‘Hoy por ti y mañana también’ como forma de cuidar

  • La autora, Sira Peláez, reflexiona sobre la función de los cuidados en relación con los conceptos de feminidad y masculinidad
  • "Resultará complicado, e incluso doloroso, discernir entre los cuidados a lxs otrxs, el autocuidado a nosotrxs mismxs, y el egoísmo en el marco de nuestras relaciones cotidianas"

“¿Qué hacemos mañana? Me da igual, lo que tú quieras”,  “¿Qué os apetece comer? Me da igual, me gusta todo” o dinamizar la conversación del grupo para evitar silencios incómodos son algunos ejemplos que, aunque pueden parecer burdos, resultan esclarecedores para ilustrar los mecanismos que muchxs cuidadorxs tenemos para garantizar el bienestar de los grupos, o de aquellxs (otrxs) con quienes mantenemos relaciones íntimas y afectivas. Supeditar nuestra voluntad (¿acaso existe?) a la del resto es una de las formas que tenemos de cuidar afectivamente. Se trata de un tipo de cuidados invisibilizado que generan no pocos malestares en lxs cuerpxs y subjetividades de quienes encarnamos de forma evidente este tipo de mandatos de la feminidad.

Los cuidados ocupan desde hace tiempo un lugar central para los movimientos feministas. Una gran cantidad de teorías y prácticas se han esforzado en señalar las desigualdades materiales y simbólicas derivadas de la organización social de los cuidados diferenciada en base al género, y de la división sexual de las tareas en las que se sustenta el capitalismo cisheteronormativo, neoliberal, racista y capacitista en el que vivimos. Las labores de cuidados y su relación con la feminidad desempeñan aquí un papel fundamental.

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Amaia Pérez Orozco, una de las mayores referentes españolas en el ámbito de la economía feminista, explica que se trata de tareas orientadas al sostenimiento de la vida y describe cómo ha tenido lugar la apropiación de los cuidados por parte de este capitalismo. Uno de los mecanismos fundamentales para perpetuar las desigualdades es el binarismo heteronormativo: la diferenciación de las categorías mujer y varón y el reparto de tareas y funciones que se asocian a la feminidad y a la masculinidad, respectivamente.

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Según la autora, esta apropiación se lleva a cabo mediante la invisibilización de los sujetos que ocupan las posiciones de feminidad desde las que se desempeñan los cuidados, pero también mediante una visión reaccionaria de los cuidados para la que la feminidad se construye en base a vivir para otrxs y en garantizar la vida del resto. Abordar los cuidados desde la perspectiva de género no implica afirmar que todas las mujeres sean cuidadoras en la misma medida, ni que los varones no lo sean en absoluto, lo que nos llevaría a asumir como esencial este binarismo heteronormativo. Por el contrario, se trataría de señalar las formas concretas en las que se encarnan (entienden, asimilan y practican) determinados mandatos de género.

Estas estructuras permean también en el campo de los cuidados afectivos y en nuestras relaciones sociales cotidianas: las formas en las que construimos y mantenemos los vínculos, ya sea con amigxs, familiares o parejas, dependen de los mismos mecanismos del capitalismo heteropatriarcal. Así, quienes encarnamos sin mayores resistencias los mandatos de feminidad vamos a poner en práctica diversas maneras de cuidar, agradar y garantizar la vida del resto.

Ese “me da igual” sería aquí reflejo de la ley del agrado. Aunque, en apariencia, la respuesta pudiera denotar una ausencia de deseo concreto (qué comer y dónde), el deseo se manifiesta hacia el propio vínculo: hacia su cuidado y su mantenimiento. Se trata de una forma de cuidar que se experimenta, según los relatos de muchas amigas y compañeras, desde el miedo: al rechazo, a que no nos quieran o ante la posibilidad de que se rompan nuestros vínculos. “Me da igual” supone también una forma de evitar los conflictos. Estar bien, a gusto, y velar por la armonía del resto implica aquí la ausencia de conflicto, de ahí que nuestra prioridad sea anteponernos y eludir la posibilidad de que nuestros deseos colisionen con los de lxs demás, otro de los grandes imperativos de la feminidad.

Quienes sentimos como nuestra la responsabilidad de cuidar los vínculos veremos en esa satisfacción de los intereses “ajenos” una forma de cuidar, y de hacer lo que se espera de nosotras. Explicitar con determinación nuestros deseos o situarlos más allá del propio vínculo afectivo va a implicar una forma de transgredir los límites de lo que, creemos, se espera de nosotras. Esto que nos generará cierto sentimiento de culpa y profundos malestares.

Advertimos, así,  las posiciones desiguales desde las que nos incorporamos a la tarea de cuidar y mantener los vínculos. Y frente a la nuestra, esa otra, egoísta, que relacionamos con el modelo social de masculinidad. ¿Cómo cuidar a lxs otrxs sin descuidarnos a nosotrxs mismxs? ¿Cómo autocuidarnos sin sentirnos culpables o egoístas? Resultará complicado, e incluso doloroso, discernir entre los cuidados a lxs otrxs (¿por quiénes cedemos? y ¿a quiénes satisfacemos?), el autocuidado a nosotrxs mismxs (¿cuáles son nuestros deseos? y ¿cómo satisfacerlos?), y el egoísmo (imponerlos y manifestarlos aunque puedan confrontar con lxs de lxs demás) en el marco de nuestras relaciones cotidianas.