Alfonso XIII: “¿Quién me ha empaquetado para Cartagena; a dónde vamos después?”

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Captura del informe original redactado por José Rivera y Álvarez de Canedo, ministro de Marina, sobre la salida del rey Alonso XIII de España.

“¿Quién me ha empaquetado a mí para Cartagena? ¿Tú?”, preguntó el rey al ministro de Marina, José Rivera y Álvarez de Canedo. Era ya noche cerrada y Alfonso XIII, que iba acompañado de su hijo mayor, el infante Alfonso, aprovechó la primera parada del coche, en los altos de Ontígola, pasado Aranjuez, para saber quién diablos había decidido el camino para marcharse. El destino convenido por la familia, que abandonó Madrid en tren, era reunirse en París.

-- El Gobierno --contestó el almirante Rivera.

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-- ¿A dónde vamos después? -- Quiso saber el Rey.

El almirante era un tipo precavido y no quería que nadie del séquito que les rodeaba se enterara del destino del monarca. No se fiaba de unos guardias civiles que habían aparecido de improvisto, dando una escolta que él no había pedido, así que contestó:

-- Ya se lo diré a su majestad –Y le sopló al oído--: a Marsella.

Según el relato del propio Rivera, los monárquicos más recalcitrantes, singularmente el ministro Juan de la Cierva, se resistieron hasta el último momento a que Alfonso XIII abandonara el trono; apenas cinco horas antes, en la última reunión del Consejo de Ministros, presidida por el rey, de la Cierva abogó por “probar a resistir” y “discutió vivamente” con Dámaso Berenguer, ministro de Guerra; Manuel García Prieto, de Justicia y Culto, y con Romanones (Álvaro de Figueroa y Torres), ministro de Estado.

En realidad, el Consejo convocado a las 16:30 de aquel 14 de abril de 1931 no tenía más virtualidad que despedir al rey y poner los cargos a disposición de las nuevas autoridades republicanas surgidas de las urnas. Pero la contumacia de De la Cierva era ciega y peligrosa hasta el punto de que el propio monarca tuvo que dejar claro que no quería ser causa de derramamiento de sangre, según el relato del ministro de Marina, cuyo texto original  se puede leer aquí.

Durante la reunión del Consejo, el jefe del gobierno, almirante Juan Bautista Aznar-Cabañas, recibió una nota de Niceto Alcalá Zamora, ya designado presidente de la II República por las fuerzas republicanas y socialistas, ganadoras de las elecciones, para que abreviaran los trámites de dimisión y la salida del monarca y su familia. El hijo menor y posterior heredero de la corona, Juan de Borbón, se hallaba en San Fernando (Cádiz), realizando el curso de infantería de marina, y fue evacuado hacia Gibraltar.

Al terminar la reunión, el rey se acercó a una ventana y dicen que susurró: “Esta casa en la que nací y que quizá no volveré a ver”. El astorgano José María Hoyos, marqués del mismo nombre, exalcalde de Madrid y ministro de Gobernación, se ofreció a acompañar al rey, pero Romanones, que conocía bien al personaje, vinculado a la Casa Real desde hacía muchos años, se negó tajantemente y designó al almirante Rivera para sacarle del país. Éste acordó con el rey la hora en que pasaría a recogerle: las nueve de la noche. Luego se fue al Ministerio y ordenó al mando de la flota que alistaran un crucero en Cartagena y dispusieran otro de repuesto.

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Alfonso XIII, a su llegada a Fontaineblau, lugar al que se trasladó poco después de desembarcar en Marsella. / Efe

En esas recibió una llamada del Palacio, comunicando que el rey había adelantado a las 20:30 la hora convenida. Hasta ese punto era caprichoso. Pero el almirante describe las dificultades para llegar a tiempo al Palacio Real: las calles estaban llenas de gente que celebraba el advenimiento de la República. Alcalá y la Puerta del Sol resultaban intransitables. Su conductor optó por el camino más largo: la calle de Génova y los bulevares, con gran gentío también. Finalmente llegaron al filo de las 21:00 horas.

