Vida de Víctor Roque, el 'niño del maquis' criado y educado por un cura comunista

El cura Francisco Bustos, con Víctor, el pequeño y otro muchacho mayor. / L.D.
Victor Roque con la fotografía donde se le ve (izda.) junto con el cura Francisco Bustos y otro niño mayor. / Luis Díez

Poner a salvo a los niños fue el primer objetivo de miles de familias. La criminalidad desatada a raíz de la sublevación militar y la guerra –incluidos los bombardeos de la población civil por la aviación alemana e italiana, un hecho desconocido hasta entonces en la Europa civilizada–, llevó a las familias republicanas que pudieron a enviar a sus hijos a Morelia (México), Inglaterra, Rusia, Francia, Argelia y otros lugares. La diáspora de miles de niños es conocida y marcó su vida.

Pero la criminalidad de los sublevados no se detuvo con su victoria y se prolongó más allá del final oficial de la guerra, en abril de 1939. La petición de Manuel Azaña –“Paz, piedad, perdón”– cayó en el saco roto del régimen dictatorial de corte nazifascista, cuyo primer objetivo fue “limpiar España” de demócratas. Muchos de ellos, republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas huyeron a los montes y siguieron combatiendo. Y en el monte nació Víctor Roque, cuya vida fue un milagro laico. Muchos años después conocería a su madre.

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Víctor Roque se llama en realidad Víctor del Val Triguero, pero utiliza el nombre de su padre, al que no conoció y del que no sabe si lo mataron o consiguió llegar a Francia. Acaba de cumplir 69 años, se confiesa comunista desde que tiene uso de razón y se considera un tipo con suerte. De su cabás de tela negra extrae algunas carpetas con documentos que acreditan su peripecia vital. En un papel tiene una pequeña fotografía. “Éste era yo con tres días”, dice.

Su padre pertenecía al grupo de combatientes de la Quinta División del comandante Honorio Molina y Joaquín Ventas Cinta, conocido como Chaquetalarga. Ambos lograron evadirse del caserón de Herrera del Duque (Badajoz), a donde les llevaron prisioneros para ser fusilados. Alguien les avisó de que eran los siguientes en la lista y a la desesperada, jugándose el tipo, consiguieron escapar. En esta zona, bajo el control republicano durante toda la contienda, los peritos y concejales de la República habían parcelado la extensa dehesa de los terratenientes y entregado la tierra a los trabajadores. Y eso no se podía tolerar. La represión fue terrible.

Onorio y Ventas se reunieron en el monte con Victor Roque y otros “huidos”, un grupo de guerrilleros (después les llamaron “maquis”) decididos a sobrevivir y seguir combatiendo contra los falangistas, después organizados en “somatén armado” y guardias civiles. Los “huidos” (socialistas y comunistas) funcionaban con la esperanza de que los aliados en la Segunda Guerra Mundial intervinieran en España tras la liberación de Francia. Pero eso no ocurrió. Las democracias traicionaron por segunda vez a los españoles.

Cuando María Rodríguez Juárez se enteró de que su compañero (novio o marido) Joaquín (Chaquetalarga) había conseguido escapar al monte, acudió a reunirse con él, acompañada de su hermana Paula. Se encontraron y parece que permanecieron juntos en la zona de Fuenlabrada de los Montes. Paula se enamoró de Víctor, el compañero de Joaquín y el 7 de julio de 1947 dio a luz a un niño: Víctor del Val Triguero.

En aquellas fechas los maquis ya habían decidido hacer todo lo posible para salir hacia Francia. Era el final de la esperanza. Paula entregó su bebé de tres días a un pastor con el encargo de que se lo diera al señor cura de Villarta de los Montes (Badajoz), don Francisco Bustos.

Según el testimonio de aquel pastor, que se llamaba Cándido Sánchez Ruiz y le decían Canchincha, la noche del 11 de julio de 1947, hallándose en la majada de los Valles de Valtriguero, en el término municipal de Puebla de Don Rodrigo (Ciudad Real) con sus compañeros de oficio Julián Ferrera y Ángel Portillo, se presentó una mujer desconocida, armada de pistola, vistiendo pantalón de pana negra y cazadora de paño color café, de estatura regular y pelo castaño y le entregó un niño recién nacido, una pequeña bolsa de pañales y una esquela que decía que el niño tenía tres días, se llamaba Víctor Roque y debía ser entregado al cura de Villarta para que lo cuide y eduque.

