AndrewAndrew, el arte (o la chorrada) de ser Otro

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AndrewAndrew, en la foto de su página de Facebook.

Me entero por casualidad de la existencia de AndrewAndrew, curioso conglomerado humano y artístico formado por dos personas que presumen de haber decidido ser una. Son dos D.J. de profesión que viven juntos, que tienen el mismo nombre de pila, Andrew, y que han decidido prescindir de todo lo demás que no tienen en común. Se presentan en todas partes como AndrewAndrew. Visten igual, al milímetro de la bufanda, los calcetines y la corbata. Piden lo mismo cuando se sientan a comer o a tomar algo. Conceden entrevistas a medias pero antes exigen que los periodistas se comprometan por escrito a no revelar ni sus distintos apellidos, ni sus distintas edades o fechas de nacimiento: celebran un único cumpleaños el 9 de septiembre, que al parecer es la fecha en que acometieron su fusión.

AndrewAndrew son y dan el espectáculo. Llaman la atención incluso en medio de la fauna neoyorquina, que se supone que ha visto de todo. No son gemelos técnicos pero sí vocacionales. Ni confirman ni desmienten que sean pareja. Cuelgan la ropa a pares idénticos en el armario. Pinchan música juntos (generalmente desde sus sofisticados Ipad, ambos son locos de la tecnología) en locales de moda y juntos presentan programas de radio de lo más cool. Aunque su especialidad y marca de la casa es simplemente aparecer, provocar intervenciones artísticas en escenarios inesperados, lo que ellos llaman la guerrilla del arte. Pura delicatesen postmoderna.

Depende de la edad y del background de cada cual se puede reaccionar ante esto con una variada gama de emociones que van del deslumbramiento al hastío. La versión más deslumbrada: qué gente más alucinante hay en Nueva York. La versión hastiada: menuda panda de gilipollas, ¿no tendrán nada mejor qué hacer?

Restos humanos expuestos en la exposición 'Body Worlds'. / bodyworlds.com

Hay algo desafiantemente frívolo en el arte por el arte cuando empieza y acaba en uno mismo. El mismo día que The New York Times entrevistaba a los Andrews, sacaba en su sección de Cultura la noticia de que Gunther von Hagens, el provocativo artista conceptual alemán que lleva años “triunfando” con su exposición internacional de cadáveres (o partes de) conservados en resina sintética, ha anunciado su intención de rematar la faena con su propio cadáver, que plastificará su mujer. Von Hagens está tan seguro de sobrevivirla porque le acaban de diagnosticar un Parkinson, una enfermedad que no es que mate al momento, pero bueno, él sabrá.

Cuando la exposición de Von Hagens aterrizó en Nueva York tuvo un éxito impresionante, llamando especialmente la atención de otros artistas conceptuales, que en esta ciudad hay muchos. Artistas que ponen el acento en el emisor antes que en el receptor del arte, en su propio proceso creativo antes que en el eventual impacto en el público. Tu función como público parece ser el de una rueda dentada más del engranaje, una celdilla de la colmena. Lo que cuenta es el subidón para el propio artista.

A veces –sólo a veces- se da el milagro de que la potencia sea bidireccional. Por ejemplo cuando la gran Marina Abramovic pasó más de 700 horas sentada, absolutamente inmóvil, en una silla en el atrio del MoMA, hazaña de la que ya nos hicimos eco aquí. Quien esto firma buscó durante semanas y meses varios momentos y excusas para escaparse al museo a mirar a Marina. Era como tener un inexplicable ancla. O como hundirse a plomo en algo a la vez reconfortante y drástico. En la Yugoslavia de la niñez.

Mientras Marina permanecía sentada en el atrio, dos pisos más arriba el MoMA proyectaba una retrospectiva de sus grandes performances, como cuando en 1977 ella y su novio y socio artístico de la época, Ulay (Uwe Laysiepen) se plantaron en plan cariátides en la puerta de acceso a una sala del museo. Sólo que se plantaron completamente desnudos, y para entrar o salir había que abrirse paso en medio de sus dos cuerpos. Esta performance se repitió en el MoMA en 2010 al pie de la letra, sólo que con otros protagonistas. Y por lo que sea no hacía ni de lejos el mismo efecto. Como si el cuerpo desnudo de otra gente no tuviera el mismo campo magnético que el de Marina y el de Ulay.

"The Artist is Present", la 'performance' de Marina Abramovic en el MoMA de New York. / moma.org

Uno de los secretos mejor guardados del arte es que no da lo mismo ocho que ochenta, que haciendo exactamente lo que hace el vecino, nunca sale igual. Si eso es así en el arte más convencional (por eso  copiar un cuadro de Velázquez no te convierte en él), con más razón en el arte conceptual, de vanguardia o de puro y duro despliegue de personalidad. Hay gente que subyuga, como Marina Abramovic, hay gente que meramente aburre y por fin hay gente que desconcierta, como AndrewAndrew.

En tiempos de tribulación siempre hay quien se queja de estos artistas mirándose sin desmayo el ombligo mientras todo se hunde a su alrededor. Y sin embargo eso puede ser lo que les haga más representativos de su mundo y de su momento. Esta crisis nos ha pillado a todos tan ensimismados, tan recluidos en nuestro no por a veces inane menos hermético universo particular, nuestra barricada tecnológica de Ipods, Ipads, etc. Vas en metro y te asombras de la inexpugnabilidad humana que te rodea. Podrías ponerte a gritar que te mueres  en plena hora punta y no te oiría nadie.

La última gran performance de Marina Abramovic y Ulay fue empezar a andar desde extremos opuestos de la Gran Muralla China, encontrarse y decirse adiós. En ese punto se separaron para siempre. AndrewAndrew viajaron juntos a Corea del Norte y visitaron la tumba del Gran Líder, pero en general lo suyo es de mucha menos intensidad épica. Y en cambio en esa tozudez con que se pegan y se reflejan el uno al otro desde hace diez años sin duda hay algo vertiginosamente heroico. Con lo que cuesta en estos tiempos del yo-mí-me-conmigo ponerse cinco minutos en la piel del otro. No digamos hacerlo sin parar, todo el rato.

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