‘I love you’

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Dakota Johnson y Jamie Dornan, en una escena de '50 sombras de Grey'.

Últimamente, no sé cómo, he sacado tiempo para ir al cine. He visto The imitation game, la perturbadora historia de Alan Turing, quien ayudó a los Aliados a ganar la guerra rompiendo los códigos de Enigma, la aparentemente inexpugnable máquina encriptadora de los nazis. Su país, la Gran Bretaña, se lo premió con el anonimato, deteniéndole por maricón (que lo era), castrándolo químicamente y empujándole al suicidio. También he visto Birdman y también he visto 'las Cincuenta Sombras'. De las tres películas la mejor con diferencia es Birdman, pero es de la que menos voy a hablar, porque apenas trata de amor (lo cual, si se piensa, en una película, tiene mérito), y del amor quiero yo precisamente hablar en este artículo.

Todo el mundo pone a parir 'las Cincuenta Sombras'. Como película me parece absurda, como historia de amor muy poco interesante. No he leído el libro. Algo tendrá para conseguir ese masivo efecto de “porno para mamás” que todo el mundo pone a caldo y a la vez envidia. Es posible que, narrativamente, el libro esté mejor. La vida te da sorpresas... Pero yo voy a ceñirme a la película, a cómo se cuenta allí determinada historia de determinado amor.

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Tenemos chica ingenua que conoce a chico dominante y forrado (¡cómo no!) que la introduce en el sadomaso suave -ya saben, sumisión, bondage y alguna que otra azotaina-, aunque nada demasiado sangrante. Lo peor, para la chica, no parece ser tanto eso como que el chico se niega a dormir con ella y a salir a cenar y a hacer muchas cosas que se hacen en el seno de una pareja normal. Insiste en mantener distancias tan curiosas como estrictas. Exige tanta sumisión como tratarse de usted, para entendernos. Que para nada la pasión contamine lo cotidiano. Que se mantenga a un nivel estrictamente irreal. ¿Utópico?

No queda muy claro por qué acepta ella al principio. Tampoco por qué se planta al final. No puedo ahondar en los motivos de mi perplejidad sin 'calzarles' un spoiler que, por otro lado, ya me perdonarán qué clase de suspense se puede esperar de una película así… Pero, en fin, dejémoslo. Esto es un país casi libre. Que cada cual decida cuándo y si va al cine.

A mí, lo que en el fondo me interesaba, era comparar esta historia de amor con otra historia de amor que, muy bien escondida y recatadamente, se nos cuenta en The imitation game. Noble peliculón que ha pasado medio desapercibido por nuestras carteleras y que solamente consiguió alzarse con la estatuilla de mejor guión adaptado en la pasada ceremonia de los Oscar 2015, aunque se mereciese muchas más.

Al tema: para romper el Enigma alemán y desencriptar los mensajes que permitieron acortar y ganar la guerra, Alan Turing creó una especie de protoordenador. Se le puede considerar el padre (soltero) de la informática moderna. Habrá quien le quiera volver a castrar por ello. Habrá quien bese por donde su planta pisó.

La máquina que creó tenía un nombre. Se llamaba Christopher, como su primer (y último) amor, por supuesto platónico, en el internado donde estudió. Christopher fue el único espíritu capaz de penetrar en la genial pero enrarecida atmósfera de la sociopatía de Turing. Genio de las matemáticas, casi autista en lo personal. Amarle debía ser un reto.

En la película, que cuenta aquella historia de amor infantil con una elegancia y una mesura conmovedoras, no queda claro si Christopher efectivamente muere, como le dice el director del colegio al joven Alan, o si alguien ha decidido separarles. El caso es que Alan se queda esperando a la vuelta de las vacaciones un regreso de Christopher que nunca se produjo. Nunca le pudo entregar un mensaje cifrado (como solían gustar de comunicarse), donde de la manera más enrevesada posible le decía, simplemente, I love you.

I love you. Se lo estuvo diciendo en clave el resto de su vida. Cuando creó aquella máquina para cazar secretos alemanes pero sobre todo para no sentirse solo. Para seguir mandándose mensajitos con un alma afín, así fuese artificial. Para no estar tan en tierra de nadie en medio de lo cotidiano. Donde nada se te parece.

¿Utopía? Puede.

I love you. Por eso ganamos la guerra. Y después, castramos asustados al que la ganó.

Film Affinity (YouTube)

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