Una mañana con el golpista Armada en su pazo de marqués de Ribadulla

Fotografía de archivo, del 19/02/2011, del exgeneral Alfonso Armada y marqués de Santa Cruz de Rivadulla. / Chema Moya (Efe)
El exgeneral golpista Alfonso Armada, en una imagen del 19 de febrero de 2011. / Chema Moya (Efe)

Era temprano cuando llegué a Ponte Ulla. Había dejado de llover y los rayos del sol se abrían paso entre la blanca bruma matinal. Conducía un Citroen Xantia de alquiler, de color ambiguo, y el trayecto se me había hecho corto desde Santiago de Compostela. En un café pregunté a dos parroquianos entrados en años y recién afeitados si iba bien hacia Santa Cruz de Ribadulla y me dijeron que sí, que siguiera la corredoira arriba y enseguida llegaba. Les pregunté cómo podría distinguir la finca del marqués. Se miraron y uno dijo: “No tiene pérdida”, y el otro añadió: “Siga usted a las beatas”. El primero miró el reloj y le corrigió: “Todavía es pronto, la misa es a las diez”.

La iglesia de Santa Cruz de Ribadulla esta dentro de la finca del marqués del mismo nombre y, ciertamente, no tiene pérdida, pues algunas gentes de la aldea caminan los doscientos metros que la separaban del casco urbano (una hilera de casas junto a la carretera), bajan por un camino y acceden a una plazoleta de tierra esponjosa en la que se ve un cruceiro y la parte posterior de la mansión del marqués, unida por un arco del siglo XVII a esa casa de Dios.

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El marqués salió a la hora precisa y ocupó su sitio en la capilla. Era Alfonso Armada Comyn, el exgeneral golpista, el mismísimo Elefante Blanco en persona. Vestía un pantalón oscuro con la raya perfectamente trazada, una chaqueta de lana, camisa blanca, corbata de rayas azuladas, gastaba una gorra de visera a cuadros escoceses y se arropaba con un abrigo de lodén.

Por aquel entonces –primeros días de febrero de 2001– había en las redacciones de algunos periódicos unos “genios” dedicados a “pensar”, y alguno de ellos, a base de estudiar el calendario, descubrió que pronto se celebraría el 20º aniversario del golpe de Estado del 23-F, y, a continuación, dispuso que lo mejor que se podía hacer era hablar con Armada y publicar sus explicaciones. Ni que decir tiene que el personaje había sido, con Jaime Milans del Bosch como fuerza bruta, el intelectual de la intentona golpista. Pero Milans ya se había muerto y, por otra parte, el elemental Tejero estaba más visto que el tebeo.

Después del benedictus in nomine patri et filii… con el que el cura terminó el oficio, Armada accedió, según lo convenido, a dar un paseó con el reportero por los senderos de su hermosa finca, en la que tenía una explotación de vacas con varios empleados, algunas tierras de labranza y, sobre todo, un magnífico vivero de camelias, del que se sentía muy orgulloso y por lo que recibía el nombre de “señor de las camelias”. Contaba 81 años y, aunque usaba un bastón para caminar, su aspecto era tan recio y saludable como si hubiera sido configurado para vivir cien años. Y eso que el Gobierno de Felipe González lo había indultado en 1989 “por motivos de enfermedad”.

Nada más entrar en materia, puso el disco y pronunció un estribillo que repetiría en varias ocasiones: “El 23-F yo no era el problema, sino la solución”. La “solución Armada”, naturalmente. Justificó su participación en el golpe, por la que fue despojado del uniforme y condenado a 30 años de cárcel (cumplió 8), “por amor a España”. ¿Cómo no? “Amor a España y lealtad al Rey”, repitió. Aquello era increíble.

Para que el reportero entendiera, confesó su “absoluto desacuerdo con  las reformas radicales de Adolfo Suárez”. En línea con lo que había sostenido Manuel Fraga Iribarne, le rechinaba el Estado de las Autonomías, que, según dijo, alentaba el independentismo y atentaba contra la unidad de España.

Desde las carpas de los invernaderos con las macetas en flor caminó siguiendo las roderas de los vehículos, hasta la orilla de un torrente donde las plantaciones de camelias talludas componían un bosque tupido. Había compradores, eligiendo arbolillos. “Vienen de muy lejos, incluso de América”, comentó.

Volviendo a la materia, aseguró que sus críticas a Suárez eran bien conocidas por el rey Juan Carlos, del que había sido cuidador, educador, preceptor, consejero y jefe de casa desde que fue traído por Franco a España, a mediados de los años cincuenta. “Franco le quería como a un hijo”, aseguró. Él no se consideraba franquista, sino “monárquico, como todos mis antepasados”. Para reafirmar su aserto señaló con su bastón el torrente que bajaba y, elevando el palo en la distancia, dijo: “Franco quería que le invitara a pescar aquí, pero no lo consiguió; de allí abajo, de Ponte Ulla, nunca pudo pasar”.

