Los sindicatos y la corrosión del carácter

Cartel de la CNT llamando a la afiliación al sindicato. / Erramunjoakin (Wikimedia Commons)

Me sumo a la reivindicación de los sindicatos clásicos y de sus méritos, enumerados en el valioso post de Pascual García, aunque he echado de menos una mención a la CNT. Merecía al menos una línea el sindicato con mayor afiliación de la historia de nuestro país: en torno a un millón de trabajadores, en una época en que la población española no llegaba a los treinta. Tal vez, según Wikipedia, Pablo Iglesias pagara con cárcel su reclamación de la jornada de ocho horas, pero no se habría conseguido sin la movilización de CNT en las huelgas de los años 1917 y 1918. Estos detalles no se pueden olvidar y mucho menos al abordar un fenómeno como el 15M, cuyos métodos deliberativos y de toma de decisiones son tan deudores del anarquismo español.

Al margen de los errores históricos de la CNT -que los cometió, y gruesos- al hilo del 15M vale la pena recordar que su Comité Nacional cambiaba –aún cambia, si no me equivoco- su dirección cada año, y también modificaba su ciudad de ubicación, de acuerdo con su carácter descentralizado y no jerárquico, o sea, como esa asociación en red y horizontal de los indignados. Asimismo se sostenía con las cuotas de sus socios, sin subvenciones, como hacen hoy Greenpeace o Amnistía Internacional y como  hacían también en aquella época los partidos políticos, pero nunca ha hecho la Iglesia.

Sé que para mucha gente las subvenciones a los sindicatos son fundamentales. El problema, y la historia más reciente lo demuestra, es que el sindicalismo así concebido, subvencionado por los mismos a los que te opones, puede acabar convertido en un medio de vida, y puede debilitar la acción hasta convertir un sindicato en una organización preocupada sobre todo por perpetuar su poder mientras olvida a aquellos a los que representa.

En los centros de trabajo hay centenares de delegados honestos de UGT y CCOO. Siempre he reivindicado su labor en la negociación de convenios y en la resolución de problemas cotidianos que mejoran mucho la vida de la gente, esas horas extras que no se abonan, esas vacaciones no reconocidas, esos contratos pendientes de firmar que la empresa retrasa inexplicablemente… Yo misma lo pude ver cuando fui presidenta del Comité de Empresa de El Mundo durante cuatro años, en una candidatura independiente que, sin embargo, obtuvo de UGT y CCOO ayuda legal y asesoramiento sindical siempre que lo solicitamos.

No obstante, el momento actual, que no es una crisis, sino un cambio de época, obliga a hacer una profunda autocrítica a todas las organizaciones, incluidos los sindicatos. En primer lugar, porque son fruto de la era industrial, en la que ya no vivimos. A los interesados en comprender el mundo laboral de hoy les recomiendo leer La corrosión del carácter, de Richard Sennet (Anagrama). Explica que en el fordismo el trabajo estructuraba nuestras vidas y nuestra narrativa personal, pero eso ya no ocurre, porque se han roto los vínculos que unían a los trabajadores a sus empresas (por factores que abarcan desde la temporalidad hasta la sustitución del trabajo fabril por la herramienta informática). Y esa erosión de los vínculos con las empresas se traduce en pérdida de vínculos también con los sindicatos: el centro de trabajo es su medio natural, pero resulta que hoy los obreros más parias no están en las empresas, porque tienen un contrato de dos horas o trabajan en su casa como autónomos, sin horarios, sin derechos y liberando al empresario de pagar cotizaciones a la Seguridad Social. ¿Han conectado, de verdad, los sindicatos con esos trabajadores? ¿Y con los parados o con esos precarios que no se afilian por miedo a que no les renueven su contrato de una semana?

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En los últimos años, por más que UGT y CCOO hayan pactado una legislación laboral magnífica, cosa que no ha ocurrido siempre, ésta se ha vaciado de contenido por la vía de los hechos. Y ante estos hechos, los sindicatos sólo han seguido firmando acuerdos que derivaban en nuevas leyes que quedarían de nuevo vaciadas. Ante este círculo vicioso no han sabido reaccionar. Además, en ocasiones –discutí de esto con Cándido Méndez en la Cope no hace mucho-, por mor de esa legitimación que ellos buscan en el pacto, han hecho el mismo discurso que el poder, pero dando la impresión de que no se lo creían, lo cual ha reforzado su imagen como órganos del poder y no opuestos a él. Éste es el problema. Y éste es uno de los aspectos fundamentales en que deberían hacer autocrítica.

El 15M les brinda una ocasión de oro, porque muchos pensamos que los sindicatos siguen siendo imprescindibles, como se volvió a demostrar en la furibunda campaña contra ellos desatada por la derecha con motivo de la última huelga general. Y creo que deberían replantearse muchas cosas, desde su funcionamiento jerárquico hasta las subvenciones que reciben, pasando por su lenguaje, más apto para los técnicos de la macroeconomía que para expresar los sufrimientos de los trabajadores.

Por lo demás, donde mi amigo Pascual García ve “confrontación” entre el 15M y los sindicatos, yo veo nueva gente dispuesta a hacer reivindicaciones laborales donde antes no la había. En el documento de la Extensión Laboral de la Acampada Sol, queda claro que esas candidaturas independientes “no serían incompatibles con la existencia de organizaciones sindicales”. Desde mi punto de vista, la debilidad de su propuesta estriba en que sigue sin tener en cuenta la ruptura de los vínculos con el mundo laboral. Pero en todo caso, tengo la impresión de que no vienen a hacer la competencia a los sindicatos, sino a defender a quienes ellos tenían desatendidos.