Por una buena ley de pervertidos

Manifestación antisemita de miembros de la Westboro Baptist Church ante el Museo del Holocausto de Virginia, en marzo del pasado año. A la izquierda, abajo, se lee en uno de los carteles: "Los maricones son bestias". / JC Wilmore (Wikimedia)

Recientemente Barack Obama ha descubierto que es inconstitucional la ley norteamericana de 1996 que define el matrimonio como la unión exclusiva entre un hombre y una mujer. Eso significa que el gobierno federal de Estados Unidos dejará de defender esa ley y por tanto de oponerse a las iniciativas de varios estados para legalizar la unión conyugal entre dos personas del mismo sexo.

Paralelamente el Tribunal Supremo ha dado la razón a la Westboro Baptist Church, una iglesia bautista furiosamente anti-gay que tiende a demostrarlo mandando piquetes a reventar los funerales de personas notoriamente significadas a favor de la homosexualidad o del reconocimiento de sus derechos. Sea el funeral por Elizabeth Edwards, la recientemente difunta exesposa del excandidato presidencial John Edwards; sea el funeral por las víctimas del tiroteo de Tucson; sea el funeral por Matthew Snyder, un marine “de la acera de enfrente” muerto en marzo de 2006 en Irak.

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Su padre, Albert Snyder, llevó a los Wetsboros a juicio y logró que se fijara una indemnización millonaria. Ahora el Supremo ha echado ese veredicto para atrás alegando que tales prácticas, por odiosas que sean, están amparadas por la sacrosanta Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que da cerrojazo a todo aquello que intente limitar la libertad de expresión.

Las dos noticias que aquí comentamos, el anuncio de Obama y el veredicto del Supremo en el caso de la Westboro Baptist Church, pueden parecer de países distintos. Hay que ver los ojos como platos que se les ponen al oír hablar del tema a una pareja de amigos míos, casualmente heterosexuales, que están estos días de turismo en Manhattan y que se alojan en un hotel fantástico, pero no apto para cardíacos del Tea Party: el Colonnial House Inn presume en su web de “servir orgullosamente a la comunidad gay” desde 1985 y de ofrecer manuales de instrucciones para poner correctamente un condón junto con los folletos turísticos.

Parece mentira que dos realidades tan distintas puedan convivir en el mismo país, sí. Y sin embargo hay quien dice que eso no sólo no es tan raro, sino que es casi ley de vida. Que una cosa lleva a la otra por una especie de fatalidad política.

El profesor Omar Encarnación. / Pete Mauney

Interesantes, a la par que alarmantes, son en este sentido las conclusiones de Omar Encarnación, politólogo en Estados Unidos de origen dominicano, para nada sospechoso de homofobia, que ha escrito un ensayo sobre el tema para el prestigioso Journal of Democracy.

En este ensayo, el profesor Encarnación repasa los recientes y hasta sorprendentes avances legislativos a favor del matrimonio gay en varios países de América Latina, donde países como Argentina, Uruguay, Colombia y Mexico han legalizado en los últimos años las uniones civiles y los matrimonios entre personas del mismo sexo, y en algunos casos hasta su derecho a adoptar niños. Tales avances contrastan llamativamente con una cultura machista y homófoba muy arraigada y dominante durante largos años.

¿De repente vieron la luz? ¿Ha pasado el movimiento gay latinoamericano en un pis-pas de la clandestinidad a la madurez? Omar Encarnación no lo cree así y en cambio nos lo cuenta de esta manera: “Las uniones civiles y el matrimonio gay eran después de todo exportaciones culturales de los Estados Unidos y de Europa Occidental. Especialmente influyente en toda la América Latina fue el caso de España, que en 2005 se convirtió en el primer país de mayoría católica en legalizar el matrimonio gay. Cuando los legisladores argentinos se sentaron a escribir el borrador de su propia ley de matrimonio gay usaron la ley española como plantilla”. Hombre, pues me alegro. Pero el investigador inmediatamente advierte de que en estos temas conviene economizar el entusiasmo: “Es un error esperar que estas influencias occidentales siempre se traduzcan en algo positivo para los homosexuales en los países en vías de desarrollo, como penosamente se ha evidenciado en algunos países africanos. Uganda se ganó la condena mundial cuando en 2009 su Parlamento debatió una ley que de llegar a aprobarse habría impuesto la pena de muerte para los homosexuales ugandeses y siete años de cárcel para los familiares y amigos que no les denunciaran a las autoridades. El ministro de Ética de Uganda, James Nasaba Buruto, argumentó que semejante ley estaba justificada por la necesidad de contrarrestar la influencia extranjera, ya que según él la homosexualidad no es natural en Uganda”. Toma ya.

