Teatro de Catalonia para extranjeros

Sergi Belbel. / Fotos: web.gc.cuny.edu

Me asomo al Prelude Festival de la Universidad de Nueva York, que cada invita a varios dramaturgos de un país extranjero. El año pasado fue teatro japonés y este año han elegido Catalonia, dicen.

El más famoso de los autores catalanes elegidos es Sergi Belbel, que trae su obra Offside. Le siguen Esteve Soler con Contra el progrés, Marta Buchaca con Les nenes no haurien de jugar a futbol y Àngels Aymar con Solavaya. Esta última no es una palabra catalana sino cubana, una expresión que en Cuba se utiliza para alejar el mal fario, para decir aparte de mí este cáliz. O este Castro. El resto no creo que necesite traducción, pero como me puedo equivocar, ahí van: serían Contra el progreso y No está bien que las niñas jueguen al fútbol.

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La traducción siempre es un rubicón complicado en estos casos. Por ejemplo a Marta Buchaca, cuya obra transcurre en Barcelona con referencias a Cadaqués y a Sitges, le sugirieron no sólo traducir la obra al inglés sino adaptar estos escenarios a otros más reconocibles por el público americano. Y ella se negó, al grito de que si lo que se trata es de exportar teatro, no de importarlo, las cosas tienen que ocurrir donde ocurren, no donde ocurrirían si fueran una película de Woody Allen.

El debate no es nuevo. Ya lo vivió Yasmina Reza cuando su obra Le Dieu du Carnage se estrenó en Madrid bajo el título Un Dios salvaje. El autor de la adaptación al español, Jordi Galceran –autor a su vez de El Método Gronholm, es decir, que sabe lo que se suda para escribir buen teatro- trató de negociar con la Reza que su trama originalmente ambientada en París transcurriera en Madrid. La dramaturga se negó en redondo, alegando que ella sólo concebía que sus personajes fuesen franceses. Lo más curioso es que cuando God of Carnage se estrenó en Nueva York mágicamente estos personajes se habían convertido en vecinos de Brooklyn (de mi antiguo barrio, por más señas).

Marta Buchaca

¿Moraleja? ¿Es de verdad imposible estrenar en Nueva York una obra que transcurra en otra parte del mundo? Y si es así, ¿por qué molestarse en llevar y promocionar allí el teatro extranjero? ¿No estaría todo el esfuerzo condenado al fracaso desde el primer minuto?

Ser catalán a veces es un plus para pillar la sutileza de las grandes cuestiones identitarias y a veces es un estrés añadido, casi un estorbo. Porque la identidad catalana, por su misma y persistente anomalía, por su perpetua, hamletiana indecisión entre ser y no ser, entre estar pero no querer estar, puede acabar confundiendo a un crítico de The New York Times con un guardia civil de García Lorca.

Ser catalán es cojonudo pero no veas cómo cansa. Entre otras cosas porque no siempre queda claro qué implica, exactamente. ¿Traiciona Marta Buchaca a su patria y a sus ideales si los personajes de su obra, en lugar de tener un accidente de coche camino de Sitges, lo tuvieran camino de Boston? Parece una mera cuestión de principios pero no lo es cuando las referencias geográficas sirven propósitos narrativos concretos. Sin duda es una injusticia que si dices que alguien es del barrio de Chelsea en Nueva York se sitúe todo el mundo y si dices que del Poble Sec, pues no. Pero ahí entra la gracia de hacer teatro en el extranjero. Uno tiene que echarle ingenio para gestionar la diferencia.

Àngels Aymar

A veces los saltos de comprensión pueden tener deslumbrantes efectos inesperados. Por ejemplo Solavaya, la obra de Àngels Aymar, cuya estructura narrativa no puede ser más tradicional, puede resultar en cambio muy rompedora en Estados Unidos dada la naturaleza del tema: una familia de clase media, con los hijos ya adultos y preguntándose qué secreto esconden sus padres, que hace muchos años huyeron de Cuba. Esta obra tiene un sentido en Barcelona, donde la indulgencia con Fidel Castro es mucha, y otro en Nueva York, donde hace poco Silvio Rodríguez llenó el Carnegie Hall, pero bueno, también hubo quien le gritó de todo a las puertas del teatro.

Al final de la obra de Aymar uno de los hijos viaja a Cuba para tratar de descifrar el pasado familiar. Y llama a su hermana arrebatado por una frívola euforia que le hace encontrarlo todo maravilloso: el calor, la música, los mojitos.

¿Lo entenderán en EEUU, donde muchas personas todavía tienen terminantemente prohibido viajar a la isla?

En una liga aparte juega Esteve Soler. Su Contra el Progrés consiste en un mecanismo casi maquiavélicamente portátil. Son siete microescenas burlescas, que oscilan entre la ironía y el humor del absurdo. El mismo carácter esquemático de las escenas, rozando lo beckettiano –por cierto, la Sala Beckett de Barcelona apoya la aventura neoyorquina de estos autores, junto con el Institut Ramon Llull-, las hace adaptables a cualquier entorno cultural. Digamos que si no te enganchas por una cosa te enganchas por la otra.

Por ejemplo yo encontré sensacional el diálogo entre un accidentado y una mujer que se niega a auxiliarle y en cambio me dejó fría una escena donde dos empresarios discuten fríamente la fundación de una religión privada. A mí esto me parecía un topicazo.

Esteve Soler.

En cambio el público neoyorquino convocado en el teatro experimental LaMama –el mismo donde empezaron desde Robert de Niro hasta Patti Smith– literalmente se desternillaba. Dios y los curas siguen sin significar lo mismo a uno y otro lado del Atlántico.

Pasó pues el festival, y una se pregunta qué habrá quedado de él, qué temblor permanece en las aguas. Uno siempre acaba siendo más provinciano de lo que cree porque en el fondo siempre le choca conocer gente como Marion Peter Holt, el traductor al inglés de Sergi Belbel, un veterano admirador del teatro español que lleva desde los años 50 viajando a España y que va y me dice: “entonces conocí a Buero Vallejo y ahora conocí a Belbel, no se puede negar que tengo suerte”.

Marion Peter Holt tiene casi la edad de un exbrigadista internacional pero la llama pasa a las siguientes generaciones. La autora de la extraordinaria traducción de la obra de Esteve Soler, Hillary Gardner, es una norteamericana con tal vocación catalanocéntrica que si tuviera la oportunidad de cambiar su vida en Nueva York por otra en Reus, no lo dudaría ni un segundo. ¿El mundo al revés? ¿O todo lo contrario? Porque a los empresarios que patentaban su propio Dios, que en Barcelona comían galletas, los puso a comer dónuts. Y las dos culturas lo entendieron.