Eduardo Maura: “Hay que actualizar la propuesta política republicana”

  • Entrevistamos al portavoz de Cultura de Podemos en el Congreso de los Diputados.
  • Acaba de publicar el libro ‘Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española’, donde analizar el crimen de Alcàsser , la Ruta del bakalao o algunos de los años duros de ETA

“Sin conocer a fondo los 90 es más difícil cambiar España”. Bajo este convencimiento, el diputado de Podemos Eduardo Maura (Valladolid, 1981) publica el libro ‘Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española’ (Akal, 2018). Mientras su arco parlamentario repiensa el “régimen del 78”, él decide volver a Barcelona 92, a la ruta del bakalao, al primer gobierno de José María Aznar y a algunos de los años más duros de ETA. Su ensayo es un collage, no de hechos, sino de cómo se percibieron esos hechos y de las imágenes que dejó el proyecto de modernización en la retina de los españoles.

El autor pretende que el ensayo se lea a tres niveles. Hay una parte más personal, otra de autocrítica del presente, en la que también incluye a su formación, y otra parte que pretende ser una caja de herramientas para interpretar, desde los 90, lo que vino antes y lo que vendrá después.

Tras recorrer sus páginas, quizá el lector pueda comprender por qué Pedro Sánchez lució una camiseta de Barcelona 92 a las pocas semanas de llegar a Moncloa o por qué muchos dejaron de creer en el inmaculado Felipe VI el pasado 3 de octubre, cuando pronunció su discurso sobre Catalunya. Cuartopoder.es charla con el diputado de Unidos Podemos sobre todas estas cuestiones.

— Usted es muy claro en el libro. No hay segunda transición ni hay una crisis duradera del régimen.

— Que no hay segunda transición lo tengo claro. Se debe también a que el uso del sintagma “segunda transición” es bastante vago y desiderativo. Es más bien la expresión de un deseo que un proyecto. No hay segunda transición en la medida en la que el sistema de valores y la estructura de sentimiento y los elementos principales del orden político nacido del 78 están demostrando ser más capaces de regenerarse de lo que se había planteado en 2011 o 2014. Sí percibo una crisis muy acentuada de algunos elementos que habían sostenido el relato de la modernidad democrática española.

—Precisamente, en el libro dice que “las fuerzas del cambio no han conseguido plasmar un horizonte de oportunidades”, ¿por qué estas fuerzas, en las que se incluye Podemos, no han conseguido proyectar este horizonte?

—Yo entiendo esa frase como un ejercicio de autocrítica del presente, eso incluye mi proyecto político y el alcance de las conversaciones que venimos manteniendo en 2011. Es una autocrítica a este ciclo. Tiene que ver con la lectura sociológica que se ha hecho desde la izquierda. Circula la idea de que el proyecto español tiene un momento de fracaso de la clase trabajadora, que es sustituida como sujeto de la historia por una clase media aspiracional. Es una posición que defienden muchas personas. Algunas las explicitan, como Daniel Bernabé, y otras no. Creo que es un profundo error en términos materialistas. Lo aspiracional no es propio de ninguna clase. Es algo que atraviesa a todas las personas, individual y colectivamente. Tomamos decisiones, no en base de datos macroeconómicos, sino a cómo nos imaginamos en 10 años. Cualquier proyecto político transformador tiene que tener en el centro de su propuesta un elemento aspiracional, si no hay una reducción de la vida social, de lo humano, del individuo y de lo común para construir una sociedad emancipada.

—En el libro, usted analiza ese proyecto de modernidad de los 80 y principios de los 90 que tiene dos elementos: una intención progresista y un marco conservador. “Hay que ser precavido” es la frase que resume esto último.

—Yo defiendo dos cosas. Primero, eso que se ha llamado ‘Régimen del 78’, que yo ya no quiero llamarlo así, es un modelo asociado a la idea de modernización: salir de la pesadilla del franquismo, homologarse a los países del entorno, europeizar la vida social española y acceder a la modernidad que le fue negada a España en el periodo del 39 al 75. Segundo, esa modernidad que aparece como euforia progresista, acrítica y como un proceso unilateral es más rica de lo que a veces se dice desde posiciones favorables o críticas.