Foto que acompaña el documento de entrega del bebe al cura. / L.D.
Foto que acompaña el documento de entrega del bebé al cura. / L. D.

El niño quedó llorando toda la noche, a pesar de que le daban leche para que se callara. Al amanecer, el pastor se puso en marcha y recorrió por el monte los diez kilómetros que le separaban de Villarta, y entregó la criatura al sacerdote. El alcalde del pueblo, a la sazón Paulino Gómez, levantó acta. ¿Por qué al cura y no a algún vecino o familiar? “Porque tenía fama de ser un hombre bueno, un hombre de izquierdas que ayudó mucho al alcalde socialista. Con el alzamiento militar y la guerra, el propio alcalde le puso a salvo y le recomendó que pasara a la zona nacional; le interrogaron y le tuvieron inmovilizado o preso más de dos años en Talavera de la Reina. Al acabar la guerra volvió al pueblo”, relata Víctor.

Hoy Víctor no tiene ninguna duda de que más allá de sus creencias religiosas, su tío, como le llamaba, era “un comunista sincero –lo de «comunista» se ha de entender en sentido amplio, dice, pues ante todo era cristiano– que siempre estuvo al lado de los trabajadores y de los pobres”. El cura Bustos lo acogió como una bendición, lo cuidó, lo dio a amantar a una vecina y, naturalmente, lo bautizó, dándole los apellidos de Val y Triguero, tomados de la sierra donde nació.

La decisión del sacerdote de no separarse del crío le acarreó bastantes problemas. Después de la alegría del vecindario de Villarta, que acudió en masa al bautizo, y del mérito del humildísimo matrimonio que al mismo tiempo que cuidaba de la asistencia al sacerdote se esmeraba en atender al niño “con tal cariño y sacrificio que a ellos los llamaba papá y mamá”, relata el sacerdote en una carta al secretario del arzobispo de Toledo, fechada ya en 1969, comenzaron las denuncias, acusaciones y maledicencias contra él y contra el niño.

El cura fue enviado a Bargas, donde las autoridades franquistas le hicieron saber que no podía entrar con el crío. El sacerdote entró con él en brazos y se enfrentó a los caciques. “Allí aprendí a andar”, recuerda Víctor. Los caciques se quejaron al Arzobispado y el secretario de cámara y gobierno del acendrado reaccionario, presidente de Acción Católica, y fervoroso franquista, monseñor Enrique Plá y Deniel, le mandó un oficio advirtiéndole de que “en ese pueblo te pueden interpretar mal lo del niño que recogiste y no es conveniente que le lleves ahí. Dime si le tienes contigo; sería conveniente internarlo en el asilo de la provincia que corresponda”.

Entonces el cura Bustos realizó los trámites necesarios para obtener la tutela del menor y se negó a entregar al niño, lo que le valió el alejamiento al extremo de la diócesis, a Zarza Capilla, una localidad que quedó arrasada por la guerra. “Allí aprendí a andar en bicicleta”, recuerda Víctor. El niño crecía y el cura quería darle estudios, de modo que desde la localidad de San Pablo de los Montes (Toledo), a donde fue trasladado, escribió a su eminencia reverendísima, el señor Arzobispo, solicitando “algún cargo parroquial en Toledo o en otro lugar de la diócesis en el que hubiese colegios religiosos de enseñanza o centros de enseñanza media, donde este niño pudiera formarse más íntegramente”. Era el año 1955 y nunca obtuvo respuesta.

Sin embargo, concurrió a la plaza de párroco de La Guardia (Toledo) y la ganó en propiedad, lo que le permitió llevar al pequeño Víctor al colegio de los Escolapios de San Fernando (Madrid), donde pudo realizar el Bachillerato. Cierto es que hasta allí llegó la persecución. Mientras la jerarquía acusaba al cura de “escandalizar” a la gente, el niño sufría el acoso y el desprecio de los compañeros, inducidos por las familias bien pensantes, a pesar de que en los informes del colegio destacaba por su bondad e inteligencia.

