Miles de ‘indignados’ salen a la calle para exigir un referendum

 

Imagen de la concentración celebrada ayer en la Puerta del Sol tras la manifestación convocada por el 15-M solicitando un referéndum para reformar la Constitución. / Luca Piergiovanni (Efe)

Tarde de domingo. Ha empezado la liga de fútbol y casi todos los medios de comunicación –incluidas las emisoras de radio, sometidas por sorpresa al pago de un canon a los clubes para poder retransmitir los partidos– están centrados en los acontecimientos deportivos, el negocio, los goles, las lesiones, los arbitrajes. Con esta coyuntura y en plena “operación retorno” de las vacaciones de agosto y del fin de semana era previsible que la convocatoria en Madrid del movimiento del 15M para reclamar un referéndum sobre la proyectada reforma del artículo 135 de la Constitución no fuera tan masiva como en otras ocasiones. De hecho, no lo fue. Pero las casi cuatro mil personas, en su mayoría jóvenes, que se dieron cita en la glorieta de Atocha entre las seis y las siete de la tarde y avanzaron por el lateral derecho del paseo del Prado hasta las cercanías del Congreso de los Diputados eran muchas más de las que reunieron los dos grandes partidos en sus actos del fin de semana.

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El primer sonido se escuchaba antes de llegar a la Cuesta de Moyano, donde comenzó a concentrarse la gente con pancartas y alguna bandera republicana. Procedía de un helicóptero de la policía que observaba desde arriba. El segundo lo producía un tamborilero con ese instrumento tan importante para congregar a los manifestantes. A las 18:30 comenzó la marcha con las pancartas de tres asambleas de indignados en las que se leía: “No a esta reforma de la Constitución”, “El pueblo tb (también) cuenta” y “Referéndum ya”. Había otras pancartas de las asambleas populares de Moratalaz, Malasaña, La Guindalera, Vallecas y otros barrios. La mayor parte de las leyendas eran carteles individuales con el “no” al trágala y el “yo quiero votar”. Otros decían: “Mi Constitución la voto yo, derecho a decidir”, y hasta un “se vende: esclavo económico”.

El helicóptero iba y venía con su ruidillo de molinillo. Un furgón policial con seis antidisturbios muy atentos avanzaba cincuenta metros delate. La gente marchaba despacio, coreando sus consignas: “Le llaman democracia y no lo es; que no nos representan, que no; un vote, dos votes, banquero el que no vote; sin nosotros no sois nada; exijo votar el cambio constitucional” y otras. Un activista lanzó un puñado de pasquines con el “no”. Los pocos que quedaron sobre el asfalto fueron barridos de inmediato por las dos máquinas de limpieza que, junto con dos furgonetas de barrenderos, desplegó el ayuntamiento detrás de la marcha para limpiar el rastro y ahorrar lecturas desagradables a los turistas que se aburrían junto al Museo del Prado. En realidad, las máquinas barrían más hojas secas, desprendidas de esos árboles que Ruiz Gallardón quiere talar –tal vez porque, como escribió Bergamín, los árboles son tan raros que se desnudan en invierno y se visten en verano–, que pasquines y cáscaras de pipas esparcían los pacíficos manifestantes.

Aún así y todo, el cronista pudo agarrar uno. Era de la asamblea de Vallecas. “La reforma de la Constitución que se votará el viernes día 2 en el Congreso, a propuesta del PSOE y del PP dará prioridad absoluta al pago de los intereses y la deuda frente a otras partidas presupuestarias (…) Significa que por encima de todo, aunque no haya dinero para pagar el paro, la sanidad, la educación o cualquier otro servicio social, se pagará a los usureros insaciables que tienen al Estado en sus manos. Se hace en pleno mes de agosto, sin debate público, con unas Cortes agonizantes y, sobre todo, sin convocar un referéndum porque saben que tienen a la inmensa mayoría del pueblo en contra”. Más claro, agua.

Cuando el cronista alzó la vista, vio el resultado en la pancarta de un joven. No era del partido de fútbol, pero lo parecía: “Zapatero=0, Rajoy=0”. En otras ciudades también hubo manifestaciones. La de Madrid fue tan pacífica que obligó al secretario general del PP del lugar, Francisco Granados, a quejarse de que el ministro del Interior, Antonio Camacho, esté dando “un trato de favor a radicales antisistema de izquierdas” con su instrucción a la policía de no ficharlos, con el fin, según él, de evitar altercados.