Cuando el príncipe fue coronado, él se convirtió en secretario general de la Casa del Rey y aunque en 1977 Juan Carlos le consideró un lastre para el plan democratizador de Suárez y le sustituyó por Sabino Fernández Campos, estaba convencido de que el monarca seguía confiando en él. De hecho, creía haber interpretado correctamente las señales del Rey cuando comenzó a explorar el llamado “golpe de timón” para frenar las reformas de una nación que “caía por el despeñadero” del separatismo y el terrorismo.

Si no hubiera interpretado correctamente las señales de La Zarzuela –unos signos que le llevaron a reunirse con Enrique Múgica, responsable en la ejecutiva del PSOE de las relaciones con los militares, para abordar el “cambio de rumbo”– el Rey no habría pedido tenerle cerca. Juan Carlos había reflexionado, confiaba en él y por eso, contra el criterio de Suárez y del vicepresidente Manuel Gutiérrez Mellado, apoyó su nombramiento como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército un mes antes del 23-F.

El sagaz conspirador conocía a Tejero. “¿Cómo no lo voy a conocer si vivía puerta con puerta en el mismo edificio de viviendas militares del Patronato del Ejército, en el barrio de Arguelles?”  También conocía a Milans del Bosch, que había aspirado a ser Jefe del Estado Mayor del Ejército (JEME) cuando El Guti se saltó el escalafón y nombró al general José Gabeiras Montero. “Además, Milans presidía el patronato de viviendas militares y era amigo mío”, admitió.

De Gabeiras prefería no hablar. Lógico. Fue el tipo que la tarde del 23-F le impidió moverse de su despacho para hablar con los mandos proclives al golpe, que le impidió acudir a la Zarzuela para simular la conformidad del Rey con el alzamiento militar y, en última instancia, quien ordenó su arresto domiciliario y la detención de Milans del Bosch.

La verdad judicial no es toda la verdad”, dijo orientando los pasos hacia una zona alta de la finca donde hay un jardín boscoso y una fuente con un escudo barroco de la que bebió agua e invitó a beber al reportero. Lucía el sol y desde allí se dominaba el valle con el río Ulla al fondo. “Aquí pasó un año Jovellanos”, dijo tomando resuello antes de volver a acercar el bigote al caño para beber otro trago de agua.

Hizo un gesto de contrariedad cuando el reportero le recordó la respuesta de Fernández Campos al general Juste: “Ni está ni se le espera”. Algunos afirman que fue la frase definitiva para que fracasara el golpe, pero Armada no quiere polemizar con nadie, es un hombre orgulloso, un personaje de alcurnia. Punto. Ha colocado una bota sobre el tronco de un árbol tendido a modo de reposaculos y golpea con el bastón las adherencias de barro.

El general José Juste Fernández descubrió su artimaña. Era el jefe de la División Acorazada Brunete –al frente de la que también habían estado Milans y Torres Rojas–, y el 23-F tenía la responsabilidad de dejar salir los tanques y las demás unidades para ocupar Madrid o de impedir que salieran. Para resolver el dilema llamó a la Zarzuela y preguntó si Armada estaba ya en el Palacio. Era la contraseña para saber si daban el golpe con el visto bueno del Rey o sin el. Fernández Campos, debidamente alertado por Gabeiras, le contestó: “Ni está ni se le espera”.

Aquello cambió el curso del golpe y puso al sagaz conspirador en el disparadero. De regreso al pazo insiste en que sus movimientos la noche del 23-F se limitaron “en primer lugar, en ofrecer una salida a Tejero para que depusiera las armas, abandonara el Congreso y saliera de España”. ¿A dónde? “A un país cercano del sur”. ¿Y en segundo lugar? “En ofrecer una solución aceptable a la situación de España”. La “solución Armada” que llevaba en el bolsillo era la lista de un nuevo gobierno con representantes de todos los partidos políticos –incluido el comunista Jordi Solè Tura— con él como presidente.

Fue un acto de buena voluntad por mi parte”, insiste. Y tanto. Cuando mostró la lista en el salón del hotel Palace al general José Antonio Sáenz de Santamaría, a la sazón jefe de la Policía Nacional, dispuesto a asaltar el Congreso para liberar a los diputados, y éste vio escrito su nombre como “ministro de las regiones”, soltó una carcajada que el “voluntarioso” Armada todavía recordaba. Luego le dijo: “Esto es una pijada”, y le devolvió el papel. Armada entró al Congreso dispuesto a convencer a Tejero de que su solución era la correcta, pero Tejero le mandó al diablo, diciendo que no había asaltado el Congreso para poner ministros comunistas. La última baza del conspirador había fracasado.

Le pregunté si se sentía engañado, acaso burlado en su “buena voluntad” por su majestad el Rey, y al viejo conspirador le temblaron los labios, pero sólo dijo: “Le he escrito dos cartas y no me ha contestado a ninguna”. Luego ofreció la impresión de que ya no pintaba nada en este mundo: “Si va usted a Santiago y entra en la catedral, verá a la derecha el mausoleo de mi familia; en la tumba 27 depositarán mis huesos”. El golpista fracasado, noveno marqués de Ribadulla, todavía vivió 12 años más. Murió este 1 de diciembre a la provecta edad de 93 años.