“La modernidad democrática española es una aleación entre la euforia y el miedo”

Un factor importante es el del miedo. Los 90 fueron años de modernidad, incluso, se veía como acceso la modernidad todo el ciclo de privatizaciones del último gobierno de González y que eleva a su máxima expresión el de Aznar. También se ve como un acceso a la modernidad la firma del Tratado de Maastricht,  la participación de España en la guerra de los Balcanes o Barcelona 92. Pero esa modernidad es indisoluble de la otra cara: la del miedo. La modernidad democrática española es una aleación entre la euforia y el miedo. Este última se manifiesta el crimen de Alcàsser y la Ruta del bakalao. Ahí aparecen el miedo a la pérdida y la fragilidad del cuerpo, la idea de que a uno puedan hacerle daño, muy particularmente si es mujer.

Por tanto, hay una transformación del miedo. No es el mismo en el 78 que en el 82. En el 81, durante el golpe de Estado, el tipo de miedo que se siente en España es miedo al pasado, al retorno del Franquismo. El miedo de los 2.000 no es al pasado, sino al futuro: no tener trabajo, estabilidad, tener una vida precaria. Esa transición del miedo al pasado al miedo al futuro se produce en los 90. 

En su ensayo habla de que la monarquía hoy se legitima a través de la pasividad. Habla de un Felipe VI al que modelan para ser el monarca mejor preparado capaz de reinar sobre la generación mejor preparada. ¿Ha encontrado la vía de legitimación que encontró su padre en el 23-F?

—Yo en el libro hago una pequeña aproximación. Felipe VI ya no es campechano e intervencionista como su padre en el 23-F, sino un gestor, un monarca que se presenta en clave aspiracional, a quien no es, en ningún caso, desagradable parecerse. En mi opinión, creo que alguien pensó en la Casa Real que los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 eran el lugar ideal para presentar al príncipe Felipe en sociedad. Fue un éxito. Es un joven, alto, guapo, europeo y un futuro rey claramente emancipado de la legitimidad franquista. En cierta medida, se presenta como un potencial manager del país con unos elementos exitosos como el deporte, un elemento apolítico que moviliza a personas de todas las condiciones y tendencias políticas. Aparece en el centro del deseo. En los años 92 y 93 todo el mundo tenía la necesidad de que Barcelona 92 saliera bien. Se tenía la idea de que España era un país donde las cosas siempre salían mal. Que seas la personificación del deseo de que las cosas salgan bien te convierte en un personaje políticamente muy poderoso.

Cuando Felipe VI asume el trono de su padre muchos años después, creo que retoma ese hilo en medio de un contexto de crisis incluso ética. En los últimos años ha sido capaz de normalizar su figura y no aparecer como un monarca de crisis, sino con fuentes de legitimidad propias que giran en torno a Barcelona 92. Por eso, es un relato tan poco existoso el de que la monarquía es una herencia franquista. Le funciona bien a la izquierda y tiene visos de realidad, pero las personas comunes no somos historiadores y no hemos leído 5.000 páginas del franquismo tardío para tomar decisiones políticas. Eso es algo con lo que la izquierda tiene que trabajar. Lo que valía para Juan Carlos I no vale para Felipe VI. Hay que actualizar la propuesta política republicana.

—Ese proceso de transición exitoso de un rey a otro se rompe con el discurso que dio Felipe VI sobre Catalunya el 3 de octubre. Muchos consideran que fue un discurso intervencionista.

—Sí. Cuando interviene sobre Catalunya lo hace en una clave que le impide ser ese rey gestor y le obliga a ser político, más parecido a su padre o a un político de derechas tradicional. Le quita fuerza a su personaje, a su construcción y al proyecto que propone. La gestión de Catalunya es nefasta, le hace parecer uno más porque se casa con una posición concreta.

—En el libro coge la foto del primer gobierno de Aznar en el 96 y analiza tres figuras que mandan tres mensajes diferentes: Mayor Oreja, Rodrigo Rato y Mariano Rajoy.

