No son amarillos

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Mi hijo nunca ha pensado que los chinos son amarillos, entre otras cosas, porque ha tenido una compañera de clase de esa nacionalidad, baja a comprar a sus tiendas y los ve en los restaurantes. Los de mi generación, sin embargo, no disfrutamos de ese privilegio. En el colegio me enseñaron que había tres razas: la blanca, la negra y la amarilla. Por eso en clase de dibujo, cuando pintaba un chino le coloreaba la piel como a los limones. Puesto que mis maestras nunca me corrigieron, tenía motivos para sospechar que realmente eran amarillos, amarillentos o, al menos, de ese amarillo verdoso que cogen los enfermos de cirrosis. Estos días he confirmado que ni uno de ellos es siquiera beige. Son absolutamente blancos.

Corren un serio riesgo, no obstante, de ir tiznándose como del color del hollín, porque la contaminación en China resulta preocupante. Los gases de los millones de coches que circulan por las ciudades -inmersos en atascos durante horas, sobre todo en Beijing- parecen estar a punto de licuarse y chorrear sobre la piel de la gente hasta teñirla. Lo noté nada más bajar del avión. Los pulmones te avisan enseguida cuando el aire espeso de la humedad es además de color gris. Al principio, miraba hacia arriba y me parecía estar viendo un día nublado, pero en seguida me di cuenta de que allí resplandece un cielo de plomo antes del cielo. El ambiente resulta extrañamente opresivo, porque todo está gris, pero hace sol, como se percibe en la foto.

Durante los diez días que ha durado mi periplo chino, sólo he visto el cielo azul un par de ellos, en Shanghai. Y nos aseguraron que debíamos agradecérselo a la lluvia del día anterior. En China los coches ensucian y la naturaleza limpia. Por el momento. Cualquier día se agostarán los árboles y los chinos cobrarán definitivamente color de hollín.

Al poco de regresar a España, dieron en el Telediario la noticia de un atasco en una de las carreteras de Shanghai que había durado una semana. Sí, sí, una semana. Los chinos de los alrededores encontraron la ocasión de dar cauce a su afán comercial y salieron a la autovía a venderles víveres y bebidas a los conductores. Supongo que tras este atasco descomunal, el cielo de Shanghai vuelve a ser gris. Hasta que llueva otra vez.

Lo triste es contemplar cómo el crecimiento económico -y el enriquecimiento que lleva aparejado para algunos- anula la imaginación. Un amigo que visitó Beijing en los años ochenta –cuando aún era Pekín- me contó que su recuerdo más vivo es el sonido del pedaleo de las bicicletas, un leve grillar que se extendía por toda la ciudad. El visitante de hoy no puede escuchar nada parecido: aunque han conservado bastantes carriles-bici, sólo se oyen cientos de miles de motores, con su ruido ensordecedor y sus cláxones. Es una lástima que China no haya aprovechado su retraso para conservar costumbres como ésa y alumbrar, creativamente, un desarrollo distinto, más ecológico que el occidental. La bici es ya sólo en China el transporte de los pobres, que pedalean fatigosos bajo el cielo de plomo creado por los coches.

1 Comment
  1. celine says

    Qué bonita imagen la del grillar de las bicicletas. Estos reportajes tan personales desde China están muy bien. Gracias, Irene.

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