El rey estaba esperando en una salita. Se despidió de la servidumbre, muy apenada. Algunos le rogaban que volviese pronto. “Vamos, don José”, dijo al ministro. Bajaron en un ascensor y salieron por una puerta secreta del Campo del Moro, donde esperaban los coches. Era la salida más discreta para evitar los insultos e incidentes con la muchedumbre que ocupaba, expectante, la entrada principal del Palacio por la plaza de Oriente, la calle de Bailén y otras adyacentes. No obstante, un grupúsculo de insensatos monárquicos se pusieron a vitorearle en la salida de los jardines y por poco los descubren.

Pusieron rumbo al sur a toda velocidad, más de cien kilómetros por hora. El coche del rey iba delante. El de Rivera y su ayudante le seguía, abarrotado de gasolina. En Aranjuez y otros pueblos por los que pasaron vieron gente en las calles que gritaban y hacían signos de rechazo al monarca cuando le vieron pasar. El almirante no las tenía todas consigo. Le parecía raro que hubiera tanta gente en la calle a esas horas de la noche en un día de labor. Las carreteras cruzaban entonces por el centro de los pueblos y aldeas. Era como si le estuvieran esperando; “yo creo que sabían algo”, escribió Rivera.

Después de la primera parada, el rey decidió parar otra vez para cenar. Rivera y su ayudante permanecieron en su coche y, a petición del conductor del rey, se pusieron delante para cruzar Albacete, donde temían que se produjera algún incidente. Pero a esas altas horas de la noche no había ya gente en las calles. Aún harían otra parada a las dos de la noche, antes de llegar a Murcia, porque el coche del rey se había quedado sin gasolina. Menos mal que Rivera, hombre previsor, ordenó abarrotar el depósito de su automóvil y se la pudieron suministrar. Cruzaron Murcia sin novedad y poco después llegaron a Cartagena.

El ministro había dado orden a los mandos de que mantuvieran abierta la puerta del arsenal para no tener que esperar. Aunque eran más de las tres de la madrugada, un grupo de gente, contenida por los guardias, esperaba para manifestar su protesta contra el Borbón. Alzaban el puño y daban vítores a la República. Rivera dice que los manifestantes querían entrar al arsenal pero los guardias se lo impidieron. Algunas versiones indican que entre los manifestantes se hallaba un grupo de mujeres dedicadas a dar placer sexual a la marinería, que esa noche habían decidido no trabajar.

El rey recibió los honores de ordenanza en el muelle y rápidamente fue llevado en un bote al crucero Príncipe Alfonso, dispuesto para zarpar. Subió a bordo, saludó a la tripulación y le condujeron a su camarote. El infante Alfonso no se separaba de él. Poco después de zarpar pidió al almirante que le permitiera salir al puente de mando para “ver España por última vez” y, ya en alta mar, con el sol clareando por el este, pudo observar a lo lejos el perfil de la costa peninsular. Eran las 5:30 de la mañana. El monarca se retiró a descansar. La travesía transcurrió sin novedad. El rey comió, bebió, durmió y casi no habló.

Hubo, no obstante, algunos detalles dignos de reseñar. El primero fue que no quería ir a Marsella, no le gustaba, y pidió que le desembarcaran en Toulon, pero Rivera se negó. El segundo fue que quiso llevarse la bandera bordada de España de la sala del buque y el ministro dijo que no, que era del barco y no se la podía dar.

El tercer detalle, más emotivo, fue que al llegar al puerto de Marsella y ver a la tripulación formada y uniformada para despedirle, se le saltaron las lágrimas. “Perdone, no lo he podido remediar”, dijo al ministro. Rivera comprendió su aflicción. Después le acompañó en el bote hasta el muelle, donde ya le esperaba un coche, y se despidió. Se comprende que el rey llorase: gran parte de su mandato había sido malo para los de siempre, el pueblo llano, los trabajadores. Pero ni siquiera el alto clero, los militares ni las derechas políticas le querían. Y cuenta Rivera que nada más abandonar las aguas francesas ordenó izar en el buque la bandera republicana.