—Son síntomas, no creo que sea un plan maestro. Ese gobierno de Aznar aparece como una condensación de España. Es un momento donde se comenzó a difundir la idea de que lo privado funcionaba mejor que lo público, una idea construida para un modelo privatizador. La izquierda no es capaz de oponerle una propuesta mejor que lograra el mismo consentimiento o más por parte de la sociedad española, que apostó masivamente por ella. Incluso en la izquierda tuvo adeptos.

Rajoy, Oreja y Rato encarnan muy bien la riqueza de texturas que tiene la política española, ya que ellos forman parte de un relato. El PP en los 90 se otorga a sí mismo un papel de agente modernizador que Fraga no había conseguido. Rato es el economista exitoso, el gestor, el que es capaz de lleva a España a niveles de bienestar macroeconómico no alcanzados. Oreja mantiene viva una pulsión conservadora muy fuerte, que en ese momento se encarna en la lucha contra el terrorismo. Es un conservadurismo de valores que genera solidez. En ese momento, Rajoy curiosamente es más jovial de lo que luego será como figura pública. Siempre se habla de él como alguien que dice tonterías, pero la carrera de Rajoy es muy sólida dirigida (y teledirigida) hacia el lugar que llegó a ocupar.

—En el libro encaja la Ruta del bakalao dentro de ese proyecto modernizador y le otorga una fuerte carga simbólica. Habla de una evasión y ausencia en la juventud española.

—Yo en el libro tomo una decisión metodológica y política. Mi primera experiencia es un documental de Carlos Francino emitido por Canal + sobre la Ruta del bakalao. Yo defiendo que la Ruta del bakalao es un síntoma de la aleación de euforia y miedo que constituye la modernidad. Cuando uno ve el documental, ve a un narrador que se deja llevar por el relato de una juventud que le dice a la cámara todo el tiempo ‘mi vida no me gusta’, ‘necesito escapar’. En una España en la que se supone que todo va bien, uno se encuentra con una juventud temerosa de que su vida no valga la pena. Los jóvenes encuentran en la Ruta del bakalao una socialidad alternativa. No van solo porque quieran bailar, sino porque van buscándose a sí mismos. ¿Por qué un país que va tan bien, modernizado y moderno produce una generación que no se encuentra así misma en ese éxito? La Ruta del bakalao no es euforia, es miedo.

—Vamos a la parte más personal de su relato. No tiene una visión del consenso tan positiva como se supone que tiene la mayoría de la gente, supongo que por su experiencia en el País Vasco.

“España es negacionista del conflicto”

—Creo que la idea de que la democracia española, el sistema político del 78, girase en torno al consenso fue  existosa. Marca hasta hoy cómo afrontamos las cuestiones políticas. El sentido común español dice que el consenso es superior al conflicto. Pensamos que está bien lograr un consenso. Yo defiendo que ahí hay una actitud típicamente española que es negacionista del conflicto. Identifica conflicto con mala política, pero para mí es productor de democracia.

Yo aprendo esto en primera persona. Como ejemplo, los documentales de Victoria Prego, que son muy importantes y apuestan radicalmente por el consenso como el factor de éxito de la Transición. Sin embargo, yo he vivido en una sociedad [la vasca] que es resultado de ese consenso, pero al mismo tiempo es intensamente conflictiva. Como adolescente no podía entender por qué ese consenso tan maravilloso de la democracia española en mi vida cotidiana se aparecía como un conflicto enorme, a todos los niveles. Por eso, tiendo a cuestionar cualquier construcción política basada en el consenso porque me da la sensación de que cuando decimos “consenso” es porque queremos negar el conflicto. En la Grecia clásica, por ejemplo, encuentro una propuesta democrática que parte del conflicto. Creo que sería útil que recuperáramos el valor del conflicto para la democracia.

—También reflexiona sobre otro concepto que se usa mucho en política, “la equidistancia”. Dice que “ser equidistante es como ser extranjero en una democracia”, ¿qué le lleva a esta conclusión?

—Intento explicar por qué creo que los 90 son muy importantes. Asientan y solidifican el campo democrático español. Cuando construyes un espacio democrático lo haces en base a un “afuera”. No solo existes tú. ETA es la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable, el bien y el mal. Yo defiendo que esa frontera se traza en los años 90. Después se interpretarán los 70 y 80 en claves construidas en los 90.

