“No es el frío lo que mata, es la calle”: mala salud y violencia en la población sin hogar

Personas sin hogar
Una manifestación por el derecho a la vivienda digna de las personas sin hogar. / Nadie Sin Hogar (Facebook)

Hay miles de personas en España que no pueden combatir el frío. Algunos dejaron de pagar las facturas del gas, otros directamente, las letras de su casa. Según Cáritas, hay unas 40.000 personas sin hogar en España. Estar en la calle o en un centro de acogida es el último peldaño de un sistema donde la vivienda se concibe como un bien de inversión y no como un derecho. A veces, no tener una casa es mortal.

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El primer error que se comete es hablar de los ‘sin techo’ como un colectivo uniforme. “Se llega a la calle por muchos motivos, no hay un solo perfil. Lo único en común es que no tienen acceso a una vivienda, un trabajo o prestaciones y que no hay redes familiares”, explica Enrique Domínguez, que es el responsable de Personas sin hogar de Cáritas. Si alguien intentase dibujar las características mayoritarias de esta población en base a los resultados de la Encuesta  del INE, realizada en 2012, saldrían los trazos de un hombre (80%), de 30 a 64 años (76,8%), sin empleo (77,8) y que suele dormir en albergue o residencia (43,2%). Sin embargo, la realidad es mucho más compleja y todas las situaciones llevan a una misma pregunta: ¿por qué esa persona no pudo acceder a una casa?

Más allá de los clichés asociados a esta población los expertos abren el abanico a todo tipo de situaciones: personas que se quedaron en paro y perdieron todo, que se separaron y no pudieron pagar solos un alquiler, migrantes sin ingresos, trabajadores con empleos temporales y sueldos míseros, etc. También hay un “sinhogarismo oculto”.  Lo forman los que no están en la calle y que, simplemente, no se ven, ni figuran en las estadísticas, como ocurre con muchas mujeres. “Nosotros hemos detectado que ellas tienen distintas estrategias para no acabar en la calle. Es una forma de protegerse porque son conscientes de que son más vulnerables a la violencia directa. Por ello, suelen pedir ayuda antes que los hombres y acuden a los servicios sociales. En este caso de necesidad extrema, también recurren a otras vías, como la prostitución o trabajar de interna en una casa, aunque las condiciones laborales sean malas”, explica Cristina Hernández, de RAIS Fundación. La experta recuerda una realidad dolorosa: “El 26% de esas mujeres declaran estar en la calle tras haber sufrido violencia ellas o sus hijos”.

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Los jóvenes son otro de los grupos invisibilizados, tal y como advierte Estrategia nacional integral, que asegura que “no desean ser considerados personas sin hogar y no suelen acceder a los recursos disponibles para este colectivo, evitando albergues, comedores, roperos e incluso la intervención de servicios de emergencia”, lo que hace que se queden fuera de las estadísticas. “Nosotros tenemos un programa específico. Los usuarios suelen ser menores tutelados por la administración que pasan a ser mayores de edad y, por tanto, tienen que buscarse una casa y un piso”, explica Hernández. Desde su fundación detectaron que, en general, estos jóvenes aún no tienen aún problemas sociales y, por tanto, no necesitan los tratamientos específicos que sí demandan otros usuarios. La degradación personal que supone vivir en la calle aún no ha penetrado en ellos y este tipo de acciones evita que lo hagan.

Casi 30 años menos de esperanza de vida

Aunque en los últimos años se ha avanzado en la asistencia, es difícil encontrar estadísticas nacionales y específicas sobre temas como la mortalidad o el uso de los servicios médicos. Son las propias asociaciones las que recopilan datos locales que después comparten. Sin embargo, la Estrategia nacional ofrece algunos preocupantes: “Entre enero de 2006 y octubre de 2012, la fundación Mambré contabilizó un total de 437 personas sin hogar muertas en espacios públicos y 118 de ellas murieron como consecuencia de agresiones. Eso arroja un resultado dramático: cada 20 días muere una persona sin hogar por violencia física en espacios públicos”. Esta estadística deja fuera a las que, por ejemplo, han muerto en un hospital.

En el citado documento también se concluye que “la esperanza de vida de las personas sin hogar está entre 42-52 años, aproximadamente 30 años menos que la población general”, aunque las oenegés suelen rebajar la cifra a 20 años. Aunque con la llegada del frío se multiplique la atención, lo cierto es que mueren las mismas personas en la calle en invierno que en verano: “Nadie piensa en la deshidratación, pero en esa época pueden estar todo el día a 40 grados.”, se queja la experta de RAIS, que es tajante “No es el frío lo que mata, es la calle”. Además, estas están expuestas a la violencia directa. Según el Observatorio Hatento de delitos de dio contra las personas sin hogar, una de cada tres personas “ha sido insultada o recibido un trato vejatorio” y casi una de cada cinco habría sufrido “agresiones de carácter físico”.

