De bares humanos y de salir en verso

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Aunque no lo parezca esta crisis tiene algo bueno. Por ejemplo, está cambiando la manera de salir por ahí. De ir de bares. ¿Ustedes no habían notado que últimamente todo era carísimo y recargadísimo de un inmenso fashionvictimismo y una monumental tontería? Tribus urbanas enteras pensaban que si no te podías gastar 60 euros en gin tonics de una sentada eras un desgraciado. Muchos salían no para disfrutar sino para apabullar.

La crisis está enterrando en cal viva toda una cultura de la ostentación. La nueva trend empezó, como no, en Nueva York, donde docenas y docenas de locales vivían de la extravagancia del sector financiero más feroz del mundo. De la necesidad de los miembros de este sector financiero de proyectar su éxito económico al exterior. De enseñar las fauces. Y de repente Smith and Wollensky, brasería de lujo, va y publica un anuncio a toda plana en The New York Times informando a su distinguida clientela de que de tal día en adelante aceptan acciones y títulos en pago de sus comidas, además de dinero contante y sonante. Todo un reclamo dirigido hacia los muy carnívoros superejecutivos que de repente veían cómo los cercenaban sus jugosos bonus, o se los daban pues eso, en acciones de la empresa y no en metálico.

Hablando con los de Smith and Wollensky unos meses después, en confianza te decían que nunca nadie llegó a pagarles el bistec con acciones de Bank of America. Pero bastó aquel anuncio en The New York Times para mandar a Wall Street y al mundo el mensaje de que se podía comer ahí sin estar megaforrado como antes. Igual que ahora en Madrid se puede comprar en Mercadona en pleno ABC de Serrano sin pasar vergüenza. Ya no hace falta disimular: la marca blanca al poder.

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Bar 'La curruteka', en Antón Martín. / A. G.

En el sector de la restauración esto se ha notado en cierta caída libre de los locales más asquerosamente pretenciosos y hasta inhumanos, y en el renacimiento o florecimiento de otro tipo de garitos mucho más sensatos y más cálidos. Sitios como el bar-restaurante La Curruteka, en Marqués de Toca, 6. Todo ese barrio (Antón Martín) está de moda porque aporta una oferta adulta, exigente e interesante a precios más que razonables. Concretamente La Curruteka es el resultado de la aventura de un puñado de profesionales de la hostelería que fueron despedidos de la noche a la mañana y de mala manera, y que en lugar de pegarse un tiro decidieron aunar fuerzas y sacar adelante su propio proyecto, poco menos que en régimen de cooperativa. La cocina es excelente, la carta de vinos muy cuidada y el precio da ganas de llorar de alegría.

Una historia similar alienta en el Café Gaspar de Malasaña, en la calle de la Palma, 33. Tras la barra se encuentra la serena mirada de Rafa, quien antes trabajaba en la construcción y ahora pone cafés muy bien reposados y unos gin tonic sencillamente admirables, que además un buen día rebajó de precio casi dos euros, así por las buenas, porque decidió que la crisis le obligaba. Es un bar que te da paz según entras. Un oasis de sosiego en este querido barrio demencial.

Luego hay clásicos eternos como el Palentino en la calle del Pez. O La Perla Asturiana en la calle Columela 15, un bar de los de toda la vida muy bien agazapado en los alrededores de la Puerta de Alcalá. La tortilla de patatas que sirven es sencillamente inolvidable y el trato de la dueña, Nuria Espiau, te reconcilia con la Humanidad a la hora de desayunar o de comer. Hay que subrayar que todos estos negocios que estamos mencionando son pequeños negocios familiares o unipersonales, o íntimas cooperativas, como La Curruteka. A ninguno de ellos le sobra el dinero. Tienen que hacer filigranas para pagar la factura de la luz, la burrada que les reclama la SGAE por tener la radio puesta, etc. Pero es muy raro que te lo cuenten. Más raro aún es que se quejen. Parecen conocer la inmensa importancia de ofrecer un servicio que incluye hacerte sentir feliz, envolver al cliente en bienestar y dulzura, hasta en cariño. Y es verdad que tú vas al bar, mayormente, a que te sonrían y a que te quieran. ¿Cómo llegamos a olvidarnos durante tanto tiempo de esto?

