De periodista a mujer pública

Irene Lozano conversa con una joven, el pasado 14 de octubre, durante el "paseo electoral" de candidatos de UPyD de Madrid. / upyd.es

Sábado por la mañana en Madrid. Salgo de casa para asistir a un evento político. Por primera vez en años (en toda mi vida) no voy porque tenga que cubrir el acto, como se dice en argot periodístico. Cubrir el acto, ¿como un caballo cubre a una yegua? Suena ominoso si lo piensas, con lo cual, mejor no pensarlo mucho.

El acto en cuestión no es un gran mitin, otra expresión político-periodística curiosa; viene del inglés meeting, que sugiere conocerse, coincidir, reunirse activamente. Nada que ver con quedarse mirando como un pasmado a un señor (o señora) que pega gritos unilateralmente. Pues eso es lo que se suele esperar de un mitinero o mitinera, que les dé caña.

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Seguimos. Como decía el acto político al que voy a ir, pero sin cubrirlo, no es un pedazo de mitin a la española ni un gran meeting a la anglosajona. Hay una mesa con un cartel electoral en medio de una plaza, pero alrededor de la mesa no se reúne nadie. Hay varias gentes de un mismo partido político de pie, patrullando la plaza y sus accesos con un mazo de folletos en la mano. Los van ofreciendo a los transeúntes, con los que ocasionalmente se detienen a hablar. “¡Dame un boli, corre, que acabo de afiliar al policía!”, exulta uno, emocionado.

Entre risas y veras nos vamos conociendo y van saliendo cosas. Uno de los militantes de base y voluntarios para hacer campaña a favor de una lista al Congreso en la que él personalmente no ocupa ningún puesto resulta ser un tipo majísimo. Y por ende, vecino mío. Vive en un ático de la calle Desengaño (yo vivo en la calle del Barco), y me pone superaldía: yo ya veía que a mi vuelta de Nueva York mi barrio era menos lumpen y más fashion, con los putiferios dando paso a las tabernitas con estilo, las tiendas de diseño con garra y los microteatros. Pero no me había percatado de que la zona mola tanto que ya merece ser llamada Triball, es decir, el Triángulo de Ballesta. Vamos, la respuesta madriles al neoyorquino Tribeca.

Pero para que tanta vidilla cuaje tenemos un problema: justo cuando se consigue ir cerrando puticlub tras puticlub, y que las meretrices se vayan haciendo a la idea de ser próximamente espantadas por el grupo Prisa y por la cadena H & M (como sus colegas de la calle 42 de Nueva York fueron barridas por la casa Disney), resulta que el vacío que dejan es raudamente ocupado por un localazo gay de vocación y estética extremas... Cualquiera les dice nada, por aquello de no quedar como una antigua que si le sirven un plato de macedonia se pone a chillar que le separen las peras, las manzanas y las naranjas… “¡Pues a mí que no me vengan con estas, que yo también soy gay, pero no me apetece ver pornografía en mitad de la calle donde vivo!”, se sulfura mi vecino activista. Aliviada reconozco que a mí tampoco.

Es interesante asomarse a este hormiguero de la política a pie de calle y a la antigua, en clave vecinal. No es lo que sueles ver como periodista, cuando cubres actos en las alturas. La mención del oficio de una dispara la curiosidad y el morbo. También alguna que otra intimidad sorprendente: “¿Conoces a Curri Valenzuela? Es mi tía”, salta un militante jovencito. El que está enfrente salta: “¡¿Y ahora lo dices?!”. Risas.

Nunca ha sido normal la relación de los políticos y los periodistas en ningún país, pero menos en España. En ninguna otra latitud he visto yo más declaraciones furiosas de imparcialidad e independencia, mayor jactancia de objetividad. Ni mayor trecho del dicho al hecho. A riesgo de equivocarme generalizando, yo creo que a duras penas conozco un veinte o treinta por ciento de colegas de profesión sin sesgo político (que ellos suelen llamar compromiso). Conozco todavía a menos que sean capaces de dejarse ese sesgo en casa cuando escriben.

