Bárcenas domesticado

Luis Bárcenas, extesorero del Partido Popular, en una imagen de archivo
Luis Bárcenas, extesorero del Partido Popular, en una imagen de archivo. / Efe

Poco se parece el Luis Bárcenas que comparece este lunes en el partido inaugural de la comisión de investigación que PSOE, Podemos y Ciudadanos han montado en el Congreso para diseccionar al aire libre las tripas de la financiación irregular del Partido Popular con el que salió una noche de enero de 2015 de la cárcel de Soto del Real, colándose en el prime time televisivo de El Intermedio para saludar a sus compañeros del módulo 4 y advirtiendo a Rajoy, como aviso de lo que estaba por llegar, de que había sido “fuerte de verdad”

En los días que siguieron a aquella memorable salida de la cárcel, en la que a Bárcenas sólo le acompañaba su hijo Willy --todavía tímido entonces y elevado hoy a los altares de los adolescentes del barrio de Salamanca como estrella del pop millenial de Taburete--, el padre tesorero amenizó sus esperas para coger un taxi en Príncipe de Vergara con declaraciones a los periodistas en las que proclamaba que sus anotaciones manuscritas sobre la caja B del PP eran “ciertas desde el primero hasta el último apunte” y que bien sabía Rajoy de su veracidad, porque una vez al mes recogía el sobre de dinero negro que Álvaro Lapuerta le hacía llegar a su despacho.

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La quincena de declaraciones judiciales que ha protagonizado desde que en febrero de 2009 su nombre saltara a los papeles vinculado con el escándalo de corrupción Gürtel, aderezada con una inocua comparecencia en el Parlament de Catalunya, dibujan a un Bárcenas en constante metamorfosis a través de los tiempos: protegido en los primeros años, en los que el PP pagaba la minuta de sus abogados y la policía autorizaba, sin el consentimiento del juez, la entrada de su mujer en la Audiencia Nacional por el garaje; enemigo número uno de Génova cuando desveló veinte años de donaciones ilegales y el desparrame de los sobresueldos, enfrascado entonces en mil pleitos contra su antigua formación; y domesticado, anestesiado y arracimado en el banquillo de los acusados en la madurez de sus procedimientos judiciales, con la perspectiva de que quizá éste sea el último verano que disfruta en libertad, al menos, durante esta década.

Cuando Bárcenas todavía llenaba sus días en la prisión de Soto del Real leyendo y tomando notas, asistiendo a misa o viendo a sus compañeros jugar al baloncesto, un buen amigo suyo y exdirigente popular que lamentaba el curso de los acontecimientos comentaba en privado: “Bárcenas se ha creído que no había cojones para meterse con él, pero se ha equivocado en el cálculo. Con el partido no se puede meter nadie”.

Lejos quedan los días en los que el extesorero osó a meterse con el partido, llevados al cine en la estupenda interpretación con la que Pedro Casablanc recreó la declaración que el protagonista de B, la película protagonizó el 25 de julio de 2013 ante el juez Pablo Ruz. Ese día Bárcenas aseguró que en 2010 tanto Rajoy como la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, habían recibido, respectivamente, 25.000 euros en billetes de 500. “Es mi mano la que entrega el sobre a la señora De Cospedal”, llegó a decir en el juicio civil que se siguió después de que la número 2 del PP demandara a su antiguo compañero, que fue condenado a pagarle 50.000 euros por vulnerar su honor.

Con acuerdos bajo la mesa o sin ellos, lo cierto es que Bárcenas y el PP no sólo han enterrado el hacha de guerra en los últimos meses, sino que han llegado a coincidir en las estrategias procesales que siguen en los juicios en los que se continúan dirimiendo sus intereses. El punto de inflexión que refleja la distensión que puso fin a la guerra fría fue el escrito que el exsenador presentó ante el Juzgado de Instrucción número 32 de Madrid el 12 de septiembre de 2016. En él retiró su acusación contra la formación en la que militó durante tres décadas por haber borrado, hasta en 35 ocasiones, los discos duros de sus ordenadores, que se custodiaban en la sala Andalucía de Génova por decisión de Mariano Rajoy y Javier Arenas, que permitieron seguir utilizando este espacio a su entonces amigo, aún después de su imputación, tras una reunión que, según el testimonio que la semana pasada hizo el dirigente andaluz ante el tribunal, fue “más humana que política”.

El 5 de octubre siguiente se celebró la segunda sesión del juicio y el representante legal del PP, que empezó en la instrucción como acusación popular aunque fue relegado a partícipe a título lucrativo de los delitos enjuiciados por no hacer otra cosa que entorpecerla, pidió la nulidad de todo el procedimiento y la absolución de los acusados, tal y como habían hecho, uno detrás de otro, todos los cabecillas de la red Gürtel y el propio Bárcenas.

Volvió a coincidir el extesorero con la estrategia pública del PP cuando negó, durante los tres días de enero que estuvo declarando en el juicio, las acusaciones realizadas por Correa sobre la entrega de comisiones ilegales a cambio de la adjudicación de contratos públicos y, aunque no se retractó sobre la existencia de la caja B, sí la rebautizó con la designación más políticamente correcta de “contabilidad extracontable”.

En abril se opuso formalmente a la declaración como testigo de Mariano Rajoy, que él mismo calificó como “despropósito”, y la semana pasada cinco exdirigentes de la formación, incluido el vicesecretario de Autonomías y Ayuntamientos de la dirección nacional, Javier Arenas, desfilaron por la Audiencia Nacional para dejar claro que Bárcenas apenas se dedicaba a la intendencia en el PP, a repartir despachos y plazas de aparcamiento, y que todas las cuestiones económicas y financieras, desde la recepción de donativos hasta la contratación de las campañas con Correa, eran competencia de su jefe, Álvaro Lapuerta, que no se sienta en el banquillo por sufrir una demencia sobrevenida.

Cuando Bárcenas entró en prisión, en junio de 2013, su hijo Willy, el que le acompañaba todavía tímido ante las cámaras a su salida de Soto del Real, se refugió en la música y montó el grupo Taburete con dos amigos. Una de las canciones de los muchachos recuerda el proceso de hibernación al que parece haberse entregado su padre en los últimos meses: “Porque hace frío aquí, están detrás de mí, no llorarán por ti, matasteis a Walter Palmeras y nos dimos la vuelta”.