¿Por qué fingen las mujeres los orgasmos?

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Ayanta Barilli, en uno de sus programas. / captura de esRadiovideos (YouTube)

Ayanta Barilli me invita a su “sextulia”, una tertulia sobre sexo, en el marco de un programa sobre sexo que ella y Eva Guillamón tienen el arrojo de realizar cuatro madrugadas a la semana en es.radio, la radio de Federico Jiménez Losantos. Y allá que me fui a hablar del tema. Quedó constancia aquí.

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Tiene gracia que te inviten a hablar por la radio de sexo porque eso te obliga a reflexionar, en primer lugar, sobre qué estás dispuesta a decir y qué no. Conozco poquísimas personas que mantengan una unidad de discurso sin fisuras entre lo que dicen o piensan del sexo en público y lo que dicen o piensan en privado. Existe siempre un diferencial de hipocresía, o cuanto menos de falsedad.

Lo más divertido es que hace unos cuantos años este diferencial de falsedad se encaminaba hacia el disimulo, hacia la negación del tema. Lo normal era tener más sexo del que se admitía tener. Tirar la piedra y esconder la mano. Poco a poco, o quizás no, quizás ha sido a toda pastilla, nos hemos ido encaminando hacia todo lo contrario, a alardear de lo que no es. Hemos pasado del disimulo al fingimiento.

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Se me objetará que los hombres han mentido toda su vida, que siempre han tendido a adornar retóricamente (vamos a dejarlo así) sus hazañas bélicas. Cierto. La novedad somos nosotras, las mujeres. Somos nosotras las que, hablando claro, antes estaba mal visto que tuviéramos mucho sexo, y ahora está mal visto que tengamos poco. O que el poco o mucho que tengamos no nos despeine una ceja, que diría Javier Krahe.

¿Que si yo personalmente he fingido orgasmos? Sí, algunos. No diré cuántos, cuándo ni con quién pero sí puedo enumerar aquí los motivos más universales y frecuentes:

  • Para acabar antes porque estás muy cansada.
  • Para acabar antes porque, aunque no estés especialmente cansada, tampoco esperas grandes satisfacciones, entonces, lo malo, si breve…menos peor.
  • Por hacer un favor a alguien a quien quieres y quieres que te quiera.
  • Por desconfianza, por falta de verdadera intimidad, por resistencia interior a verdaderamente relajarte.
  • Por ocultar que ni te va ni te viene el dichoso orgasmo, lo cual parece que sea un desprestigio.
  • Por tontería.

Y es que esto de la libertad sexual tiene sus trampas, o mejor dicho, sus retos. Es fantástico poder romper tabúes, prohibiciones e inhibiciones, es fantástico tener más margen de maniobra para ser feliz y hacer feliz. Etc. Pero a veces puede resultar discretamente aterrador manejar todo aquello a lo que te enfrentas. Igual que la decisión unilateral y filosófica de matar a Dios desencadenó el existencialismo y sociedades multimillonarias en deprimidos, bueno, no todo el mundo tiene el equilibrio y la aristocracia interior convenientes para cabalgar a pelo toda la libertad sexual de la que entre unos y otros nos hemos ido dotando. A veces la mochilita sentimental se resiente de tanto ir al paso, al trote y al galope. El inmenso egoísmo que por ahí resopla nos hace un poco a todos inmensamente vulnerables.

Pero en fin, que tampoco se trataba hoy de ponerse trágicos ni serios, sólo de llamar la atención sobre los curiosos vericuetos de la identidad sexual, que no sólo depende de géneros más o menos categóricos o marcados, sino también, y mucho, de los sucesivos papeles sexuales que vamos interpretando a lo largo de nuestra vida. De la comedia que hacemos o que nos hacen. Del juego que a veces es lúdico y a veces es sálvese quien pueda. Con amor…o no.

Interesante este programa de sexo que Ayanta se atreve a hacer de lunes a jueves en es.radio a partir de la una de la madrugada, una hora que se presta más que otras a la sinceridad o por lo menos a tomarse las cosas de otra manera. Nunca te acostarás sin saber una cosa más…de ti.