Contra los adversarios de que las cosas salgan bien

Miles de personas se manifestaron en Bilbao el pasado sábado para exigir la legalización de Sortu. / Lince (Efe)

Si algo me enorgullece de mi labor periodística es ser el biógrafo –aunque sólo alcancé hasta 1985- de Juan María Bandrés, un nombre indesligable de la historia moderna de Euskadi y de quien lo mejor que puedo decir, sencillamente, es que sigue siendo una de las mejores personas que he conocido en mi vida. En un libro titulado Memorias para la paz, que presentaron en el Congreso de los Diputados Adolfo Suárez y su hija Olivia, escribí una recolección de su trayectoria vital, desde su nacimiento hasta el desembarco en el Partido Socialista de Euskadi como líder, junto a Mario Onaindia, del partido que había colaborado a fundar, Euskadiko Esquerra. Incluyendo, por supuesto, la negociación del fin de ETA político-militar.

De lo que entonces publicamos y dejamos de publicar, saqué una conclusión que hoy, cuando se aproxima el fin de la ETA más nacionalista que marxista que tan infortunadamente soportamos, la simplemente militar, es bueno tener en cuenta: cuando se pone en marcha un proceso de paz para acabar, de forma dialogada – que es la única manera-, con una organización política armada, surgen muchos enemigos de que las cosas salgan bien.

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Lo que quiero decir se resume bien en la primera conversación que, según me contó, mantuvieron Juan Mari Bandrés y el general José Antonio Sáenz de Santamaría justo antes de sentarse en sus sillas respectivas de la mesa de negociación después de haber sido enemigos mortales, especialmente desde que el militar fue nombrado delegado del Gobierno en el País Vasco por el Gobierno de UCD. Bandrés le preguntó si era verdad que los servicios secretos le habían mandado una carta bomba y el general se rió, aunque dio a entender que no cuando comentó, con ironía, que era muy fácil que una persona desapareciese en el tren de Irún a París sin que nadie supiera cómo, lo que a él, obviamente, no le había pasado. En esa charla, Sáenz de Santamaría fue lapidario antes de empezar a negociar: “Sepa usted, -dijo a Bandrés- que vamos a tener muchas dificultades porque si no hay guerras no hay medallas”.

Ahora, cuando se abren nuevas posibilidades de alcanzar una solución al viejo y sangriento conflicto, vuelve a pasar eso, que algunos intereses políticos, mediáticos e incluso económicos (hay muchas empresas que sacan pingües beneficios del conflicto) activan la inquina una vez más. Parece que, como sucedió en 2005, cuando las asociaciones de víctimas -que nunca organizaron manifestación alguna cuando José María Aznar dialogó con ETA y lo que él calificó como Movimiento de Liberación Nacional Vasco- se echaron a la calle con el apoyo abierto del PP, afloran voces y actitudes dispuestas a cargarse un nuevo proceso con visos de acabar como el que acabó con ETA (p-m).

Singularmente – ¡qué ironía!-, la de quien fue ministro del Interior durante la primera tregua trampa de ETA, Jaime Mayor Oreja, y las disparatadas del ex director de la Policía, Juan Cotino, quien se arrepiente de lo dicho sobre pagos del Estado a ETA pero no cambia de actitud. Es evidente que el proceso de paz que abrió José Luís Rodríguez Zapatero en el Debate sobre el estado de la Nación de 2005 y que cerró salvajemente ETA con el atentado de la T4 de Barajas el 30 de diciembre de 2006 no fue estéril. Cumplió dos objetivos fundamentales que se había marcado Zapatero. Primero, dejó meridianamente claro ante la opinión pública internacional y la propia ciudanía vasca que quien no quería la paz era ETA. Y segundo, dividió hasta la médula a los presos etarras, rompiéndole a ETA la columna vertebral.

Un alto responsable del Estado comentaba en privado la semana pasada que hay padres de etarras que se acercan a los socialistas buscando una solución para que sus hijos no sigan en la cárcel, cuando hace sólo uno o dos años esos mismos padres pedían a sus hijos que aguantasen la cárcel por el bien de la causa independentista. Es cierto. Tan cierto como que la política penitenciaria de premiar a los etarras que denuncian la violencia y piden el fin de ETA ha causado estragos en las filas etarras y ha generado un debate sobre la

necesidad de abandonar la violencia y defender la independencia políticamente que se ha llevado por delante la cerrazón de los que han venido mandando en ese movimiento poniendo la pistola encima de la mesa.

Es el momento de la sensatez y la prudencia, de que el Gobierno no se ponga nervioso por las palabras altisonantes de unos, el cerrilismo de un PP donde algunos piensan más en las elecciones de mayo e incluso en las generales que en la paz, o la resistencia de otros, los pistoleros, ha disolverse ya, algo que también complica el proceso.

Cuando ETA p-m se disolvió no chapó con ningún congreso de cierre sino que hizo uno de apertura de Euskadiko Esquerra orientado a fundirse con los socialistas. No hubo ni arrepentimientos, ni solicitudes de perdón. Y el fin dialogado lo firmó un presidente con apellidos de una resonancia histórica muy significativa: Calvo Sotelo.

Sin embargo, entonces no medió ninguna T-4. Y por eso, ahora, es recomendable que ETA anuncie ya su disolución para facilitarle a SORTU el camino a la integración democrática. Pero siempre desde la filosofía de que a los etarras hay que pasarlos por las urnas, no por las armas.