Hay periodistas vendidos que son como una voz permanentemente en busca de amo. Que saben perfectamente que sin los suyos apretando detrás no ocuparían tal sillón en tal consejo de redacción o tertulia. A estos se les reconoce porque cuando mandan los otros se echan a llorar clamando por las represalias que van a sufrir. Y que son las mismas que sufrió o sufrirá el equipo rival al darse la vuelta la tortilla hacia el otro lado.

Los hay vendidos pero de buena fe, que de verdad se creen que no les manda nadie, porque eligieron su sesgo ideológico con relativa libertad (se hicieron de lo mismo que su novio o novia, o de lo contrario que sus padres) y ya desde entonces, para ahorrar tiempo y materia gris, no han vuelto a replantearse jamás de qué lado cargan y por qué. Tienen clarísimo que hay un partido que siempre tiene razón y otro que siempre se equivoca, en todo y para todo. Punto pelota. Total, en la vida hay que ser coherente, ¿no? Pues para eso se inventó el pensamiento único.

Luego están los listos que consiguen evolucionar ideológicamente siguiendo siempre la órbita del sol que más calienta. Están los que se mueren de asco y acaban dedicándose a otra cosa. Estamos los que nos defendemos a golpe de ironía y escepticismo. Y luego hay quien cuando menos te lo esperas va y da un paso al frente. Y no te rompe los esquemas, porque esquemas hace rato que tú no tienes. Pero sí manda deliciosos y olvidados cosquilleos políticos a la punta de tus pies.

No conozco absolutamente ningún periodista que haya fichado por las listas de un partido que no fuese en posición de salir seguro. Pienso en Pilar Rahola cuando fue cabeza de lista de los independentistas catalanes, pienso en Luis Herrero, eurodiputado con el PP. Etc. La única excepción que conozco que confirma la regla, el único trébol de cuatro hojas, es Irene Lozano.

Por ella fui a un acto político en mi tiempo civil, que es algo que yo no hago jamás en mi sano juicio. Para verla en acción, no sé si en su salsa. A pie de calle y con jersey de cuello cisne y chupa de cuero, hablando con la gente que se para a saludarla, atraída por su espigada estampa televisiva, repartiendo folletos de UPyD tras aceptar ser su número cuatro al Congreso por Madrid. Un puesto de salida ni mucho menos garantizada.

Me la encuentro ilusionada pero todavía impresionada por algunas reacciones que su candidatura ha suscitado en la comunidad social y en las redes. Para qué nos vamos a engañar, hay unos cuantos que la han puesto a caldo. Se le nota la falta de callo y de costumbre, el vicio ingenuo de querer debatir con todo quisque que la ataca. Que la llama puta o hija de por haber dado el valiente paso de entrar en política por la puerta principal. No por la del garaje o por la de servicio.

¿Prebendas? Todas las del mundo: por el momento se ha quedado sin varias tertulias, con la excusa de que en campaña no aceptan tertulianos que sean oficialmente candidatos. Ya veremos si esas tertulias retoman después del 20-N. Especialmente si el cuatro de UPyD no sale. Si el flotador de la diputada no rescata a la periodista en el punto de mira.

Ya sé que últimamente siempre cito al mismo, que es Manuel Chaves Nogales. Pero es que de verdad que en España se me ocurren muy poquitos periodistas de referencia. Y humanistas a todo meter. En su libro “A sangre y fuego”, que agrupa varios relatos basados en hechos verídicos de la guerra civil, Chaves Nogales describe la detención de unos guerreros marroquíes de Franco por milicianos republicanos. Al verse en ese trance casi todos los moros rompen a gritar: “¡Por Dios, no matar! ¡Yo estar rojo!”. Los milicianos primero se ríen y después se extrañan de que uno de los marroquíes permanezca en silencio. Le preguntan si él no “está rojo” como los demás. Este marroquí les responde con sosiego: “No, yo estar moro”. Absurdamente sorprendido y sulfurado por la respuesta, uno de los milicianos le apunta para cargárselo allí mismo. Otro miliciano gloriosamente le frena: “¿Por qué le vas a matar, porque es un hombre honrado?”.

Pues eso.