Si el pasado está vivo, el futuro amanece

II Congreso de Intelectuales Antifascistas. Valencia 1937. / Antonio José Fernández (YouTube)

El Congreso Internacional de Intelectuales y Artistas se celebró en junio de 1987 en Valencia, conmemorando el cincuentenario del II Congreso de Escritores Antifascistas, que tuvo lugar en la sede del Ayuntamiento valenciano en 1937, presidido por Juan Negrín, y actuando como Comisario de Propaganda, Julio Álvarez del Vayo y donde José Bergamín tuvo una actuación determinante. Asistieron, entre otros, André Malraux y Anna Seghers. Fue allí donde se anatematizó a la figura de André Gide, “peligroso individualista pequeño burgués” porque se había atrevido a criticar los excesos del estalinismo y no veía claro los tejemanejes de aquel Congreso.

Ahora se cumplen los 80 años de aquel evento y se están realizando actos en la más pura tradición académica en lugares emblemáticos, como la Residencia de Estudiantes, pero la indiferencia hacia estas efemérides demuestran que hoy día las cosas van ya por otro lado. Lo que ocurrió en Valencia en 1987 fue de índole muy distinta. Hubo hasta palos. Mirabile visu, que diría Virgilio.

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Fui testigo privilegiado, quiero decir que para mi fue un privilegio, de aquellos irrepetibles días valencianos, y digo irrepetibles porque eran los tiempos de la ruta del bacalao entre Madrid y Valencia y había tal frenesí que no era raro encontrarnos a las cuatro de la mañana bailando músicas inverosímiles en la playa de la Malvarrosa en compañía de Fernando Savater, Rafael Conte, Ricardo Muñoz Suay o Jorge Semprún. Juan Goytisolo no bailaba.

Fui testigo de excepción de aquellos irrepetibles días, porque no podríamos imaginarnos ni por asomo que fueron en esas jornadas donde se apuntaló definitivamente la concepción más liberal de la socialdemocracia y se sepultaran definitivamente las veleidades de algunos intelectuales que aún defendían el régimen de Castro y se declaraban abiertamente marxistas. Hubo palos por ello. Mirabile dictu, que diría Virgilio.

Congreso de Intelectuales y Artistas Stephen Spender, Ricardo Muñoz Suay, Jorge Semprún, Juan Gil-Albert, Manuel Vázquez Montalbán y Fernando Savater. Todos coincidieron en el Congreso Internacional de Intelectuales y Artistas celebrado en Valencia en junio de 1987
De izquierda a derecha, Stephen Spender, Ricardo Muñoz Suay, Jorge Semprún, Juan Gil-Albert, Manuel Vázquez Montalbán y Fernando Savater. Todos coincidieron en el Congreso Internacional de Intelectuales y Artistas celebrado en Valencia en junio de 1987.

El muy alto poeta Stephen Spender y el más bajito, hablo de estatura en centímetros, Octavio Paz ejercieron de presidentes de aquel evento, en la sombra otro más diminuto, Juan Gil-Albert, testigo del evento del 37, artífice de Hora de España y que en aquella ciudad asediada, elegante siempre vestía mono azul… de seda. Ellos habían asistido, apenas unos niños, a aquel II Congreso de Escritores Antifascistas, y Spender se sonreía de manera pícara recordándome lo guapo que era Octavio Paz en aquellos años, “ y su mujer, Elena Garro”, puntualizaba, luego. Los abanderados del liberalismo más libre fueron Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante, éste de manera muy discreta aunque, como mantenía amistad con él, me estuvo adoctrinando horas en la cafetería del Palacio de Congresos donde se celebraban los actos sobre los maravillosos efectos de la Thatcher en el Reino Unido por su política de liberalización de lo público. Miriam Gómez, al lado, mantenía cierta sonrisa escéptica que le realzaba su ya sobrada belleza. Vargas Llosa fue especialmente beligerante y aún recuerdo un acto donde se lanzaron al aire varios puñetazos –los intelectuales no pasan de dar empujones a no ser que a algunos se les nombre la mujer o la madre–, y a Manolo Vázquez Montalbán intentando resguardarse de tirios y troyanos, es decir, de castristas empedernidos y liberales que sostenían las libertades democráticas, “de toda la vida”. Paz y Spender, que había conocido tiempos idos y mucho más terribles, el año 37 y todo lo que vino después, se mantenían a media distancia. Sabían, y punto. Sobre todo Spender, que había dirigido en la posguerra varios Congresos por la Libertad de la Cultura hasta que dimitió, pese a su gran labor, cuando se enteró de que la CIA había ejercido cierto control en aquellos eventos. Ahora esto era pan comido respecto a la Guerra Fría, no digamos la de verdad, la llamada II Guerra Mundial.

Lo más reseñable de aquellas jornadas fue el ambiente erótico que impregnó la ciudad de Valencia, algo no difícil de conseguir en esos pagos y que compensó la tirantez de algunos debates. Buena comida, bebida a espuertas, y, luego de los sesudos debates, por decir algo, la juventud valenciana en la Malvarrosa esperando a que los sesudos y famosos intelectuales, de los que la prensa local daba buena cuenta, les homenajearan la juventud misma, a falta de otra cosa, y el lado dionisíaco de la noche.

Valencia se transformaba, el país entero se transformaba, y la ciudad estrenaba Palacio de Congresos, una parrilla de diseño copiada de ¡un edificio de Copenhague!, como orgulloso nos relataba el alcalde socialista, que no cabía en sí de gozo. El pasado se desvanecía, sin más… ¿La prueba? La cara de sorpresa que puso el ujier del Ayuntamiento cuando quise visitar la sala en que se celebró el Congreso del 37. En esos días no había ido nadie. La visité solo.

“Si el pasado está vivo, el futuro amanece”. Con estas palabras el presidente Octavio Paz clausuró las alegres jornadas del Congreso de Intelectuales y Artistas, unas jornadas donde se apuntaló definitivamente la figura de Jorge Semprún para influir en los planes culturales del país que se pergeñaba. Todos sabemos lo que pasó después, pero entonces todo era ruta del bacalao, futuro que amanece y cultura de destino cosmopolita… todo mezclado.

Ay, esos locos y no tan inocentes ochenta.