Las maneras de ‘Don Vito Correa’

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Francisco Correa, presunto cabecilla de la trama Gürtel, a su llegada a la Audiencia Nacional el pasado lunes. / Emilio Naranjo (Efe)

Desde la primera declaración que protagonizó en el juicio en el que la Audiencia Nacional trata de esclarecer si la red Gürtel se dedicaba a saquear recursos públicos para obtener contratos a cambio de atenciones y cohechos a los responsables de otorgarlos, el presunto líder corruptor, Francisco Correa, se ha mostrado indignado por el hecho de que los investigadores dejaran por escrito que le gustaba que le llamaran Don Vito, el nombre del capo mafioso neoyorkino que Marlon Brando dibujó para la eternidad en la saga de El Padrino.

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“Yo no soy un mafioso. A mí no me ha llamado nadie nunca Don Vito. Yo soy un trabajador y he trabajado toda la vida”, aseguró Correa, dando muestras de un orgullo presuntamente herido, cuando la fiscal Anticorrupción Concepción Sabadell le preguntó por el alias que, según la Unidad de Delincuencia Económica y Financiera (UDEF), ordenó que utilizara su contable en los documentos Excel en los que se reflejaba la contabilidad en B de las empresas del grupo.

Correa no gasta el acento rasgado italiano con que Brando caracterizó al jefe de los Corleone pero, con su deje castizo de madrileño nacido en Casablanca a mediados de los cincuenta, ha dejado claro desde el primer día que sus empresas no conformaban una organización criminal creada para el delito sino, como mucho, un lobby puntero en la organización de eventos que respondía con atenciones a todos los clientes que les surtían de adjudicaciones, incluidos los responsables políticos que se saltaban las normas de contratación para asegurar el bienestar de la familia Gürtel.

El juicio está dejando meridianamente claro que en la trama no se movía un folio sin que lo dijese Correa, que ha derrochado paternalismo para referirse a sus subordinados, a los que intenta exonerar de toda responsabilidad delictiva, asumiéndola como propia, a base de presentarlos como unos simples mandados que desconocían, a pesar de las abrumadoras evidencias en contrario, los trapicheos que ejecutaban.

El desarrollo de las sesiones da que pensar en el magnífico guión con el que podría rodarse Gürtel, la película. “El día que no os pague y no os mantenga, me harás daño, me denunciarás...”, contó Correa que le dijo a su protegido, el exconcejal de Majadahonda José Luis Peñas, durante un cinematográfico paseo por la urbanización más lujosa de Madrid. “Él se puso a llorar. ¿Cómo puedes pensar eso de mí?”, le contestó Peñas, que al cabo de los años pasó de ser el “tío Pepe”, el entrañable amigo que llevaba en brazos a la hija del jefe, a la persona que le grabó en silencio durante más de cien horas y, tal y como él predijo, le denunció ante la Fiscalía Anticorrupción.

El lugarteniente de Correa, el exsecretario de Organización del PP gallego, Pablo Crespo, también se presentó ante el tribunal como un peón del empresario, sin poder de decisión real en sus compañías y que se limitaba a cumplir sus directrices. Pero en un sobre a su nombre, que los agentes encontraron junto a su agenda, apareció un pen drive que guardaba un documento creado por el contable en el que, siguiendo las instrucciones de Crespo, se recogían los pagos de comisiones ilegales a los “clientes especiales” de la red e incluso un préstamo en negro a la señora que hacía la limpieza en las oficinas de la trama.

Que a nadie que venga a esta casa le falte de nada y menos a “Alvarito”, el alma “creativa” de la Gürtel que, con su “bigote espléndido”, cambió la “imagen rancia” del PP de mediados de los noventa y logró el imposible de que José María Aznar no apareciera “con cara de mala leche” en los mítines de su viaje al centro. Capaz de “arruinar una mina de oro en explotación”, según el testimonio del gallego, Álvaro Pérez -‘el Bigotes’ en aquellos años tan buenos y ‘el Barbas’ en estos- era “un desastre” para la logística y jamás movía el dinero de la empresa, ni siquiera cuando la caja B de la red así lo atestigua.

Por eso, la versión oficial de los Gürtel es que el ‘J.S.’ al que Pérez entregó dinero, no era el exalcalde de Pozuelo Jesús Sepúlveda sino José Sevilla, su asesor fiscal al que el jefe obligó a entregar 90.000 euros para saldar una deuda que tenía con Hacienda. Pero las cuentas no salen porque, aunque papá Correa hubiera obligado a Alvarito a resolver sus problemas financieros, los pagos consignados a esas siglas superan los 213.000 euros. Demasiada propina, según la fiscal, incluso para Don Vito.

Como no podía ser de otra manera, la red se movía en la dinámica de los amigos y los enemigos. Al amigo Sepúlveda le regaló, aparte de las orgías de confeti para las fiestas de cumpleaños familiares, hasta tres coches: el famoso Jaguar que la exministra de Sanidad Ana Mato no sabía que tenía en su garaje y dos Range Rover. La explicación es sencilla y la dio el propio Correa durante el juicio. “Él me dijo: "Me apetece tener un Range Rover". "Pues yo te ayudo". Y se lo di”. Sin más.

Amigo también era el extesorero del PP Luis Bárcenas hasta que dejó de serlo después de una discusión en el Masters de Tenis de Madrid del año 2003 que, según relatan quienes la vieron, debió de ser legendaria. En lugar de agradar a Correa con su presencia en su palco privado, Bárcenas le desairó en público y fue al de la competencia. Y así se acabaron las campañas de Correa para el PP nacional. O estás conmigo o estás contra mí.

(*) Alfonso Pérez Medina es periodista.

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