japón, éfimero desgraciadamente, diseñado por Tadao Ando. En Shangai, la arquitecta Benedetta Taglibue, ha unido tradicíón y modernidad en un espacio topológico, que a diferencia de los euclidianos, están hechos para recorrer, tocar y sentir. Creo que ahí reside el acierto.

  6. Hacersericosiempreesacostadeotros says

    Lo peor no es solo las expos de turno si no los millones de imbéciles que creen perderse algo si no van a hacer colas kilométricas para ver pabellones fantasmagóricos. Como dice que el capitalismo llama «tener un experiencia vital» el llevar a tus hijos a Disneylandia, pero para los mayores reserva las Exposchorradas.

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