Salir de la cárcel viniéndose arriba

Francisco Granados responde a las preguntas de los periodistas a su salida de la cárcel de Estremera, el 14 de junio de 2017, tras 33 meses de prisión.
Francisco Granados responde a las preguntas de los periodistas a su salida de la cárcel de Estremera, el 14 de junio de 2017, tras 33 meses de prisión. / Santi Donaire (Efe)

En los últimos años en España a la crónica de tribunales le ha nacido un subgénero periodístico nuevo que cabalga entre el disparate gótico de Tim Burton y el sainete acartonado de Muñoz Seca. La salida de la cárcel de los principales protagonistas de los grandes casos de corrupción y las lisérgicas declaraciones que hacen en sus primeros minutos en libertad, casi siempre crecidos y proclamando a los cuatro vientos su inocencia, ha creado ya un género propio digno de estudio en las facultades de periodismo.

El líder de la Gürtel, Francisco Correa, salió de la cárcel de Soto del Real una tormentosa tarde de junio de 2012. Su estampa –americana azul, camiseta blanca y melena, más larga de lo habitual, al viento–, cruzando el páramo de Soto del Real entre nubes cargadas de lluvia, le asemejaban más a un personaje de Sleepy Hollow, que al Don Vito Corleone de Scorsese, el apelativo con el que, según el sumario, le gustaba que le llamaran.

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Aunque su cara evidenciaba incomodidad por la presencia de los periodistas, Correa dijo estar feliz por salir tras 40 meses entre rejas y sólo contestó dos preguntas. La primera (“¿qué es lo que va a hacer ahora que ya no está en prisión?”), de buenas formas: “Ver a mi familia”. La segunda, sobre si estaba “contento” por poder ver a sus allegados, ya de aquella manera: “¿Usted qué cree?”. Su madre, que le prestó 200.000 euros para cubrir la fianza impuesta por el juez, que calcula que su fortuna en Suiza supera los 40 millones, sí mostró su alegría sin disimulos cuando conoció la noticia de la excarcelación. “¡Ay mi Paquito, que esta noche lo voy a tener conmigo!”, celebró.

En horario de prime time y con las cámaras de las televisiones en directo, salió de la cárcel el 23 de enero de 2015 el extesorero del Partido Popular (PP) Luis Bárcenas, que dedicó sus primeros minutos en libertad, rodeado de una multitud de periodistas y fotógrafos, a mandar un saludo a sus compañeros del Módulo 4, a los que definió como una “gente espléndida”, al tiempo que les dedicaba un gesto cómplice con los cuatro dedos extendidos de su mano derecha.

La escena la completó con un recado que no era recado el presidente del Gobierno: “Yo no tengo ningún mensaje para Mariano Rajoy. Eso sí, le he hecho caso y le doy las gracias: Luis ha sido fuerte de verdad”. Tras asegurar que la contabilidad B del PP era “rigurosamente cierta”, extremo que pasados los años ha venido a matizar hasta el punto de rebautizarla como “una contabilidad extracontable”, aprovechó la ocasión para defender que no es un corrupto, porque la Fiscalía no le atribuye delitos como prevaricación, cohecho o tráfico de influencias. En los meses sucesivos la caza de la declaración de Bárcenas a la salida de su casa, antes de que cogiera un taxi en la calle Príncipe de Vergara de Madrid, se convirtió en un clásico, hasta el punto de que, día a día, el extesorero iba aportando algún dato nuevo sobre la contabilidad manuscrita en la que iba anotando los ingresos en negro de su formación.

En junio pasado, tras dos años y medio recluido en la prisión de Estremera, que él mismo inauguró siendo consejero de Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid, Francisco Granados recuperó la libertad. Tras besar a sus dos hijas, visiblemente más delgado y fibrado que cuando fue enviado a la cárcel por el juez Eloy Velasco, en octubre de 2014, el exalcalde de Valdemoro proclamó su inocencia atacando los informes de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil que le sitúan como cerebro de la trama Púnica. “Tengo un profundo amor a la Guardia Civil, pero hay informes que son falsos, bien por impericia o bien por mala idea, o por ambas», señaló antes de añadir que es “inocente” porque nunca ha metido “la mano en la caja”.

Durante los días siguientes, volvió el Granados más chulo que un ocho, que no titubeó al señalar ante el juez que las cantidades que anotaba en su agenda junto a las siglas de supuestos empresarios, en realidad, eran asistentes a actos del partido. Cuando una reportera que le preguntó cómo había pasado “su primera noche fuera de prisión”, se dio la vuelta, le cogió del brazo y con una sonrisa maliciosa le soltó: “¿Tú qué crees?”. Unos días más tarde exhibió su desparpajo habitual durante una entrevista en la Cadena Ser en la que fue preguntado por qué admitió que tenía una cuenta en Suiza con 300.000 euros, cuando en realidad la suma que guardaba superaba el millón. “Me confundí”, alegó. Según él, la cárcel le ha hecho “mejor persona” y le ha quitado “prejuicios”, porque allí conoció a un ruso, a un colombiano “que ya te puedes imaginar por qué está en prisión” y a Manuel, “un gran amigo de raza gitana” al que, según indicó, quiere “muchísimo”. “Estuvo en la cárcel nueve meses por robar un raíl del tren de un solar y se le paró la furgoneta cuando iba, el pobre, con un primo suyo, con la mala suerte de que llegó la Guardia Civil”, detalló.

Aunque la cumbre de este género periodístico con visos de consolidarse en esta España de corrupción desmedida la representa el exdirector general de Trabajo y Seguridad Social de la Junta de Andalucía Francisco Javier Guerrero, imputado por una veintena de delitos en el caso de los ERE fraudulentos de la Junta de Andalucía. En junio de 2013, mientras se fumaba su primer piti en libertad en la puerta de la cárcel, comentaba las novelas que había leído con el único periodista que acudió a recibirle, con el mismo deje que tienen Faemino y Cansado cuando agarran una copa de cognac: “He leído mucho, sobre todo relacionado con la Edad Media. Y lo último que he leído ha sido sobre la Primera Guerra Mundial… La Europa de Santo Tomás de Aquino, muy bueno también… El viernes pasado me leí por la mañana La metamorfosis, después cogí La sombra del águila y después cogí un libro… acuérdate, Javier”.

Desatando sin freno su verborrea, Guerrero también reveló que con sus compañeros de celda mantenía “tertulias literarias, sobre el caballo y el carruaje andaluz o sobre los ovnis”. “También hacíamos cine fórum. Cine fórum no es ver una película, es después explicar los puntos de inflexión, el vestuario…”, le explicaba al reportero. A los pocos días concedió una entrevista en la que negaba que su chófer hubiera empleado dinero público en comprarle droga aunque admitía su debilidad por los combinados: “No he consumido cocaína, no he consumido hachís, Marlboro con todo el mundo, con mi chófer, con usted y con quien quiera. Y un gin tonic, si hay que tomárselo, me lo tomo. Todos los días no me sienta igual”.