La normalidad democrática se construye en términos de péndulo, solo hay dos posiciones: la democracia o la barbarie. Por ejemplo, en la manifestación de 2004 tras el atentado del 11 de marzo en Atocha, cuando aún se barajaba la hipótesis de ETA, el Gobierno convocó una manifestación en la que aparece el lema “Con las víctimas, con la Constitución y contra el terrorismo”. En un lado está la democracia, la Constitución y el Gobierno y al otro lado ETA, barbarie, fanatismo. Pero muchas personas que estaban en contra de ETA, no estaban a favor de la Constitución, del Gobierno o del PP. Si estás contra ETA, pero no estás con la Constitución, estás con ETA. Ese péndulo tiene consecuencias terribles para España y la opinión pública española e impide la construcción de un campo rico y diverso en el que se puede estar contra ETA de muchas maneras.

—Salvando las distancias, que son enormes, ¿se ha utilizado ese sistema de péndulo con Catalunya?

—Sí, sin duda. La opinión pública española, tal y como se ha construido, es pendular. Esto se nota mucho en Catalunya. La idea de que hay una frontera entre lo aceptable y lo no aceptable permanece. Los discursos sobre ETA y sobre Cataluña son diferentes, pero sigue habiendo tendencia a ubicar en el entorno de ETA a personas que no tienen nada que ver con la organización, que en los últimos dos años ya no ocupa un papel central en la vida española.

La forma en la que se ha abordado la situación en Catalunya revela la fragilidad enorme de la construcción española. En Catalunya, solo puedes estar en dos lugares: o con los independentistas o con los de la Constitución. Eso empobrece la opinión pública y el debate político. Hay una riqueza de matices en el debate territorial. 

—Respecto a ETA, en el libro cuenta dos anécdotas que no están ligadas, pero a mí me parecen significativas. Por un lado, recuerda la primera vez que le amenazaron en el colegio. Por otro lado, vuelve a 2017, cuando Albert Rivera dijo en el Congreso que Unidos Podemos, esa bancada en la que usted se sienta, “está más a gusto con Otegi que con las víctimas”. Usted lo califica de frivolidad, pero yo imagino que tuvo consecuencias personales.

—Yo lo califico de frivolidad porque creo que Rivera utilizó términos frívolos. Pero eso no le quita peso y  revela la falta de suelo ético de ese líder. A mí me duele profundamente y no solo porque detesto la lógica pendular, que ha hecho daño a España, a mí, a mi familia, y al mundo en el que vivo. Si solo Rivera siguiera ahí, estaría en condiciones de burlarme de esa frase. El problema es que hay una parte de España que sigue en esa lógica.

—¿Y se utiliza esa lógica pendular también para dividir a las víctimas?

—No solo la derecha opera en lógica pendular. Yo he escuchado a representantes públicos de la izquierda decir que piensan que el PP tiene nostalgia del terrorismo. No se me ocurre una memez mayor, es una tontería supina, que solo puede venir de una persona sin ningún criterio, ni ético ni político, que ignora profundamente lo que ocurrió en Euskadi, como mínimo, entre los 80 y la primera década de este siglo. No hay nadie que tenga nostalgia de aquello.

—También propone que se analicen las consecuencias del terrorismo de ETA desde la perspectiva de género.

—Sí, El factor género en los conflictos bélicos todo el mundo lo tiene muy claro, o al menos está más trabajado. Sin embargo, en un conflicto social tan arraigado como el vasco, que afectaba a todas las dimensiones de la vida, las más pequeñas y las más grandes, es más difícil detectarlo o abordarlo políticamente.

Se percibe en que ETA dejó más viudas que viudos, y en cómo la sociedad recogía luego a estas personas, en cómo afectaba al empleo y a la autonomía económica de las personas amenazadas por ETA, y también en el ejercicio de la tortura por parte de las fuerzas de seguridad del Estado, que tiene, por los testimonios que conocemos, una fuerte carga machista, pero también en la distribución de las cargas en las familias de las personas presas, por citar algunos ejemplos.

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