Encarnación nos cuenta cómo en la América Latina los homosexuales han combatido con éxito su discriminación legal y conyugal enarbolando menos el orgullo gay que los derechos humanos. Punto pelota. Menos exuberancia almodovariana y más normalidad. En esta estrategia les ha ayudado mucho la urgente necesidad de la izquierda de redefinirse y de encontrar nuevos agarraderos radicales cuando la economía está intratable y da muy pocas alegrías revolucionarias.

El movimiento gay latinoamericano ha ayudado a muchos a hacer el tránsito a la post-izquierda de la izquierda, por ejemplo en Brasil, donde encontraron el encendido apoyo del Partido de los Trabajadores, sobre todo a nivel local. A nivel nacional se lograron menos resultados a pesar del inequívoco compromiso del entonces presidente Lula, quien ante la primera Conferencia Nacional de Gays, Bisexuales, Travestidos y Transexuales celebrada en 2008 en Brasilia se atrevió a llamar por su nombre a la homofobia: “es una enfermedad perversa”.

Otros son menos idealistas que ideolistos, como la presidenta argentina Cristina Kirchner. Encarnación cita fuentes que no dudan de que a esta señora la comunidad gay personalmente le importa un bledo y que lo único que buscaba apoyando la legalización del matrimonio homosexual era hacerse con el voto cosmopolita de Buenos Aires. Pero a veces el cochino interés funciona mejor que muchas utopías. La Kirchner supo sacar adelante la ley contra viento y marea, enfrentándose a la curia eclesiástica y llevándose de viaje comercial a China a los senadores renuentes a votar a favor. ¿Bien está lo que bien acaba?

Sí pero con peligros. Lo malo de estas primaveras que florecen más gracias al oportunismo y la táctica política que a un verdadero cambio de tercio y de fondo es que lo que se gana por un lado se puede perder por el otro. A menudo los impresionantes avances de los derechos de los gays han ido acompañado en estos países de un preocupante ascenso de la homofobia. Y esta no siempre se queda en el nivel puramente verbal.

Ilustra el profesor Encarnación su ensayo con una tabla donde podemos ver y comparar el grado de intolerancia hacia la homosexualidad en 23 países. Los escenarios más crudos –sólo un 10 por ciento de tolerancia- se daban en Jamaica y en Haití. En el considerado nivel bajo de tolerancia (menos del 30 por ciento) encontramos a Bolivia, la República Dominicana, Ecuador, Panamá, Paraguay, Perú, Guatemala, El Salvador, Guyana, Honduras y Trinidad y Tobago. México y Colombia, dos de las naciones que orgullosamente han legislado a favor de los gays, a duras penas alcanzan niveles de tolerancia del 40 por ciento. Brasil se planta entre el 40 y el 50 por ciento. De ahí sólo pasan Argentina, Uruguay, Canadá y Estados Unidos. Pero, cifras en mano, parece que tampoco pasan mucho.

Moraleja: no se puede legislar a favor del matrimonio gay, o dejar de legislar en contra, y ya está. El tema requiere un esfuerzo mucho más arduo, integral y complejo. Requiere políticas que prevean la reacción negativa que estos avances van a producir y que les salgan al paso. No puede ser que los pervertidos de la Westboro Baptist Church vayan a reventar un funeral y, mientras no le pongan la mano encima a nadie, resulte que les ampara la Primera Enmienda. Libertad de expresión no es insultar y tampoco puede ser ir deliberadamente a herir sentimientos o más bien a destrozarlos, como en este caso.

Por suerte en España aún no hemos presenciado ningún numerito así. Pero habrá otros. O sea, que menos mecachisqueguaposoy y más estar en guardia. Hay que ilegalizar para siempre todas las perversiones sexuales; la pederastia y la violación lo mismo que la homofobia.