En cuarto curso de bachillerato, don Francisco Bustos escribió al director de Radio España Independiente (La Pirenaica) contando sus penalidades y solicitando “ayuda o asistencia moral y personal” para que algún miembro del Partido Comunista, residente en Madrid, “tome a su cargo, conmigo la defensa del niño”. El sacerdote proponía un encuentro para que la persona o personas de confianza conocieran a Víctor y daba la consigna “España al habla: atención, atención Toledo, su escrito se ha recibido”.

Víctor Roque del Val Triguero durante el relato de su historia. / L.D.
Víctor Roque del Val Triguero durante el relato de su historia. / L. D.

La carta y otras comunicaciones que siguieron, dieron lugar a una cita con un intelectual del PCE. Víctor cree que fue el escritor Antonio Ferres quien se citó con ellos frente al Museo del Prado. Ferres estaba fichado y era perseguido y censurado. Escribió la dirección donde se podían reunir y dejó el ejemplar del periódico sobre el banco urbano donde estaba sentado. Era el año 1962. El cura y el niño se reunieron con él. Y aunque no le volvieron a ver –su novela Al regreso de Boiras había sido censurada cuando Seix-Barral estaba a punto de publicarla, y poco después abandonó España hacia Francia y luego a México y Estados Unidos–, remitió un preciso informe al Partido.

En apenas dos folios decía, entre otras cosas, que “don Francisco Bustos, a mi parecer, es totalmente sincero. Es un hombre de aspecto bueno y simple. Un verdadero cura de pueblo, pero cuidadoso de su persona, directo y abierto. Sus sentimientos democráticos se remontan sin duda a muy lejos y no fue un azar que los maquis le confiaran al niño. Después, con las pruebas que ha debido pasar, su conciencia política se ha hecho profunda y habla como un comunista (…) Ha debido sufrir mucho para sacar al niño adelante. Lo que pide es puramente moral e intelectual. En cuanto a lo económico, haciendo sacrificios, puede asegurar los gastos de educación del chico”.

El informe (en francés) añadía en el penúltimo párrafo: “Antes de separarnos me ha dado 100 pesetas para ayudar a los presos”. Y concluía: “Me parece importante no decepcionar esta confianza y no tardar mucho en tener el primer encuentro” (por parte de la persona del partido que asumiera la relación con el niño). Víctor cursó el Bachillerato superior en el Instituto de Toledo y estudió Magisterio en la Normal de esta ciudad. Ejerció de interino en Getafe (Madrid) y aprobó las oposiciones en 1970. “He llevado una vida normal”, dice. Ha ejercido de maestro en las localidades madrileñas de San Sebastián de los Reyes, Colmenar; en Ondarroa (Vizcaya) y, de nuevo en Madrid: en Vallecas y en la localidad de Algete.

“Mi tío siempre me decía –añade– que tenía que conocer a mi madre, pero yo no tenía mucho interés. Finalmente, en un viaje de fin de curso que hicimos con los alumnos a Barcelona, decidí que mi hija, de ocho años, que iba con nosotros, conociera a su abuela al mismo tiempo que yo”. Paula, ya muy anciana, residía en la calle Remedios Amaya de L’Hospitalet. Grande fue su emoción.

A quien Víctor no dejó de visitar una o dos veces cada semana fue a su tío, el cura Bustos, quien pasó los últimos años de su vida en la residencia de ancianos sacerdotes de San Bernardo, en Madrid. Murió a los 80 años. El Ayuntamiento de La Guardia (Toledo), gobernado por IU y el PSOE, le regaló la tumba donde reposan sus restos y dedicó el nombre de una calle a la memoria de aquel hombre de bien. En 2005 Víctor, ‘el niño del maquis ‘, fue invitado a pronunciar el pregón de las fiestas de La Guardia. “Y bien festivo y democrático y emotivo me salió”.

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