El simple hecho de estar a la intemperie, sin una cama que permita un sueño reparador, en condiciones poco adecuadas de higiene y expuesto a todo tipo de infecciones explica una bajada en la esperanza de vida. El derecho a la vivienda está ligado al de la salud y al de la seguridad. Todas esas circunstancias son consecuencia directa de no tener un hogar. Tampoco siguen una alimentación adecuada ni una vida ordenada. “Hay una falta de autocuidado. Si tienen una enfermedad crónica les es difícil seguir la pauta de medicación o los tratamientos. También sufren en la parte más emocional. Se desmotivan porque no tienen claro su futuro y es fácil entrar en el abandono”, explica el responsable de Personas sin hogar de Cáritas. En las ciudades suele haber centros públicos para asearse y los asistentes sociales y las organizaciones facilitan el acceso de estas personas a los recursos.

El sistema sanitario está diseñado para las personas con hogar. Es habitual que en una operación sencilla, al paciente se le dé el alta a las pocas horas o días para que se recupere cómodamente en su casa. Sin embargo, para los que no tienen esa almohada mullida ni un grifo para limpiarse las heridas, este proceso tan habitual se complica. “Hay que mejorar las salidas de alta hospitalaria. Si no se tienen en cuenta las circunstancias personales, funciona como una puerta giratoria. Hay que pensar también en la recuperación”, explica Hernández. También ocurre con los tratamientos: “Imagínate lo que puede ser pasar una quimioterapia o unos cuidados paliativos”, apostilla Cristina Hernández. Para facilitar la recuperación de estas personas, RAIS puso en marcha el Centro de Acogida Carmen Sacristán (Madrid) en 2012.

Las organizaciones sociales también tienen programas para acompañar a estas personas en el final de sus vidas. Arrels Fundació ha bautizado una de sus actividades más especiales con el nombre del barquero de la mitología griega que se encargaba de que las almas cruzasen el río Aqueronte. En este caso, no importa que no tenga una moneda para pasar. ‘La barca de Caronte’ se asegura de que ningún usuario de la fundación sea enterrado en soledad. Cuando fallece en la calle, un hospital o en un hostal, un pequeño equipo de esta ONG elabora un recordatorio, se pone en contacto con los familiares y avisa a todos los miembros de la organización, incluidas las personas atendidas: “Con las familias me ha pasado de todo. Desde gente que me cuelga hasta que vengan corriendo y se hagan cargo del entierro. Muchas veces los hijos muestran estupor y extrañeza y preguntan cómo pasó sus últimos años”, explica Josep Maria Anguera, el educador que lleva el proyecto. Dar con los hermanos, padres o sobrinos no siempre es fácil: “A veces no es posible. Tiramos del hilo por lo que nos cuentan ellos”. Después, se acompaña el cuerpo hasta un nicho y se dicen unas palabras de despedida.

Un problema estructural

Cuando una persona accede a una vivienda, su vida mejora. Es más fácil buscar trabajo, se está menos expuesto a infecciones, progresa la autoestima o permite tratar mejor problemas. Por eso, en los últimos años algunas organizaciones apuestan por el modelo Housing First. En lugar de que el hogar sea la meta, es el punto de partida. 

Conseguir un hogar en España es una quimera para muchas personas: los alquileres son altos, hay poca vivienda pública y el paro y la precariedad hacen imposible llegar a fin de mes tranquilo. Una de las luchas de las oenegés es alertar de que el “sinhogarismo” va mucho más allá de las personas que duermen en las calles. Cáritas también pone el foco en el riesgo de aquellos que moran en una vivienda insegura (3,6 millones) o inadecuada (5 millones)

Aunque el acceso a la vivienda afecte a muchos españoles, aún perviven estereotipos sobre las personas sin hogar y hay poca empatía. “Así es más fácil creer que nunca vas a llegar a esa situación. Hay gente que dice ‘algo habrá hecho”, explica Domínguez sobre esa barrera que se establece entre ellos y el resto de la sociedad. Por eso, las organizaciones se esfuerzan en explicar que, más allá de los casos personales, hay un sistema que no funciona. No se trata de caridad, sino de un derecho que está incluso reflejado en el artículo 47 de la Constitución.