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El 'Café Gaspar' del barrio de Malasaña. / A. G.

Pues eso, que aunque la maldita crisis nunca será bienvenida, por lo menos tiene la virtud de aminorar algunos de nuestros malos hábitos. De mejorar la calidad y la intención de nuestras salidas. Por ejemplo yo la última vez que salí fue para ir a Los Diablos Azules, en Apodaca, 6, donde se proyectaba un vídeo sobre la vida del poeta peruano underground Leo Zelada, que parece ser una especie de community manager de la poesía madrileña bajo el radar. Congregó a su alrededor a un puñado de gentes que leyeron en voz alta sus versos, y algunos rasgaban la noche como una espada hundiéndose en seda.

Por ejemplo Raúl Campoy Guillén, que el día 30 de noviembre presenta en la sala Clamores su último volumen de poesía en español, Etanol mortis. En Los Diablos Azules leyó un inédito muy hermoso que giraba alrededor de la palabra “sonreír” como en torno al sol. También escribe en inglés y en danés y se gana la vida como fisioterapeuta, que, ya se leyó a sí mismo el anfitrión, Leo Zelada, los poetas no tienen nómina ni hipoteca ni tienen nada. Vamos, como el resto de los mortales ahora mismo, pero con más inspiración que desesperación.

Luego estaba Iñaki Serrano, jovencísimo y muy sonrojable, sobre todo cuando quien esto firma tuvo el atrevimiento de interrumpirle la rapsodia porque estaba leyendo demasiado aprisa y el poema se nos escurría como arena entre los dedos. El poeta tuvo el coraje de no cabrearse y en cambio detenerse a leer mucho más despacio. Mucho más a fondo.

Y luego estaba Catalina Tejada, que leyó esto:

Levantarse por la mañana
no tenía sentido,
mirar por la ventana
era inútil,
pero ella tenía ganas.

Preguntarle al camino
si la sombra que acechaba en cada esquina
seguía expectante cada paso que ella daba,
conociendo la identidad del enemigo...
y respirar como si nada.
Se retorcía la madeja de recuerdos amnésicos,
destapaba la memoria un asfalto de carroña,
pero aún tenía ganas.

Simplemente sucedía
que la ataron con cadenas y ella aún pataleaba.
Un pañuelo de mentiras
no amordaza a nadie,
(aunque a veces sí que pasa:
son días apocalípticos
en los que el tópico aburre
y al cielo le faltan ranas)
Ese no fue su caso,
por eso, seguía teniendo ganas.

A veces, cuando hablamos,
a menudo la pregunto
cómo sigue descansando por las noches.
Ella me explica
que el castigo de un necio
puede descubrirte las mieles del vacío.
Ahora me dedico con fervor
al idioma de la incógnita,
e inesperadamente me doy cuenta
de que no lograron nada...
...aún me apetece respirar.


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3 Comments
  1. celine says

    Gracias por esta guía particular de baretos madrileños, Grau. A ver cuándo puedo hacer visitas y disfrutar de la humanidad que acogen. Y de una birra, claro. Sin alcohol.

  2. José Jiménez says

    Interesante pero porque «extraña razón» no mencionas en tu escrito la presentación del libro de poeta Txanba Payés qu estaba allí y que también leyó unos de sus poemas. La crónica está bien, gusta, pero está incompleta.

  3. It Woman says

    Gracias por la información. Para cuando vaya un finde a Madrid.
    Me gustaría que le echaras un vistazo a mi blog: «El nuevo negro. Diario de una It Woman.». http://www.elnuevonegroblog.com
    Me vienen bien opiniones de expertas.
    Muchas gracias!!!
    Los cuarenta son el nuevo negro.

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