Ana María fumaba

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Ana María Moix (02/07/12) en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santander. / Esteban Cobo (Efe)
Ana María Moix (02/07/12) en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santander. / Esteban Cobo (Efe)

Fumaba. Enferma de cáncer, Ana María Moix fumaba. Recuerdo que me pidió que no lo mencionara en la entrevista que a principios de 2012 le hice para ABC porque tenía miedo de que los médicos de la Seguridad Social, con razón, se le enfadaran. Jamás he mentido más a gusto a la Administración.

Era una mujer evidentemente extraordinaria. Tanto que existía el peligro de que su escritura te supiera a poco. Incluso que te decepcionara. Pasa con muchos de estos divinos. Quitando a Gil de Biedma y a alguno más, la vida queda por encima de la obra. Eran más interesantes por cómo eran que por lo que hacían. Por el fulgor personal que supieron transmitir en un momento dado. Y que a veces da la impresión de que va a perecer con ellos. Que va a ser irrepetible.

Seamos serios: en la gauche divine barcelonesa, como en la movida madrileña, había mucha morralla y muchísimo relumbrón. Mucha inanidad dignificada por las inmensas ganas de creerse aquella leyenda. Hacía falta todo un franquismo y la represión sexual combinada de varias civilizaciones para que lo más rompedor del mundo fuera agitar en un cóctel a escritores, modelos y niños bien con ínfulas comunistas. En el fondo los divinos eran una élite mutante, una casta dominante de transición entre la caspa y la modernidad, los heraldos de otra clase de oligarquía. De aristocracia si se quiere. De ahí su sibilina arrogancia, su elegante y a la vez apabullante desprecio hacia casi todos los demás, a veces con razón, a veces sin ella.

Pero cuando el atributo de lo excepcional se alía con el sentido común (que ya es raro en España), brotan milagros. Presencias discretamente gigantes. Ana María Moix era la excelencia callada. La sensibilidad como un dardo sutil, más cuanto más pegada a la tierra. Si su obra literaria en sí podía sorprenderte por parca, sus artículos y su conversación eran un festín. Nunca olvidaré cómo describió en El País la historia de un niño huérfano que, cuando le dicen que los Reyes son los padres, ilusionadísimo se planta de madrugada a esperarles y casi se muere de frío…y de pena. O cuando en la entrevista que yo le hice me habló de una señora esperando el autobús con un billete que duraba hora y media y que estaba a punto de vencerle y al darse cuenta la señora se echa a llorar desconsolada y todo el mundo en la parada se da cuenta de lo desesperado de su situación, y entre todos le compran un billete. Y Ana María, suave, se limitó a preguntar por qué los políticos no atinaban a “poner la oreja” para captar situaciones así. Dramas así.

Entonces te dabas cuenta de la inmensa escritora y persona que tenías delante, y te preguntabas qué oscura maldición pesa sobre este país, que esconde tan bien el talento. Ana María Moix fue deslizándose suavemente hacia un silencio endomingado de lecturas, de su tenaz labor como editora, ella que también se me lamentó, y mucho, de lo dramáticamente erróneo que es el criterio editorial actual. De lo cuesta arriba que lo tiene cualquier autor interesante para publicar algo. Ella se desesperaba. No por el negocio sino por la vida. Por el alma de todos que entre los dedos de todos se nos escapa.

¿Tienes derecho a echar de menos a alguien con quien en la práctica compartiste menos de dos horas? Digo yo que sí, porque a mí me pasa. Me he acordado de ella con una melancolía lacerante que a mí misma me sorprende. La evoco posando para nuestra entrevista, peinándose frente al espejo del lavabo de su casa. Qué buena era, teniendo en cuenta que probablemente lo que se estaba peinando era una peluca. Sus ojos huyendo de su propia belleza y a la vez buscándola. Tercos en luz. Sin margen para la futilidad o el olvido.

6 Comments
  1. fer says

    Joder menos mal que te dijo que no lo mencionases

  2. Anna Grau says

    Me pidió que no lo mencionara por si los médicos la regañaban. Tengo la impresión de que ahora ya no van a hacerlo.

  3. celine says

    Genial, la Nena, como la llamó Castellet, porque era la más joven, con mucho, de los Novísimos. Qué bien que la recuerdes en este post. Gracias, Grau.

  4. partisana says

    Ana, yo te leía en ABC unas maravillosas crónicas, y ahora no te encuentro hasta esta tarde que gracias a facebook he encontrado este maravillosos artículo. Gracias por hacer un periodismo que merece la pena.

  5. Dante says

    Anna, te acabo de ver en un vídeo por internet. Somos muchos los que te seguimos y agradecemos tu valentía al denunciar el nacionalismo catalán.

  6. Long Island City says

    Hola Anna, te leo siempre. Tengo en común contigo varias cosas, entre otras que tb. soy del 65, mi vida en NYC (4 años), y que ambos somos contrarios al nacionalismo, tú al catalán y yo al que me ha tocado sufrir, el nacionalismo vasco. Saludos, y nunca dudes de que tienes lectores que te apreciamos y seguimos. No estás sola.

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