De armas tomar (y dar)

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[caption id="attachment_2430" align="alignright" width="340" caption="Imagen: Flickr de Madison Guy"][/caption]Viernes 7 de diciembre por la mañana. Llevo a mi hija de seis años al Zoo de la Casa de Campo de Madrid, donde estará ocupada todo el día en uno de esos campamentos especiales para los días festivos. Llueve. No una tormenta devastadora, pero sí un chirimiri netamente molesto, sobre todo si no llevas paraguas. La niña no se me ha mojado porque su anorac tiene capucha y porque hemos empalmado con arte metro y autobús. El problema es que al ser festivo, o casi, si quiero coger el autobús de vuelta hay para veinte minutos. Implanteable. Se impone echar a andar quince minutos bajo el chirimiri delas narices.Mientras me lío la pashmina a la cabeza observo a un hombre solo en la parada. ¿Debería decirle que he consultado en el móvil la aplicación del tiempo de espera de los autobuses, debería avisarle de que va a tardar veinte minutos? La idea sobrevuela mi cabeza sin acabar de posarse en ella. Se impone la cautela, el no meterte dónde no te llaman, el qué sé yo. Echo a andar. Y a mojarme.La meteorología no ayuda para nada a mejorar mi humor, que es de perros. Tengo muchos problemas. De orden práctico y del otro. En las últimas horas se me han acumulado quebraderos económicos de cabeza que en su conjunto me provocan una aguda sensación de desamparo. Siempre me ha dado miedo mi falta de espíritu asesino con el dinero. Sobre todo en contraste con lo que veo a mi alrededor. Recortes en el salario y en los servicios, aumento despiadado de los impuestos, traiciones de administradores y gestores que por lo visto pueden hacerte las mayores putadas de la tierra con total impunidad, tú tienes que pagarlo todo como una cabrona pero no pasa nada si los demás no te pagan a ti, etc. Tengo la sensación de que esto es la selva y de que yo no sé qué hacer para no caerme a cada rato de la liana.Las lecciones de la crisis son especialmente amargas para las personas de ánimo desprendido entre las que yo, con toda humildad, creo contarme. Porque te hacen dudar de tus principios más básicos. Ojo que no estoy hablando de ideas sino de algo mucho más visceral y esencial, mucho más profundo, mucho más magmático. De la raíz de la generosidad misma. Del tuétano de la confianza. Cuando empieza a entrarte el miedo a que todo el mundo se aproveche de ti y te tangue, cuando empiezas a ver depredadores por todas partes y a no poder dar sin miedo, el alma se te llena de crujidos muy dolorosos.En esto andaba yo con la bufanda liada a la cabeza bajo la lluvia cuando de pronto oigo una suave voz que dice: “perdona”. Me doy la vuelta. Veo al hombre que dejé solo en la parada del autobús. Viene andando detrás de mí con un paraguas abierto y otro cerrado. Se presenta como otro padre que sale de dejar en el campamento del zoo a su criatura, a quien pertenece el segundo paraguas, que me ofrece sin titubear y a la vez con una impagable timidez: “Ya sé que aquí en Madrid lo normal es ir cada uno a su bola sin ni dirigirse la palabra, pero yo, como soy de pueblo…”Resulta ser gallego, de El Ferrol (por eso la lluvia no le ha pillado desprevenido como a mí) y esta aquí con su mujer y los hijos unos días, de visita a la familia. Cuando la niña pequeña salga por la tarde del zoo irán todos juntos a ver El Rey León. Me va contando y yo le voy contando. Con un buen rollo inmensamente sereno donde no cabe ni una chispa de malentendido sobre las intenciones de nadie. Todo discurre con una naturalidad prehistórica. De mundo más holgado, más llano de vivir.¿Es posible que alguien te ponga un paraguas de Hello Kitty en la mano y con ello te cambie el humor y la vida? El amable ferrolano, que resulta llamarse Jose y ser protésico (Jose hace dientes), no tiene ni idea de la brutal paz que me ha regalado con su sencillo gesto de ayuda. De ternura desinteresada hacia el prójimo. Una humana luz de cruce en las negrísimas carreteras de la crisis.Leía estos días en la prensa las noticias de esta benigna epidemia que empieza a generalizarse, de matrimonios jubilados en relativa buena posición, poseedores de más de una casa no en virtud de pelotazo ninguno sino del ahorro a la antigua, que de repente deciden ceder una de sus casas gratis a familias desahuciadas. Empiezan a no ser ni uno ni dos ni tres. Tan bello es esto que hacen que a las Administraciones les ha empezado a dar vergüenza. Empiezan ya a ceder algunos inmuebles vacíos en alquiler social. ¿Llegará el ejemplo a los bancos?Por de pronto yo me quedo con este bendito zarpazo de empatía de Jose atreviéndose a ofrecer su paraguas a una mujer que marchaba sola bajo la lluvia y que podía haber pensado cualquier cosa de él. Llegamos al metro. Me doy cuenta de que se dirige a comprar un billete casi furtivamente. Porque al estar de paso por la ciudad no tiene metrobus ni abono ni nada, y porque, delicado como es, no quiere obligarme a mí a invitarle a transporte público. Cosa que por supuesto yo hago con una alegría enorme. Con raudales de gratitud corriéndome como adrenalina por las venas. Jose se baja en Plaza de España, no sin ofrecer cederme el paraguas para todo el día, que se lo devuelva al ir a recoger a la niña, si quiero. Declino porque no sé si podré ir a recogerla, pero me quedo con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Tan fácil era reconciliarse con la Humanidad?Después de salir del horror, ahora ya sólo falta salir del túnel.